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El color blanco. Un acolchado color lila. La esquina de la casa de mi abuela. La gelatina. Una remera gris. Un libro marcado con post-its de colores. Una letra, siempre la misma. El olor a jazmín. Una canción que la mayoría de la gente nunca escuchó. El sonido de la lluvia a las tres de la mañana. El celular que me quema las manos porque estuve todo el día escribiendo. Los fuegos artificiales.

Migas de pan que me llevan siempre al mismo lugar, pero yo no soy Hansel o Gretel y cuando llego descubro que no es mi casa. La puerta está cerrada. ¿Quiero volver? Cada vez que vuelvo me duele ver que ya no queda nada para mí.

¿Donde está el pájaro que me prometieron? Ese que se va a comer las migas para que yo no pueda volver más. Ese que va a ayudarme a que todo deje de significar algo. Que una esquina vuelva a ser una esquina y una ventana vuelva a ser una ventana.

Capaz no son migas de pan, capaz son piedras que nadie se puede comer sin retorcerse del dolor cinco minutos más tarde. ¿Van a estar siempre ahí? ¿Como hago para dejar de mirarlas? Si hago de cuenta que no están me tropiezo con ellas y me caigo. Y todo me vuelve a doler como si fuera la primera vez. ¿Voy a tener que vivir siempre siguiendo ese camino, visitando esa casa, mirando como disfrutan adentro mientras yo tengo frío del otro lado de la reja cerrada?

Me gusta no ser específica, usar metáforas que pueden significar cualquier cosa. Necesito sacar esto que siento pero no quiero que nadie entienda de lo que estoy hablando. No quiero que sepan que sigo pensando en eso, que sigo viendo ese camino de migas o piedras que nadie más puede ver. ¿Debería ser más clara? Si usara palabras obvias, ¿la reja se abriría y esa casa volvería a ser mía?

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