Identidad digital

Datos, privacidad, selfies, la “cuantificación del yo” y el desarrollo profesional


Danzan para mí los recuerdos y me adhiero al tejido imprescindible de mi memoria y de mi identidad y me digo que soy alguien solo porque recuerdo, es decir, soy porque recuerdo, soy aquel a quien la memoria le ha ayudado siempre evitándole caer en una angustia total, le ha ayudado durante años con sus relámpagos y destellos luminosos en los que, como un rayo de sol, danza para mí cada día, encantador y trágico, el polvo trágico del tiempo.
Enrique Vila-Matas. El mal de Montano.
La fotógrafa Frances “Fannie” Benjamin Johnston, mostrando su Kodak a un grupo de chicas, ca 1900.

Internet, la Web 2.0, la web social y las redes sociales han facilitado el surgimiento de espacios de expresión personales, flexibles, multi-direccionales y conectados entre sí donde, de manera profesional o personal participamos, nos expresamos, nos relacionamos, compartimos información y colaboramos unos con otros.

Han provocado que muchos pasemos de ser receptores más o menos pasivos de información a productores y difusores de contenidos y conocimiento, dándonos la posibilidad de comunicarnos en una espiral de interacción sin precedentes.

Han posibilitado que cualquiera que tenga acceso a una conexión pueda publicar un vídeo, retocar una foto, escribir en un blog o participar en una red social.

Se han multiplicado ad infinitum las posibilidades y las opciones que tenemos para expresarnos y darnos forma, para construirnos una identidad que vaya más allá de lo que dice nuestro DNI, determinan nuestros orígenes, augura nuestro expediente académico o certifica nuestra trayectoria profesional.

Aquélla que en su juventud apenas se había atrevido a escribir tres líneas en un diario en blanco descubre sus dotes para la escritura en un blog de viajes. Quien fuera tachado como manazas descubre un don oculto para la composición fotográfica y vuelca toda su creatividad en Instagram. La que era incapaz de construir algo con sus manos se descubre como una habilidosa programadora capaz de diseñar dinámicos entornos digitales para otros. Y el tímido que apenas hablaba en clase se convierte en un afilado crítico gastronómico en Yelp.


Aceptar la transformación digital significa, en palabras de Manuel Castells, “asumir que hemos cambiado para siempre la forma en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos, nos relacionamos, amamos o protestamos”.

No se trata de cómo somos, ni probablemente de cómo queremos ser: queremos preservar un espacio puramente experimental en el que podamos hacer nuestros propios planes de vida, reconsiderar nuestros valores, abandonar viejos proyectos y embarcarnos en otros nuevos.
Evgeny Morozov

Datos y más datos

De manera paralela, la digitalización progresiva de nuestras vidas (personales y profesionales; voluntaria e involuntariamente, manual y de manera automatizada) se traduce en un aumento sin precedentes de datos sobre nosotros en formato digital. Incremento que se ha visto potenciado hasta niveles impensables hace tan solo una década con la generalización de los dispositivos móviles y las posibilidades actuales de conectividad en cualquier momento y lugar.

Datos que hacen referencia a todas y cada una de las facetas de nuestra vida y de nuestra persona (datos demográficos, clínicos, de aprendizaje, de desempeño laboral, de consumo, de ocio, de movilidad e incluso de gustos, preferencias y fobias…).

Movilidad constante y conectividad casi ubicua, nos convierten a todos en dispositivos emisores de datos sin pausa. A veces de manera voluntaria, la mayor parte del tiempo de forma involuntaria e incluso inconsciente.

André Kertész, Autoretrato con Rogi André y un amigo en el Hôtel des terrasses, París, 1926

Por otro lado, y una vez más, las grandes compañías (tecnológicas o no), las administraciones públicas y los gobiernos coinciden en su interés en nosotros. Ya sea para mejorar sus campañas publicitarias, sus procesos de innovación de producto o la eficiencia de sus programas públicos (de seguridad, sanidad, educación,…) todos pugnan por hacerse con el mismo material: nuestros datos. Su voracidad además no deja de aumentar. Necesitan cada día una mayor cantidad de datos que deben, a su vez, ser analizados de manera más rápida y más precisa.

Los datos son vistos por muchos como la nueva materia prima que nos permitirá desarrollar la innovación, mejorar los procesos empresariales, adecuar el desarrollo de las infraestructuras a nuestras verdaderas necesidades o al presupuesto existente, personalizar el aprendizaje o empoderar a los ciudadanos. Y no son pocos los que han abrazado con inusitada confianza corrientes como el Quantified Self, que promete a sus integrantes un mayor conocimiento sobre sí mismos y unas casi infinitas posibilidades de mejora personal (desde solucionar problemas de obesidad o insomnio hasta mejorar la dicción, encontrar pareja o erradicar nuestra timidez…) basándose en datos y no en apreciaciones y valoraciones subjetivas. De ahí su casi “obsesiva” tendencia a recoger sin interrupción datos sobre sí mismos. Tarea para la que cuentan con la inestimable ayuda de innovadores dispositivos, potentes apps y, de nuevo, empresas y gobiernos.

Tampoco somos pocos los que, sin necesidad de abrazar el movimiento Quantified Self al completo, generamos voluntariamente datos en forma de check-ins, trackings, opiniones, fotografías, comentarios o simplemente uniéndonos a la costumbre histórica, y ahora tan de moda, del autorretrato (selfies) como una forma de construir nuestra identidad o simplemente de indagar en ella.

Hermann Landshoff. Autoretrato. New York, 1942

Pero los datos y sus usos también son mirados con creciente recelo y desconfianza (aquí y aquí). Los asuntos de espionaje gubernamental y vigilancia masiva destapados por Snowden o el caso Wikileaks son solo parte de unas prácticas ampliamente extendidas, que cuentan en algunos casos con cierta cobertura legal y con la silenciosa colaboración de las grandes corporaciones privadas y que, asumidas resignadamente por casi todos, permiten que seamos registrados, escaneados, interrogados y grabados constantemente en aeropuertos, instalaciones administrativas, calles públicas y recintos privados en nombre de conceptos tan cuestionables como la seguridad nacional, la integridad personal, el bienestar colectivo o la convivencia. Prácticas que permiten que nuestros datos clínicos, nuestras llamadas a servicios públicos, las visitas al patrimonio nacional o nuestros datos de aprendizaje sean recogidos por terceros a cambio de la promesa de prolongar nuestra vidas, reducir los costes de nuestro seguro de vida, darnos un mejor servicio, ayudarnos a decidir qué estudiar o en qué trabajar y permitirnos disfrutar de nuestro ocio en total seguridad.

Esta incesante y obsesiva recogida de datos por parte de individuos, empresas, administraciones y gobiernos ha llevado a algunos a hablar ya de la “regulación algorítmica” para referirse a la práctica de regular y legislar desde los datos y no desde la complejidad, indeterminación, confusión y arbitrariedad de la vida. Y a advertirnos de las dificultades para abordar el problema de la privacidad y los datos en toda su complejidad, señalando que para abordar este tema no es suficiente con hacerlo desde una perspectiva económica (como un activo que de manera voluntaria cedemos a cambio de algo) o jurídica (asegurarnos el control de nuestros datos tampoco es suficiente) sino que bebemos abordarlo también en su dimensión política y vinculando el futuro de nuestra privacidad con el futuro de la democracia (Evgeny Morozov).


“Dedicar esfuerzo a construir tu propia identidad digital ya no es opcional. Es un acto de pura responsabilidad”.
Julio Alonso. Identidad y reputación digital. Cuadernos de comunicación Evoca

Privacidad y seguridad

Este nuevo escenario que hemos descrito compromete nuestras nociones de privacidad y e intimidad y hace que el concepto de identidad digital, entendida el conjunto de características y datos que nos identifican dentro de la Red, y su gestión adquieran toda su importancia.

