Ma dos puntos

Hoy no pude evitar pensar en vos. Se me hicieron presentes tus ojos con su mirada serena. Apoyé una mano sobre la otra, intentando emular esa caricia que me hacías cuando querías que realmente escuché lo que me decías. Se sintió diferente, porque claramente no eran tus dedos los que me rozaban, y porque entre mis oídos no sonaba tu voz. Traté con muchas fuerzas de recordarte, de transformar mis recuerdos en sonidos para poder oírte una vez más. Traté con muchas fuerzas pero no pude, porque el tiempo es implacable y corre en una sola dirección, y aquello que dejó de ser ya nunca será. Y tu voz ya nunca será, como ya no serán tus abrazos ni tus palabras certeras. No serán tus caricias ni tus diagnósticos, te extrañaremos hijos y pacientes. Te buscaremos cada día, y te recordaremos incluso en aquellas cosas que ya hayamos olvidado. Porque aunque el tiempo es implacable, la memoria es obstinada. Y en cada dolor que sienta en mi cuerpo vas a estar vos. En cada línea de fiebre y en cada dolor de panza. En la base de la espalda cuando hace mucho frío, y en mis piernas adormeciéndose. Y en cada dolor, sabré como automedicarme de tantas veces que la doctora, mí madre, me ha curado. Pero llegará tarde o temprano, de día o de noche, sin distinguir estaciones, ese dolor que no podré curar ni medicar. Aparecerá para recordarme que somos humanos y sufrir es inevitable. Ese dolor que es tu ausencia, y ese espacio en blanco que nunca podré llenar, será el diagnóstico final de cada día que pase sin tu presencia.