Carta Para Nadie III

En la vorágine de emociones y sentimientos que me pasan de día a día, entre canción y canción, en ocasiones me descubro escribiendo cosas como la que leerán a continuación. Cansado de escribirlas en el aire he decidido plasmarlas aquí para inspiración o recreación de usted, mi querido lector. A pesar de lo que usted pueda creer, éstas cartas tienen un destinatario en blanco. O no. Lo dejo a su elección.

Querida mía:

No sé cómo has estado. Han pasado semanas desde la última ocasión en que me escribiste. Incluso he olvidado la fecha de la última vez que lo hiciste y me contaste sobre la canción que disfrutaste de camino al trabajo o sobre aquella monótona reunión donde mis mensajes eran los únicos que te hacían sonreír.

No sé cómo has estado. Y a pesar de que hayas decidido no escribirme más yo aún te sigo leyendo, te sigo viendo y te sigo escuchando en todos esos pequeños detalles que llenan de suspiros y risas mis días.

Te leo en los planes que hicimos y en los itinerarios que cumplimos. Te leo en el recibo de nuestro primer café que tiene escrito detrás un te quiero. Te leo en tus viejos mensajes de buenos días y en el menú de tu lugar favorito, que siempre revisaste en cada ocasión aunque fueras a ordenar lo mismo. Te busco en mi agenda como si supiera te pudiera llamar de nuevo y te acaricio al abrir aquel libro que solías leer en voz alta.

Te escucho en aquella canción que solíamos cantar juntos y que hoy debo saltar cuando aparece en mi radio. Te escucho en las promesas que los enamorados se hacen al caminar tomados de la mano. Me descubro besando tu cuello al saborear nuestro pastel favorito y escucho el susurro que decías cuando me pedías que no parara de hacerlo.

Te veo en las bocas que me sonríen, en los ojos que me lanzan un guiño, en los labios rojos de la barista que siempre te celó y en el asiento vacío de mi carro, donde disfruto del aroma que dejaste como si fuera pan recién horneado. Todas las mañanas siento tus brazos cuando el agua caliente baja y recorre mi cuerpo y cada noche siento tus caricias en las sábanas cuando para dormir a ellas me entrego.

Si en algún momento del día dejo de encontrarte vengo aquí, a nuestro mismo café de siempre, a embriagarme con todas esas letras, perfumes y besos que un día compartimos para ahora narrarlos al desconocido de turno o a una servilleta que se vuelve el papel de mis historias.

No sé cómo has estado. En ocasiones aún deseo que me escribas una vez más. Que me hables una vez más. Que me beses una vez más. Mientras ese momento llega cariño mío, aquí te entrego mis letras y un hasta pronto. O un hasta nunca. O un hasta siempre. Lo dejo a tu elección.

A.