La velocidad

Si la Fórmula Uno es encastrarse dentro de una sofisticada chapa llena de pegatinas para meterte después en un tornado a dar vueltas, el motociclismo en pista es montar directa y llanamente sobre la misma velocidad, acostarse de barriga sobre el filo de lo rápido. El piloto se espatarra por completo sobre un imponente motor que por norma general abulta más que él —todos los pilotos son pesos pluma— y usando el propio cuerpo como timón va buscando mejorar tiempos y pasar enemigos. El tronco y extremidades del conductor pasan a ser unas piezas más de la máquina; y de esta correcta fusión del nervio de lo humano y el rugido mecánico dependerá en buena medida la diferencia entre triunfar y hacerte un hueco entre los elegidos cuando aparezca la nerviosa bandera a cuadros, o derrapar la vida entera en una curva.

Luis Salom. Foto: Marca

Resulta difícil no asombrarse al ver las motos inclinarse hasta lo imposible sobre las rodillas de estos tíos adquiriendo así propiedades físicas ingrávidas. Este baile donde la moto se mueve como una constante y sincronizada veleta en asfalto es una imagen que va más lejos del motociclismo o lo puramente deportivo para ser metáfora de la forma de llegar a controlar lo indómito y bruto de un motor, un corazón, un pensamiento o un odio revolucionado. El pilotaje como ejemplo de temple vital.

Pero se caen. Cómo no se van a caer si es directamente volar sobre el alquitrán sin más agarre que un manillar. La lógica no puede decir otra cosa más que la caída es segura y difícilmente puede existir algún piloto de alta competición que no haya tenido que aterrizar con los huesos en algún momento. Cuentan de los moteros que son tipos de excepcional personalidad y que recuperándose de alguna cornada en lo único que piensan es en el momento en el que volver a subirse a la «burra». Los que tenemos un respeto desmedido a la carretera y la vemos con una prudencia que realmente es miedo, no dejamos de admirarnos por este espíritu extremo, lírico, de querer ponerle cincha a la mismísima velocidad.

Ayer se mató un chaval de 24 años al despegarse de su motocicleta. No será el último. Siempre que ocurre hay algo que desasosiega junto a lo cruento de la muerte, la sensación de que son hombres que viven a una intensidad que difícilmente conocerás nunca aunque a ratos te parezca una intensidad completamente absurda e innecesaria. Tan absurda e innecesaria como la poesía. Ayer se mató un poeta.