“Spider-Man: Homecoming”: ¿Por qué ésta sí y el resto no?

Quienes me conocen sabrán que mi superhéroe favorito es y siempre será Spider-Man. También sabrán lo mucho que me gustan los cómics y, si tienen suerte, les he mostrado las dos cajas llenas de historias que he ido recolectando desde que tengo memoria. Con eso podrían inferir mi reacción al saber que Marvel Studios introduciría a Peter Parker en su universo cinematográfico y mi necesidad de comentarlo tanto con quien conoce estas películas como con quien no.
Tras la larga espera desde Captain America: Civil War y casi veinte minutos de cortos, comenzó la proyección que mis cinco acompañantes y yo habíamos esperado. Después de incontables carcajadas, asombros y una que otra sorpresa, salimos de la sala para dirigirnos cada quien a sus respectivos destinos. Y fue hasta la mañana del jueves 6 de julio que pensé: «Y a todo esto, ¿en verdad estuvo buena?».
Spider-Man: Homecoming es la sexta película de uno de los superhéroes más conocidos en todo el mundo detrás, quizá, sólo de Batman y Superman; la tercera en presentarlo a una nueva audiencia y el segundo reboot intentando buscar una nueva dirección. La última película se estrenó en el 2014 y tanto hoy como hace tres años, aún se sentía demasiado reciente su aparición en el cine, más aún cuando las últimas tres películas (una dirigida por Sam Raimi y las otras dos por Marc Webb) no fueron bien recibidas por críticos y fans del personaje. Tras haber pasado hasta por dos muertes del tío Ben, uno se preguntará: ¿Por qué tendría que ver esta «nueva» versión?

En el cine, al igual que en otros medios artísticos, cuando cuentas una historia puedes tener el número de personajes que quieras, pero de nada te sirve si éstos no funcionan adecuadamente en lo que quieres transmitir. Un personaje puede funcionar como la voz de la razón, puede hacer que la audiencia pase por un estado de catarsis o incluso ser la distracción misma para ocultar algún mensaje. Muchos de los personaje más memorables terminan siendo aquellos con los que el público puede relacionarse. Esta relación se crea no necesariamente porque el personaje se parece o podría ser yo, sino porque comprendemos los sentimientos que transmite, los ideales por los que lucha o los problemas que suelen entrometerse en su camino.
Aunque no todos fueron creados directamente para el séptimo arte, el cine nos ha entregado películas con personajes bastante memorables y otras que la memoria no nos ha dejado olvidar. En ocasiones, los estudios deciden realizar un largometraje por el simple hecho de que están por perder los derechos de una propiedad, lo cual suele terminar en aproximadamente dos horas de disgusto. Y es que ya es costumbre ver un corto de una nueva película de Peter Pan, James Bond o algún monstruo clásico de Universal y decir «¿En serio? ¿Otra?»
No voy a elogiar el último proyecto cinematográfico de Marvel, pues en general me pareció una buena película y nada más que eso. Una cantidad de comedia adecuada pero encaminada a exageración, efectos especiales que no desagradan pero tampoco te vuelan la cabeza, y uno que otro actor de reparto que hubiera sido mejor omitirlo. Sin embargo, es necesario (así, en negrita) ver esta versión porque es la única que verdaderamente requieren para entender quién es Peter Parker y cómo le afecta ser Spider-Man.

Si algo ha hecho bien Marvel en la mayoría de sus adaptaciones es crear personajes con los que la audiencia pueda relacionarse, pueda reírse, enojarse y de más emociones así como lo ha logrado con sus cómics. Por el contrario, si algo había hecho mal Sony era precisamente no buscar lo anterior.
Las películas de Spider-Man se habían vuelto predecibles: Peter Parker tiene todos los problemas del mundo al inicio, luego llora, luego tiene problemas siendo héroe, llora otra vez, se enfrenta por primera vez al villano, más problemas, llora de nuevo, le gana al villano y se da cuenta de que siempre habrá problemas así que sigue con su vida hasta la próxima película y entonces todo vuelve a empezar. El círculo del arácnido.
Homecoming rompe con todo lo anterior (sobre todo con el llanto, gracias al cielo). Tenemos a un adolescente de 15 años tratando de ser un héroe pero falla terriblemente porque es torpe desde el momento en el que se pone el disfraz hasta su forma de acercase a los maleantes. Un adolescente con problemas reales en todos sus círculos: familiares, sociales, académicos y amorosos. Si bien Flash Thompson no es el güero enorme que siempre molestaba a Peter, es un tipo de bully que logra cumplir con el efecto de fastidiar hasta a la audiencia. Estamos, pues, viendo algo que se siente real.
Lo que esta película logra y el resto no (a excepción de Spider-Man 2 de Raimi) es conocer a su personaje y en verdad enfocarse en él. Peter está enamorado de nuevo pero ese sentimiento no es el problema principal como se había tratado anteriormente. Aquí lo primordial no es salvar otra vez a la chica y vencer al villano, sino de cuál es la esencia de Spider-Man: un héroe que arriesga dejar plantada a su pareja en una fiesta porque hay un robo cerca; un héroe que oculta sus secretos de quienes más ama por el simple hecho de protegerlos; un héroe completamente desvalorado por otros por ser un niño y que constantemente debe probar que tiene potencial; pero también un héroe que tiene los mismos problemas que tú y que yo. Eso, me atrevería a decir, es lo que hizo a Spider-Man lo que es. La película lo cumple con una excelente actuación de Tom Holland. Quien no lo considere el mejor actor hasta la fecha en interpretarlo debería leer un poco más de cómics.
¿La mejor adaptación? Aún no estoy completamente seguro. Lo lograron como nunca con el personaje, pero hay otras cosas que no fueron mucho de mi agrado. Estoy satisfecho. Este es el paso que Spider-Man necesitaba, porque antes de convertirse en quien todos conocemos, fue precisamente lo que nos mostraron en esta película: torpe, inconsciente, desesperado por destacar y, quizá su esencia misma, un chico que siempre busca hacer el bien.

