Las jaquetonas

carlos malpartida
Melania Jaquetona Trump

Se debe tener mucho cuidado con los adjetivos porque una palabra te puede arruinar la biografía. Hay formas de nombrar que son navajazos o cornadas de dos trayectorias o más. Te fijan con algún nombre y ya no sales de la enfermería. Tengo más de veinte años y todavía hay quien me llama Carlitos. Antes me rechinaban hasta los braquets que todavía no me han puesto pero ya me lo tomo con resignación cristiana. Los diminutivos son también una forma de acabar con la moral del enemigo. Doctor, abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Pero no hay doctor posible cuando ya está dentro la palabra chupándote las entrañas.

Jaquetona. Así denominaba Elvira Lindo a Melania Trump en un artículo de hace unos meses. Menuda pereza da buscarlo ahora en la internet. Ese hastío propio de que seguro que lo tienes a dos clics. Jaquetona tiene algo de yeguaza y de hembraza entre las hembras. Algo caballuno y exagerado. De tiarrona y de mujerón excesiva. De potencia física, de hechuras y de poderío entre agreste y por educar. Salvaje pero chungo. También algo de cascos ligeros y de mal vivir. De putilla, vamos. Es de esos adjetivos que difícilmente olvidas y que se te quedan cabalgándote las sienes y la masculinidad por tanta maldad afilada. Tan propia, por otro lado, de las mujeres metiéndose con mujeres sobre todo cuando hacen mención al físico. Menos mal que es una forma de nombrar de una señora a otra porque si hubiera sido algo de cualquiera de nosotros entraría en la categría de micromachismo para arriba. Te ponen jaquetona y jaquetona te quedas ya seas también ingeniera de partículas, astronauta o columnista en El País. No seré yo el que use jaquetona con las mujeres.

Acaban de echar a las jaquetonas de la Fórmula Uno. Esas diosas con paraguas que procuran, procuraban, que no le de mucho el sol a las marcas adhesivas de los coches (no se vayan a derretir) ya que son lo realmente importante para el negocio. Y te duele como algo propio. No he visto entera una carrera de Fórmula One en mi vida, Hulio, pero lo de prescindir de la belleza, de la aspiración a la belleza, de la ficción de la belleza, te enciende. Te levanta en armas. Te subleva. Te niegas a pensar que sea posible. Como si la guapura fuera algo objetivo y completamente rígido, cosificado, que se pudiera medir y tener tan claro para derribarlo. Cuando se quitan el mono, los taconazos, el maquillaje y demás son jaquetonas medias o medio jaquetonas con sus inseguridades, dolores y miedos. Como las feas. De hecho, hay muchas feas más jaquetonas que las guapas. Si no es todo lo mismo pasada cierta edad. Les basta estar seguras de sí mismas para transformarse si es que transformarse es realmente el verbo adecuado. Habría que incidir en esto de la seguridad como principio pedagógico de lo bello y menos en censuras, persecuciones y quitarle el pan de la boca a mujeres de bandera o banderita.

Por todo ello, hoy quisiera romper una lanza —contad con mi espada, compañeras— por aquellas y aquellos que llevamos el estigma del jaquetonismo como una flor de sangre en la frente. Ánimo, aguantad. No flaqueéis ni dejéis que cunda el desánimo. La noche puede parecer oscura pero mañana sale el sol y el universo conspira en nuestra ayuda. La belleza, que decía el francés ese, será jaquetona o no será.

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