Viaje de un obrero golondrina
En la esquina de 9 de Julio y General Villegas de Choele Choel, la fiesta de los pantalones rotos amontonaba cuerpos al son de la cumbia. Las pibas y los pibes dejaban un cementerio de vasos de un litro por los rincones en aquel noviembre primaveral, mientras que la fotógrafa del boliche –y hermana del DJ- se escurría entre la gente capturando aquel momento de desenvoltura cumbiera.
Daniel Solano caminaba errante, a los tumbos y atropellando, por el alcohol y la falta de espacio. Parte de su jornal de cosechero, que días atrás habia reclamado como escaso en su calidad de delegado gremial, se había ido entre el taxi y la cerveza. Abrazado a su amigo, con la mirada perdida en el flash penetrante y su pulgar hacia arriba, Daniel quedaba retratado en una de las tantas fotos. Detrás de su pelo negro y enrulado, las letras amarillas y naranjas grabadas en la pared: Macuba Mega Disco. Un boliche que de la mano de su dueño, Carlos “Tonelada” García, regordete, de sonrisa amplia y manos cargadas de enormes anillos de oro, se arrogaba el éxito de las noches valletanas.
Derlys, el animador, de pelo largo cual cantante de cumbia noventoso no solo incitaba a los solteros y solteras a alzar las manos. Sino también fue quien con su dedo inquisidor, señaló a Solano como el causante de quien sabe que disturbio dentro del local, para que acto seguido cuatro policías; Barrera, Martínez, Bender y Berthe, lo sacaran a la fuerza, con los brazos hacia atrás, abriéndose paso entre la gente.
Al llegar a la puerta lo hicieron bajar las escalinatas de un empujón. Solano, tambaleándose, se sacó las zapatillas y poniéndosela en las manos, los invitaba a pelear ante la mirada de algunxs testigos. Lo volvieron a agarrar, y a los golpes, lo llevaron hasta la esquina. Ahí tres policías más; Cárcamo, Quidel y Cuello, esperaban arriba de una camioneta EcoSport que subieran a Solano.
Aquellxs que vieron a Solano ser arrastrado hacia afuera del boliche, vieron además que había un octavo policía que no estuvo implicado directamente con lo sucedido. Se trataba de Vega, que además hacía adicionales para la empresa Agrocosecha y que el día que Solano cobró y se quejó, estaba ahí. Era común que los trabajadores entraran a cobrar a las oficinas de la empresa escoltados por policías.
La camioneta arrancó por la calle 9 de julio en dirección a la costa de río. Al hacer una cuadra, a pocos metros de cruzar el puente un Fiat Duna rojo, que se supo que pertenecía al oficial Berthe, la siguió y juntos se perdieron en la zona balnearia. El cuerpo de Solano, desvanecido y ensangrentado, no volvió a aparecer.
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Antes de que la ruta 22 atraviese las bardas y se meta en Choele Choel, se puede ver a un costado del camino como se erige entre el monte, imponente, el monumento al General Roca. La huella que la campaña militar de Roca dejó, es aún más grande que ese armatoste de cemento manchado con sangre aborigen. Pese a que son muchas las familias originarias que resisten y defienden su cultura, el paso militar arrancó de raíz todo lo que una a esas tierras y sus habitantes, con su pasado de origen indígena. No es menor que a lxs morochxs de los barrios del Valle Medio, los más pudientes los traten de “indios” haciendo un uso peyorativo de la palabra.
Solano era morocho, de pelo enrulado pero corto, con la barba tipo chiva en su pera. Nacido en Tartagal, dentro de la comunidad guaraní Misión Cherenta, recorrió los 2.400 km que separan su ciudad de Choele Choel arriba de un colectivo de la empresa El Tucumanito.
Ni por negocios, ni por placer, su viaje fue el viaje que hacen alrededor de 40 mil norteños para la cosecha en Alto Valle y Valle Medio, el viaje golondrina. El negocio, muy por el contrario, lo hacen con ellxs. La empresa Agrocosecha que contrató a Solano, es tercerizada de la multinacional belga Expofrut, a la que abastece de jornaleros en cada una de las tres etapas de la producción frutícola: la poda en junio, el raleo en octubre y la cosecha de diciembre a mayo. Al estar fragmentado el proceso de producción, de una etapa a otra despiden a la gran mayoría, y sobre todo a aquellos que se quejan de las condiciones de trabajo.
