Lanzándome en picada sobre un concorde de papel.

Uno narra para hacerse pequeño, de pronto porque quiere -mejor aún-requiere que la historia, el amor y la vida sean siempre más grandes y ojalá indivisibles. -Xavier Velasco.

Comencé a escribir, para volverme la poeta que deseabas que escribiera, un tobogán de mil te amos, por el mismo que al infierno condujera.

Comencé a escribir del cielo, sin saber que de él eras.

Jugaba a guardar el equilibrio sobre los adoquines, sintiendo el viento, presagiando la tragedia. Tal vez por eso, hoy llevo años soñándome volando sin alas, elevándome sólo con el poder de mis manos, de día, de noche, hasta la luna, en silencio, en secreto, sonriendo y sola.

Comencé a escribir porque estaba enamorada. Hay que estar perdida para sostenerse de las letras. Hay que estar muerta de miedo para revivir con todas las defensas.

“Quisiera no querer lo que quiero” llenaba mis cuadernos; era una forma de borrarte cuando ya me estaba volviendo loca; como la escena de “El resplandor” cuando Jack Nicholson lleva todo el invierno tratando de escribir un libro, y al final, sólo logra repetir la misma frase.

Comencé a escribir, porque no sabía dibujar en 3D. Porque mis historietas de dibujitos, ya no cabían en mi diario. Porque el rosa pastel, ya no combinaba con el luto de mi cerebro.

De tu sonrisa. De la puesta de sol que representaban tus pupilas. Del viento que revolvía tu cabello. De tu silencio. De tu guerra. De tu sarcasmo. De tu cama. Del jugo de uva o naranja. De tu historia. De tu aroma. De tus labios. De tus latidos. Del azúcar y la sal. Del futuro. De escribir y de callar. De todo, comencé a escribir.

Sylvia Beyer. Ciudad de México, 2007

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