La preocupación por los temas de privacidad y la gestión de nuestros datos está cada vez más extendida. En un informe de 2013 titulado Anonimato, privacidad y seguridad online, el Pew Reserach Institute afirmaba que el 86% de los usuarios (USA) de Internet habían tomado medidas recientes para ocultar o difuminar su huellas de navegación (borrado de cookies, encriptación de comunicaciones, uso de navegación privada,…) y que el 55% habían tomado medidas para ocultarse de terceros (individuos, organizaciones o el gobierno).

Esta preocupación por la privacidad no es además solo una cuestión de adultos. Como bien ha señalado danah boyd en su libro It’s complicated, el tema preocupa especialmente a niños y adolescentes que, aunque lejos de ser los expertos nativos digitales que en ocasiones hemos querido pensar, sí que están muy preocupados y se esfuerzan constantemente en tomar medidas para “proteger” su identidad digital bien sea de sus padres, sus profesores, la escuela o sus enemigos.


No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo.
Callar, callar, es la gran aspiración que nadie cumple ni aun después de muerto, y yo el que menos, que he contado a menudo y además por escrito en informes, y aún más miro y escucho, aunque casi nunca pregunte ya nada a cambio. No, yo no debería contar ni oír nada, porque nunca estará en mi mano que no se repita y se afee en mi contra, para perderme, o aún peor, que no se repita y se afee en contra de quienes yo bien quiero, para condenarlos.
Javier Marías. Tu rostro mañana. Fiebre y lanza

Construir y gestionar nuestra identidad digital

Dado que lo que hacemos, donde vamos, lo que decimos, nuestras enfermedades, nuestras fortalezas y nuestras debilidades son constantemente registradas y que ese registro permanece “para siempre”, es evidente que la construcción y la gestión de nuestro yo digital no sólo depende de nosotros. Nuestra identidad digital se forma a partir de una enorme cantidad de información personal, con independencia del momento en el que fue generada o quien la generó. Cada acción en Internet deja trazas que pueden ser localizadas y tratadas de modo independiente y ajeno a la voluntad de la persona y de forma asíncrona (descontextualizadas). Nuestra identidad se forma como una compleja amalgama hecha con la opinión de los otros, los datos recogidos por terceros y lo que los sistemas automáticos monitorizan sobre nuestros comportamientos.

Lo que se sabe de uno en la Red viene dado al menos por tres agentes:

  1. El contenido generado por uno mismo.

2. El contenido generado por terceros y recogido por el software o aplicaciones que indexan y conectan los contenidos.

3. El contenido generado en las relaciones con los demás. Lo que los demás publican sobre nosotros.

Esta triple “entrada” de datos (lo que decimos de nosotros, lo que dicen sobre nosotros y lo que se registra automáticamente), que siempre ha existido, cobra ahora especial relevancia porque en Internet todo se amplifica y se mueve más rápido; porque ahora no sólo se intercambian palabras, sino textos, fotografías, vídeos y comportamientos; y porque todo esto una vez subidos a Internet (una vez que se ha digitalizado) queda para siempre.

Tres son las características de la Red que afectan de manera diferencial a nuestra identidad digital. Todo es permanente (asunto relacionado con temas como el derecho al olvido), todo es potencialmente visible y todo deviene incontrolable (no hay manera de saber qué sucederá con la información una vez puesta en la Red).

Estas características de la información y los datos en Internet no hacen sino reforzar la importancia de saber gestionar la identidad digital. Ante esto, la única postura que no es viable es la de no hacer nada. Ignorar la realidad no es la solución.


