Carta Para Nadie I

En la vorágine de emociones y sentimientos que me pasan de día a día, entre canción y canción, en ocasiones me descubro escribiendo cosas como la que leerán a continuación. Cansado de escribirlas en el aire he decidido plasmarlas aquí para inspiración o recreación de usted, mi querido lector. A pesar de lo que usted pueda creer, éstas cartas tienen un destinatario en blanco. O no. Lo dejo a su elección.

Querida mía:

No sé cuanto tiempo ha pasado sin que te haya escrito. Me resulta poco productivo ponerme a contar los días. Entre el trabajo, las ideas y las rutinarias conversaciones con las personas te pienso y te digo cosas. Pero hasta hoy he podido sentarme, tomar mi pluma, buscar el papel y escribirte.

A medida que trato de hallar la forma de encontrarte, me comienzo a envolver en miles de ideas sobre cómo decirte lo que me está pasando. Ninguna de esas palabras, ni habladas ni escritas, ha saciado mis sentimientos ni expresado mis emociones de una forma que me sienta satisfecho. Me he encontrado buscando las palabras más complejas sólo para revirar y darme cuenta que las frases más sencillas son las que mejor me complacen.

Te extraño. Te extraño en cada momento y en cada ocasión en que la vida me lo permite o me lo causa. Te extraño en el café vespertino y te extraño en las risas de aquellas bromas que siempre solíamos hacernos.

Te busco en mis sábanas cada mañana, como queriendo ignorar que anoche tampoco estuviste a mi lado. Te busco en los mismos lugares y en las mismas costumbres. Te busco en el sitio donde ibas a buscar zapatos, donde una ocasión reímos porque distraída tomaste la mano de alguien más que extrañado la quitó de tu palma, y todo por buscar mis brazos cuando estaba a tu espalda. Extraño tus reclamos y los debates sobre la comida en el cine, donde siempre me convencías de rendirme a tus argumentos llenándome de tus besos y caricias. Extraño dormir en tus brazos cuando estaba cansado y extraño tu graciosa manera de comer la crema batida del café, con la cuál siempre me robabas una sonrisa.

En ocasiones me encantaría que estuvieras a mi lado. No siempre es porque recordarte me ponga melancólico. Te he de confesar que he tenido muchos momentos alegres desde la última vez que te escribí. Y el no poder compartirlos contigo me ha generado ansiedad; soy como un contenedor de anécdotas que no las ha podido gritar. Pero estoy seguro que si pudiera contarte los miedos que he vencido y los proyectos que he emprendido, me regalarías la misma sonrisa que siempre me enamoró un poco más.

Espero que tú también tengas mucho que contarme. Y la verdad espero no tener que esperar mucho para saber de todos esos momentos, viajes y desvelos de los que quieras hablarme.

No sé cuando pueda volver a escribirte. Por ahora, te dejo un hasta pronto. O un hasta nunca. O un hasta siempre. Lo dejo a tu elección.

A.