El amor en los tiempos del ghosteo

Charo MR
Charo MR
Aug 23, 2017 · 8 min read

Desde hace unos meses estoy empezando a notar que, en paralelo a la fascinación por el discurso amoroso, al planteo abierto de que lo nos falta es amor y que solo el amor nos va a salvar, cuando lo tenemos en frente nuestro, salimos corriendo, ghosteamos. Me incluyo y hago un mea culpa.

Tras siglos dedicados al amor romántico, hoy el amor parece abrumarnos, por exceso o falta. Como demuestra la gran cantidad de notas sobre esta forma de dar por terminadas relaciones que quizá ni habían llegado a empezar que podríamos hablar de una ética.

¿Puede ser que nos estemos manejando en la vida offline de la misma forma que lo hacemos en las apps? Si es así, ¿cuál es el riesgo? ¿Por qué nos duele? ¿Qué pasó? ¿Estamos frente a una nueva ética amatoria?

Caía la noche subtropical en Buenos Aires, estaba sentada con mi amiga Clara en un bar en Palermo. Desde hacía días que no sabía nada de una piba con la que estaba saliendo. Nuestro último intercambio había sido dos semanas antes. Yo le había mandado una canción por whatsapp, ella me respondió dos días después con un “estoy complicada”. Pasaron quince días y yo seguía pensando en que la pobre chica estaba en su casa tejiendo mañanitas para atravesar la espera hasta que su ex se decidiera a volver a su casa, a su pareja, a su vida.

-Pero, Charo, ya fue, escribile. El no ya lo tenés.

-No le quiero escribir, quiero que aparezca por mi casa con chocolate.

-Si aparece por tu casa, vas a freakear y llamar a la policía diciendo que tenés una acosadora.

-Es cierto. Le voy a escribir.

Nos fuimos del bar un rato después. Llegué a casa, me metí en la cama. Vi que la chica en cuestión había tuiteado hacía un rato y decidí escribirle. Me expuse. Le dije que no tenía pensando hacer eso pero que ella me gustaba y que, básicamente, seguía esperándola.

Me dormí con How I met your mother de fondo. A la mañana tenía su respuesta. Algo así como que no me había vuelto a escribir porque entendió que las dos estábamos en la misma, que ella está saliendo con otra persona, que podemos ser amigas. Le dije que todo bien, pero que no quería ser su amiga. Solté el teléfono como si hubiera tenido un virus contagioso. Me hice un café con leche y me acordé de que yo misma no le había respondido a otra chica porque me parecía demasiado afectuosa, que me había escrito un día antes.

De ahí salió este tuit:

Varias conocidas y amigas me escribieron en las siguientes horas comentándome experiencias en las que varones cishet les habían dejado de escribir y responder. Una de ellas dijo que odiaba el ghosting pero que luchaba contra su inner ghoster. Mi reacción fue “a mí me pasa lo mismo, ya no se cómo resolver estas situaciones”.

Vamos a traducir, contextualizar y explicar un poco qué es esto del ghosteo y, entonces, por qué creo que es parte de una nueva ética amorosa. Facilitada, entre otras cosas, por las nuevas tecnologías. Específicamente Tinder, Happn y otras aplicaciones de levante.

Hice el siguiente ejercicio: puse “ghosting” en Google Scholar y no apareció prácticamente nada relacionado al mundo sexoafectivo. En el buscador general, en cambio, aparecen notas periodísticas de medios con mayor o menor renombre.

En un artículo publicado en La Nación definen este término como: la “desaparición paulatina de la pareja (hombre o mujer) en una relación de cualquier índole de intensidad, en donde el partenaire va dejando de comunicarse hasta llegar al tan temido ‘bloqueo de WhatsApp’, o en casos extremos, ser borrado de todas las redes sociales en conjunto”

Es decir que esta práctica, tan extendida entre lxs millennials (lxs nacidxs entre 1981 y 2001, según fuentes notables como el Urban Dictionary), es algo así como el vacío que les hacíamos (o nos hacían) a lxs compañerxs que nos caían mal en la primaria. Ignorar al otrx hasta que entienda que no queremos ser su amigx, pero ya siendo adultxs y habiendo, quizá, construido un vínculo sexo-afectivo, íntimo, deseante. Esas cosas lindas que nos gustan hacer consensuadamente entre personas de más de dieciocho años y que implican (¿o implicaban?, he ahí, una de las claves de este artículo) cierto nivel de compromiso con el otrx.

Antes de adentrarnos de lleno en el tema quiero aclarar que no creo que Happn y sus hermanas, sean una cosa siniestra que nos aleja de los vínculos amorosos “reales”. En estos momentos de claustrofilia extendida, tener al alcance del 4G o del Wifi, un casi sin fin de opciones de personas que entran en el rango etario y genérico que te copa, está bueno. Resuelve. Garantiza por lo menos alguien con quien hablar durante un rato. Quizá el punto es que optimizar el levante no sea lo mejor, si lo que queremos es una relación basada en el deseo, la confianza, el diálogo, el acompañamiento. Sin embargo, ¿es muy distinto que conocer a alguien en una fiesta o una reunión política? Al fin y al cabo, cuando yo era chica se decía que si conocías a alguien un boliche, esa relación no podía durar. Una amiga se está por casar con su novio, a quien conoció hace seis años en un after en Recoleta.

Unx podría argumentar que, habiendo una oferta de ocio considerable, teniendo el poder adquisitivo requerido, si te cruzás con alguien en un lugar específico es posible que tengas algo más en común que una simple coordenada tempoespacial. Hola, Bourdieu, estamos hablando de vos. Entonces, no es muy distinto a las apps.

Tinder, por un lado, te conecta de acuerdo a un rango geográfico y etario con personas del o los géneros que elijas, y te cuentas los intereses que compartís con ellxs en Facebook. Happn y Grindr (ésta es exclusiva para varones que buscan varones) te cuenta con quién, dentro del rango etario y genérico seleccionado, te cruzaste, dónde y cuándo.

A esta práctica de elegir pareja potencial por catálogo, sin embargo, le veo algunos problemas. A saber: dejar pasar a aquellas personas que creemos están fuera de nuestro alcance, ¿no es un poco no poder tolerar la frustración de que nos digan que no?. Creo que al ver las fotos y elegir solo en base a eso, también operan decenas de prejuicios estéticos que, si nos viéramos en una fiesta o recital o algo así, podrían no activarse porque veríamos a las personas en contexto, moviéndose, hablando, mirándonos en el mejor de los casos. