Monismo y predictibilidad de la conducta

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La conducta de la gente es predecible. Lo es hasta cierto punto y, en términos estrictos, con un altísimo grado de incertidumbre. Pero es predecible, al fin y al cabo. Si le digo a ciertas personas “nos vemos el viernes a las 8 en el planetario”, dadas ciertas condiciones, puedo predecir que estarán en el planetario el viernes a las 8. La facultad de discriminar quiénes cumplirán o no los acuerdos que hagamos es fundamental para la existencia de la sociedad. O sea, si la conducta no fuera predecible en este sentido, ni siquiera habría sociedad. Sería fatal, por ejemplo, si yo errara en mi predicción de que los conductores se detendrán ante la luz roja, cuando voy a pasar la calle.

¿En qué basamos nuestras predicciones? Naturalmente, en el conocimiento que tenemos de la persona cuyo comportamiento pretendemos anticipar. Y ese conocimiento puede venir de nuestra experiencia directa con ella o bien, en algunos casos, de su semejanza con otra persona que conocemos o bien de las ideas que nos hemos formado respecto del grupo social al que pertenece. En dos palabras, basamos nuestras predicciones en el conocimiento de su idiosincrasia (presunta o real) y de su pertenencia social.

Pero pensemos un momento en qué es lo que conocemos cuando conocemos esto. Por supuesto, idiosincrasia y pertenencia social pueden ponerse en términos de creencias y deseos. Por ejemplo, para predecir que Juliana estará el viernes a las 8 en el planetario después de que yo le diga “nos vemos el viernes a las 8 en el planetario”, debo atribuirle a ella la creencia de que lo que le dije significa que nos veremos el viernes a las 8 en el planetario. Además, debo atribuirle el deseo de verse conmigo el viernes a las 8 en el planetario. Y así mismo, hay toda una serie de creencias, deseos y otros estados psicológicos que deben estar implicados en mis atribuciones a ella y en la consecuente predicción para que ésta (la predicción) tenga sentido.

Si todo lo anterior convence, algunos pueden sentirse tentados a desviar la discusión hacia esos extraños conceptos de creencias, deseos o, en general, de estados mentales. “¿Qué son tales cosas?”, preguntarán incisivamente. Pero permítanme avanzar en mi razonamiento y proponer, por lo pronto, lo siguiente: supongamos que no son nada. Es simplemente una manera de hablar que la gente de la calle se inventó para lidiar con la conducta de los demás. Le atribuimos creencias y deseos a la gente sólo con la esperanza de saber qué esperar de su comportamiento. Y en todo caso, salvo los fisgones del cerebro, nunca nadie ha visto algo distinto a la conducta misma. Entonces, puede que mi suposición no sea tan grave.

Así es que tenemos la conducta de las personas y un modo de referimos a ella. Pero si los conceptos mentales son sólo una forma de hablar y podemos deshacernos de ellos, ¿cómo explicamos que sea posible anticipar la conducta de la gente? Tal vez, en este punto, aparezca alguna corriente de la psicología con sus conceptos no mentales para ofrecer un paquete de respuestas. Pero podríamos dejarla pasar de largo con la misma licencia que dejamos pasar los conceptos mentales: todas esas baterías de conceptos son sólo (y también) una forma de hablar sobre lo que la gente hace. Refuerzos, contingencias, funciones, rutinas, hábitos, coordinaciones, impulsos, asociaciones, todos ellos y otros más son sólo maneras de hablar sobre uno u otro aspecto de la conducta misma o de algo relacionado con ella.

No se me malinterprete; no pretendo que esto sea una crítica contra nadie. Si así lo fuera, sería una crítica demasiado pobre. Mi interés es simplemente llamar la atención sobre el hecho primitivo que ocupa a la psicología y, por un momento, dejar de lado cualquier discurso que sobre él pueda inventar psicólogo cualquiera. Ya he dicho cuál es el hecho primitivo: lo que la gente hace, o sea, ciertos movimientos de un cierto tipo de organismo.

Pero sabemos que no todo movimiento de un organismo cuenta como un hacer suyo. Por ejemplo, sacudirse por un temblor no es algo que el organismo haga; es algo que le ocurre. Y ciertamente para discriminar entre éste y aquél tipo de movimientos necesitamos conceptos psicológicos o mentales. Pero, por ahora, sólo sabemos que nos interesan algunos movimientos de los organismos y que no queremos usar conceptos psicológicos para explicar por qué podemos predecirlos. Entonces, huyendo a tales conceptos, digámoslo de forma negativa: nos interesan los movimientos de los organismos que ni la física ni la biología pueden predecir.

Oh, pero ¿acaso eso quiere decir que no son movimientos ni biológicos ni físicos? Sería ridículo afirmar esto. Hace rato tenemos prohibido creer en fantasmas y, si no fueran ni biológicos ni físicos, la fantasmagoría sería la única opción. En todo caso, es muy fácil pensar que, no importa cuánto psiquismo haya en el evento, no importa lo mental de su naturaleza, en cuanto movimiento, las cosas que hace un organismo son de cabo a rabo actividad biológica de músculos, nervios, tendones, sangre, glándulas y también movimiento físico de un cuerpo con masa, volumen, momentum o de un sistema de átomos en interrelación con el resto del universo.

Pero entonces, si en efecto es movimiento físico, ¿por qué no puede explicarlo la física? Eso, realmente, es algo que importa poco en mi razonamiento. Digamos correcta pero superficialmente: por el grado de complejidad y variabilidad del sistema. La pregunta importante es por qué podemos predecir esos movimientos, de nuevo, aunque sea con un altísimo grado de incertidumbre (incertidumbre científica, claro está). Y la respuesta, amable lector, también lo puede decepcionar. Dice así: porque los organismo son sistemas físicos extremadamente variables, sí, pero tienden a regular su actividad en función de las condiciones del entorno en que están inmersos. Un entorno regular supondrá conductas más o menos regulares. Y ahí radica la magia de los conceptos mentales: ellos son particularmente buenos para incorporar estas regularidades e irregularidades en una matriz de conceptos que nos ayudan a hacer inferencias, inferencias que, en algunos casos, nos llevan a hacer predicciones. No hay nada nuevo ni deslumbrante en esta respuesta.

La pregunta, sin embargo, era importante no para responderla (lamento haberlos engañado) sino como pretexto para recorrer un camino hacia lo que en filosofía se llama monismo físicomental. Es decir, la idea de que, en términos de lo que hay en el mundo, los estados o actos psicológicos son también estados o movimientos físicos. Sólo que física y psicología son dos formas distintas de hablar, cumplen propósitos distintos, se fijan en aspectos distintos, establecen distintas relaciones entre porciones distintas del mundo. Así, cuando yo predigo la conducta de Juliana y la espero, con éxito, el viernes a las 8 en el planetario, he predicho un comportamiento, que también es físico, pero no con términos de la física sino con términos mentales.

Para ponerlo como un lema: nada hay que le pueda ocurrir, que pueda hacer o padecer un organismo que no sea un evento físico. Incluido el pensamiento. Que la física pueda llegar o no a predecirlo es harina de otro costal. El punto es que es un hecho evidente que nosotros, los humanos de a pie, con la simplicidad y la elegancia de los conceptos mentales sí logramos hacerlo.