
El silencio de los lobos que se disfrazan de ovejas
Trataba bien a todos, generaba una sensación de hogar en el lugar que ocupaba. Maternidad aplicada a la vida diaria, casi de manera melosa e infantil, con lo que implica la aparente autonomía que se le da a los niños, siempre regulados finalmente por la decisión final de los progenitores. Escuchaba y hacía participar, aunque con muchas dudas sobre si realmente daba su lugar a cada cual.
Puertas adentro, el hogar, puertas afuera, la realidad. Al ser interpelada, no le temblaba la lengua a la hora de dar nombres que no eran los propios, porque los errores vienen de otros, no de uno, hablar de las incompetencias hasta el hartazgo y ausentar la capacidad de confrontarse con sus propias limitaciones.
No hay peor crisis para el que quiere tener el control de todo que no tenerlo. Pero lo buscó, se escabulló, revisó hasta cosas personales para tener un chivo expiatorio para apartar a su crisis del camino, violando quizás su Credo, pero nunca su obsesión. Lo logró.
Ya con toda la escena purificada a su gusto, pronto llega otra frustración: la limitación de que la plasticidad cerebral es algo que no enseñan en la Academia y que las obsesiones compulsivas del orden y la planificación, huelen a baño limpio pero no a mundo real. No pudo, explotó.
La explosión le destrozó las caretas, ya no tuvo que fingir amistades, gustos, actividades. Se encerró en otra caja antiséptica, para pasar al olvido. Su fantasma sigue presente, de relatos reales, pero que esconden atrás las mentiras que construía.
Lo bueno de un lobo sin disfraz es que uno puede coexistir y se sabe como hay que tratarlo. El lobo respeta realmente a la manada y no se disfraza de otro animal para pasar desapercibido dentro de un lugar que no es el suyo.