La ciudad, al estar atravesada por dos rutas nacionales como la 22 y la 250, es permanentemente visitada por viajeros que recorren las costas del oscuro y correntoso río Negro. Al estar tan cerca de la zona urbana es común ver personas acampando o comiendo asados en lo que se conoce como la isla 92. Ahí mismo, donde los sauces y los álamos se alzan al borde de los senderos, los verdugos de Solano pasearon su cuerpo inmóvil.
En busca de justicia, Gualberto Solano llegó a Choele y se encadenó frente al Juzgado 30, sobre la Avenida San Martín. Luego de que la Justicia le otorgara una abogada –María Cecilia Costanzo- , que trató de convencer a Gualberto de que su hijo se había ido a Neuquén, los abogados Sergio Heredia y Leandro Aparicio se encargaron de que la causa no sea cajoneada. En ese mismo lugar, frente al juzgado, se formó un acampe que dura hasta el día de hoy, y que tristemente ya no cuenta con la presencia de Gualberto, que falleció el 3 de abril de este año sin haber encontrado al cuerpo de su hijo y sin que la justicia condene a los responsables de su desaparición.
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Solano llegó a Choele y siguió camino hacia Lamarque, un pueblo vecino que está a 20 kilómetros. Unos metros antes de llegar a la entrada del pueblo, a la vera de la ruta 250, se emplazan los galpones de Expofrut, y precisamente donde hoy funcionan las oficinas de la empresa, creció Rodolfo Walsh. En la entrada del pueblo una escultura con forma de tomate gigante recibe a todos los que pasan o se meten. Tamaño tributo al fruto de una planta se debe a que desde hace más de veinte años se celebra la Fiesta Nacional del Tomate ahí.
El lugar donde anidan los sueños de lxs golondrinas son unas pequeñas piezas llamadas “gamelas”, ahí se hacinan para poder dormir en cuchetas pegadas unas a las otras. Comparten unas pocas duchas y apenas tres inodoros para cientos de trabajadorxs.
Muchxs trabajadorxs golondrina decidieron quedarse a vivir en Lamarque, por lo que el número de habitantes creció y la brecha que separa a los que más tienen de los que no se hizo más evidente. Los barrios más excluidos, como “La Tablada” o el Belgrano han crecido, y dentro de ellos la droga, las armas y la delincuencia han prendido con fuerza ante la situación de vulnerabilidad.
Los patrones de Solano, pese a que la última vez que lo vieron a Solano fue en Choele, denunciaron su desaparición en Lamarque. El comisario de Lamarque, Raúl Aramendi, era íntimo amigo de los dueños de Agrocosecha, los hermanos Lapenta. Tal es así que Aramendi, y uno de los hermanos Lapenta habían jugado en el mismo equipo que Solano en los torneos que organizaba la empresa. Aramendi se encargó de hacer la exposición sobre la desaparición de Solano, para eso designó a tres oficiales que se encargarían de la investigación, entre esos tres estaba Vega.
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El caso de Daniel Solano generó un simbronazo al interior de los pueblos del Valle Medio. En Choele Choel se realizaron marchas de alrededor de seiscientas personas pidiendo la aparición con vida de Daniel, a la vez que se organizaron actividades que buscaron visibilizar lo ocurrido, no solo por Solano sino por el resto de lxs trabajadorxs de la fruta y lxs desaparecidxs en democracia, algo inédito para una ciudad de diez mil habitantes. En ese mismo sentido se produjo un quiebre, en el que el accionar represivo de la policía quedó muy expuesto, sobre todo en un lugar donde los policías tienen una relación mucho más directa y cotidiana con los vecinos.
El mismo día que se cumplía un año de la desaparición de Santiago Maldonado, a 200 kilometros de Choele Choel, en la ciudad de General Roca –conocida popularmente como Fiske Menuco- se realizó la sentencia del caso Solano. El epicentro de la producción frutícola, donde se realiza la Fiesta Nacional de la Manzana, y donde se encuentra el Tribunal de Justicia.
Hasta allá se movilizaron organizaciones sociales y vecinos que acompañaron a la familia Solano desde el principio. En un mes del año donde la zona se ve atravesada por la quietud que el frio provoca, donde las plantas todavía sufren las fuertes heladas y el afluente de trabajadorxs golondrinas todavía no se empieza a mover.
Ese día en el que en todo el país la gente salió a calle a seguir exigiendo que los responsables de la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado paguen por lo que hicieron. En la ciudad de Fiske Menuco la familia Solano y todas las personas que la acompañan, lograron que al menos siete de los responsables de la desaparición de Daniel, fueran sentenciados a cadena perpetua por “homicidio agravado por alevosía”.