Monólogo intervenido

— El amor es como el juego de la silla, — dijo ella mientras metía verduras en la bolsa del supermercado.

— ¿Cómo? — pregunté yo, porque no había podido escucharla bien.

— Que el amor es como el juego de la silla, por eso tener celos es una estupidez.

— ¿Porque vamos dando vueltas en círculos hasta que encontramos nuestro lugar al azar?

— No es al azar, es en el momento justo, cuando la música frena.

— A la música la frena alguien, — le dije, mientras intentaba hacer que el carrito no chocara contra la góndola de los vasos de vidrio.

— Sí, es verdad, pero ese alguien nunca sos vos.

— ¿Y quién para la música en la vida?

— No sé. ¿Dios? ¿El Universo? ¿La naturaleza? ¿Se para sola, porque sí? El punto es que se para, y vos no podés sentarte hasta que no sea el momento de hacerlo. Si te sentás antes de tiempo, perdés.

— ¿Y eso que tiene que ver con los celos?

— Que todas las sillas son iguales hasta que dejan de serlo, hasta que tenés una adelante y sabés que te corresponde sentarte ahí. Todas las personas son indistinguibles hasta que empezás a necesitar lo que una te da.

— Sigo sin entender.

— Alcanzame un paquete de arroz. No, ese no, el otro. Es muy simple en realidad.

— Iluminame, Einstein.

— Vos sos una silla. Tenés que pensarlo así. El amor no es ganar y perder. O quizás sí es ganar. Ganar es estar bien. Para estar bien tenés que ganar, para ganar tenés que sentarte. Tenés que sentarte en la silla que tenés adelante. Esa es la silla que necesitas. Si vos sos la silla que está delante de alguien, vos sos quién importa. Esto es algo que ya hablamos, pero sirve repetirlo. Vos nunca vas a ver tu verdadero valor. Lo ves desde adentro, ves toda tu mugre, ves tus clavos que sobresalen y las manchas en el tapizado. Y mirás el resto de las sillas, las miras de costado o de espaldas porque nunca las vas a poder mirarlas de frente. Y pensás en todas las cosas que ellas son que vos no sos. Todas las cosas que parecen ser, porque no las conocés. Parecen ser más cómodas, más nuevas, más firmes, más… más. No tenés idea de cómo son, y no tendría que importarte. Tampoco tenés que pensar que son menos. No tenés que pensar. Tenés que saber. Tenés que saber que lo que vos sos alcanza, que sos lo que necesita el que está parado adelante tuyo.

— ¿Y si el que está parado adelante mío se sienta en otra silla?

— Si se sienta en otra silla es porque estaba parado, porque no te había elegido. Si creías que correspondía que estén juntos estabas viviendo una mentira.

— ¿Y si se sienta en otra silla antes de que la música se pare?

— No va a ganar, no va a estar bien, pero no es algo que te corresponda cambiar a vos. Son elecciones. Ni siquiera tenés que respetarlas, tenés que aceptarlas.

— ¿Y si yo no quiero ser una silla? ¿Si yo quiero ser el que está caminando?

— Vos sos las dos cosas. Todo es una decisión. Que te elijan y elegir vos. Tampoco te sirve que te elijan y no cuestionárselo. Vos sos la que escucha cuando tu música se frena.

— ¿Entonces no tengo que ser celosa?

— No. Bueno, vos podés ser lo que quieras ser, pero creo que no te conviene. Vos tenés que confiar en vos, no en el otro. Confiá en tu capacidad de darle al otro lo que nadie más puede darle. Confiá en el que el otro no te eligió por un capricho, sino porque sos lo que necesita y lo que quiere tener al lado. O abajo, porque sos una silla. O enfrente, si la silla es él. Confiá. Confiá en ustedes, confiá en que no sos igual al resto. Y no sos mejor, ni sos peor, sos distinta y para alguien, vas a ser lo que estaba enfrente suyo cuando la música paró.

— ¿Y si siguen caminando? ¿Si su música no se frena cuando se frena la mía?

— Dejalos, dejalos que sigan caminando. No te sirve tener a nadie sentado encima ocupando un lugar que le queda incómodo.

— ¿Algún día mi lugar le quedará cómodo a alguien?

— Supongo que sí. Por las dudas, hace el esfuerzo. Meté los clavos para adentro, pintalos, volvé a rellenar los almohadones, lavá las fundas.

— ¿Me estás mandando a bañarme?

— Puede ser. Alcanzame el shampoo.

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