La identidad digital se fragmenta en miles de pedazos al tiempo que la tecnología es capaz de reconstruirnos para proyectar al mundo quienes somos: es la identidad de dominio público.
Nuestra reputación se desmiembra en miles de hilos de información que se recomponen a cada instante y permiten a nuestros semejantes hacerse una idea de quienes somos: un avatar, un formulario, una fotografía, un texto propio, un texto ajeno, un vídeo.
Julen Iturbe

Identidad digital: lo profesional, lo personal, lo público y lo privado

En el ámbito profesional, uno de los debates persistentes es la diferenciación entre la identidad digital personal y la identidad digital profesional. Las posturas van desde aquellos que sólo entienden las redes para un uso personal a los que mantienen diferentes perfiles (personales/profesionales) de una misma red, pasando por los que discriminan las redes y los espacios digitales según usos.

La primera pregunta que se hacen muchos profesionales cuando abordan este tema de las redes sociales y de la Red es si deben tener cuentas separadas y diferenciadas para sus usos profesionales y personales. No es raro recibir consejos sobre el necesario cuidado a tener con lo que compartimos en nuestras redes personales porque esto puede afectar a nuestra vida profesional. Son numerosísimos los ejemplos de consecuencias negativas para la carrera profesional por un mal uso de las redes sociales (sean desde perfiles personales o profesionales). Y todos conocemos ejemplos de profesionales que han vinculado sus cuentas a su lugar de trabajo con el consiguiente problema (solucionable, eso sí) que surge cuando esa vinculación deja de tener sentido.

Robert Doisneau

Sin embargo, según pasan los años y se va asentando el proceso de digitalización de nuestras vidas parece que el debate va perdiendo sentido. La Red está borrando fronteras largamente asentadas. Si cada vez son más los que afirman que vivimos en un mundo híbrido resultado de un continuo sin transiciones entre nuestras vidas analógicas y digitales, no escasean tampoco los que sostienen que ya no existe la diferencia entre los personal y lo profesional.

Todo lo que hacemos afecta de una u otra manera a nuestra identidad, hecha de fragmentos analógicos y digitales. Todo lo que publicamos, publican sobre nosotros o es registrado en la Red, independientemente de que lo califiquemos como personal o profesional, nos identifica y diferencia. Todo da forma a nuestro yo.
La identidad digital es fragmentaria, indefinida y en cierta manera líquida pero deberíamos gestionarla y cuidarla como parte de una única identidad que es la nuestra y que estará formada tanto por partes digitales como por analógicas.

E igual que cada vez se mezcla más lo personal y lo profesional, cada vez es más difícil distinguir entre vida analógica y vida digital o entre lo privado y lo público. Tenemos que ser conscientes que todo lo que publicamos en la Red (incluso los correos electrónicos) son datos potencialmente públicos. Si verdaderamente queremos que algo quede en privado, entonces no debemos subir a Internet, no lo debemos digitalizar. O, parafraseando a Marías, si algo no queremos que se sepa entonces calla y no cuentes.

También es importante tener clara la distinción entre personal y privado. Lo privado sería lo que guardamos para nosotros. Nada que sea privado debe ponerse nunca en Internet. Al menos en la cuota de nuestra identidad digital que gestionamos nosotros. Lo personal, sin embargo, es otra cosa. Lo personal son datos, situaciones, acciones, características que nos definen y diferencian pero que hemos asumido y decidido compartir (porque pensamos que dan una imagen de nosotros que nos complementa) . Que nos guste andar por la montaña, correr por el campo o leer novela negra es personal pero depende de nosotros (vigilancia masiva a un lado) decidir si además es privado o no. La línea entre lo personal y lo privado la fija cada uno, es diferente para cada persona y no es fija ni permanente en el tiempo.

Hein Gorny con su cámara Linhof. Autoretrato. Alemania, 1937.
La construcción de nuestra identidad digital seguirá un proceso lento, torpe y salpicado por momentos de la más deleble retórica.
Antonio Fumero. Sobre redes, personas, contenidos y derechos en la Red. Cuadernos de comunicación Evoca. nº5
One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.