El fútbol

Me crié en un barrio de clase trabajadora, donde la diversidad arquitectónica y económica no eran de relevancia para los pibes de mi edad. Eran años de la década menemista.

A diferencia de las actividades estacionales e individualistas como el barrilete en otoño o la bolilla en invierno, al fútbol pueden jugarlo -según su variante- hasta 22 personas, en cualquier momento del año. Sólo basta una pelota y unas ganas terribles de llenar de goles el arco rival.


La intersección de las calles Marco Avellaneda y Chile eran la mitad de cancha en el clásico barrial, clásico de pavimento caliente, que para nosotros era más importante que un Boca-River. En esos días, nuestros ídolos eran el Príncipe Francescoli, Manteca Martinez, Rubén Paz, el Bati, Goyco, Cani, y, el infaltable Diego Armando.

De esa intersección, veinticinco metros para cada lado marcaban los arcos. Arcos que estaban hechos con rejunte de piedras o buzos, según el clima. No había travesaño. O, mejor dicho, la altura del arquero y su salto marcaban hasta dónde era gol o saque de arco. Se jugaba sin laterales, lo que permitía a los veloces y avivados tocar contra la pared para construir una ídem y sacarse de encima la marca de un rival. Los fules se cantaban y se concedían por dos vías: caballerosidad o consenso, siempre y cuando el score no apriete. No había primer ni segundo tiempo; se jugaba hasta que las piernas, el oxígeno y el sol acompañaban. Por eso, no era raro que los partidos terminasen con veinte o treinta goles por bando, o por diferencia de cinco después de haber perdido la cuenta. Si la pelota caía en la casa de algún vecino, se pedía permiso; y cuando el propietario de la vivienda se ponía la gorra, se conseguía una pelota o el partido se daba por finalizado en favor del equipo contrario al que cometió la burrada de patear a cualquier lado. Por lo general no había penales, pero cuando sucedía… cuando sucedía todo el barrio -y cuando digo “todo el barrio”, digo TODO el barrio- dejaba sus labores para presenciar la dramática definición. Héroe o villano, todo o nada, la gloria o el olvido.


Entre la pelota y el arco hay doce pasos contados y verificados por los capitanes de ambos equipos. Con un pedazo de ladrillo naranja se encargan de marcar bien el punto de ejecución. El público, jugadores y curiosos, hacen un semicírculo detrás del pateador. Máxima tensión. Es el último penal. El equipo de calle Chile está obligado a convertir, sino, ganarán los muchachos de Marco Avellaneda.

Pantera agarra la pelota descuartizada después de dos horas de buenos y malos tratos. Da la impresión que no va a aguantar ni un puntazo más. “Vale chumbar”, dice uno a lo lejos. Pantera asiente, mientras se seca la transpiración con la manga de la camiseta de San Martín de Tucumán.

Está anocheciendo en el barrio.

El arquero se para en la mitad del arco, mira a sus lados, imaginando los postes, temiendo lo mejor y lo peor. Pasa el abrojo de sus guantes eNeVe azules alrededor de su muñeca. Si ataja, será el héroe, como Goyco contra Italia en 1990. Sino, será olvido puro en minutos.

Pantera toma carrera y sacude un derechazo digno del Mencho Ramón Ismael Medina Bello. La pelota sale despedida como una bala, impiadosa, potente, mientras escupe pedazos de hilo por todas partes. Parece inatajable para el escuálido pibe detrás de los guantes y del sueño de héroe.

El arquero vuela sobre su derecha, extiende su brazo y el dedo medio roza la pelota, que termina afuera para desazón de Pantera y del resto de su equipo. El héroe escuálido está en el piso y sus compañeros se acercan, extasiados, a felicitarlo. Le hablan, le dicen de todo, pero el tipo no entiende nada.

-“¡Ganamos, ganamos!”, le grita uno mientras le agarra y le agita la cabeza. “¡Ganamos”!.

-“Sí. Ganamos”.

El arquero, el arquero era yo.