Los calcetines de Monedero

El domingo pasado escribía Juan Carlos Monedero un tuit con foto que no sé si ha sido lo suficientemente comentado pero que no creo que debamos pasar por alto por su fuerza conceptual y su poder simbólico. «No sé qué es más desesperante y desconcertante: si lograr la unidad popular o emparejar los malditos calcetines» y en la imagen, sobre la cama, una treintena de calcetines de todo tipo y colores. Desde los más clásicos y formales en tonos negros y grises hasta los más atrevidos de colores fluorescentes pasando por los deportivos y alguna que otra rareza un poco esnob como pueden ser los amarillos. Incluso se adivina alguno de esos pequeñitos, tobilleros y con refuerzo en la planta, que sólo usamos los runners de altísimo nivel. Sorprende de los deportivos que tengan un logo tan comercial como PUMA, empresa que a partir de ahora se puede presentar como la marca emergente frente a esa cosa bipartidista de NIKE / ADIDAS. Deben andar los de PUMA preguntándose si fichar a JCM para alguna nueva campaña atlética a lo Usain Bolt aunque tendrán que estar muy rápidos si no quieren que se les adelante CALZEDONIA o INTIMISSIMI que apostarían, eso sí, por un Monedero mucho más sensual y sexy. Independientemente de la marca y el enfoque comercial, estarán conmigo en que unos MONEDERO LIMITED EDITION podría ser algo revolucionario para unos calcetines realmente comprometidos.
Más allá de los diseños, sorprende la cantidad. ¿Cuántos calcetines tendrá en el armario JCM? Si nos muestra unos treinta desparejados adivinamos, así por lo bajo, al menos otros treinta o cuarenta pares más. Fácilmente superas cien pares de calcetines a lo tonto. Se antoja una cifra nada desdeñable. Tampoco es cuestión de ser injustos y seguramente los vaya acumulando después de muchísimos años pero no deja a uno de sorprenderle este afán coleccionista y esta cosa de it girl dominguera montando su particular outfit irradiador. Hay en la foto un poco más de una imeldamarcos de los calcetines que de cercanía a un obreraje que difícilmente mostraría algo así para que no se le vean los zurcidos y la cosa vergonzante de los tomates en unas prendas con calidad de rastrillo o tienda de veinte duros. Existe una pobreza de los pies, una deshonra de los agujeros, que casi nunca se enseña de ahí que sorprenda este despliegue de fondo de armario del humilde profesor.

En el tiempo que pasé en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense (no todo el que debiera haber sido) recuerdo que nos recomendaban leer a Ignacio Ramonet, voz crítica frente a lo que antes se llamaba «mundialización» y que ahora, por esas cosas del buen marketing, se conoce como «globalización». A Ramonet lo leíamos mucho en el Le Monde Diplomatique que era el periódico con el que había que asaltar los cielos por la ruta francesa. Más de una vez usé el diplomatique como carpeta para que no se me arrugara el ABC pero eso es otra historia y me estoy desviando. Ramonet, en su libro La tiranía de la comunicación comenta lo siguiente: «los reporteros llegan en cierto modo a dirigir cinematográficamente los comportamientos de las masas con objeto de dramatizar mejor el acontecimiento». Las masas, la dramatización y el acontecimiento. Si algo hay que reconocerle al partido de los círculos es que han sabido convertirse en reporteros de sí mismos, controlar y capitalizar el drama de los acontecimientos y ser masa a la par que mutar en esos periodistas individuales y protagonistas de la noticia, conga, ascensor y todo, de los que renegaba Ramonet: «el periodista pasa a ser así la información principal». No crean que la foto es al azar. Las carpetas desordenadas de la esquina superior derecha, ese par de libros o revistas olvidadas (se es humilde profesor a todas horas) sobre la colcha. Los calcetines y los detalles también hacen política. Y en el texto, desesperación, desconcierto y malditismo para arropar a la «unidad popular» en un único tuit. El triunfo de la retórica, el pastoreo de las palabras. ¿Alguien sabe qué es exactamente la UNIDAD POPULAR? Otro texto de la facultad, Psicología de las masas de Gustave Le Bon: «el individuo integrado en una masa adquiere por el mero hecho del número un sentimiento de potencia invencible que le permite ceder a instintos que, por sí solo, habría frenado forzosamente. Y cederá con mayor facilidad, puesto que al ser la masa anónima y, en consecuencia, irresponsable desaparece por completo el sentimiento de responsabilidad que retiene siempre a los individuos». ¿Será esto la unidad popular de Monedero? Cuidadito con Le Bon cuando se pone poético hablando del uso seductor de los calcetines palabras: «aislado era quizá un individuo cultivado, en la masa es un instintivo y, en consecuencia, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos a los que se aproxima más aún por su facilidad para dejarse impresionar por palabras, por imágenes y para permitir que le conduzcan a actos que vulneran sus más evidentes intereses».
Una de las anécdotas que guardo del tiempo que pasé en Políticas (más del que debería haber sido) es cuando le enseñé a Jorge Verstrynge las botas de seguridad que llevaba en la mochila ya que después de la facultad, a la que iba en el turno de tarde, tiraba a laburar a una fábrica de componentes de automóviles. Ya saben: famélica legión, trabajador fabril, humo, mierda, camaradas, bostezo, bostezo, etcétera, etcétera. Yo llevaba las botas, esas botas rudas con la punta reforzada en acero, con cierto orgullo y exhibicionismo proletario mal entendido. Incluso la del pie derecho lucía una abolladura de una carretilla que a punto estuvo de costarme algún dedo. Una muesca, una herida de El Capital contra mi persona. Como el que le enseña ajos al Conde Drácula. «Atrás, atrás», que diría El Cigala agitando mucho el pañuelo. Así fue el respingo. El currito currito es más un objeto teórico. Verstrynge me decía que era totalmente incompatible el curro con la carrera y que me iba a matar. No le faltaba razón pero a lo que hay que aspirar en la vida es a ser una unidad popular propia, unipersonal, auténtica, errática y libre y había que ganar como fuera para calcetines, no los de renta básica, y si los calcetines cool de Monedero. Por no hablar de que tenías que comprar todos los días, religiosamente, el ABC. Uno tiene, de casta, legítimas aspiraciones.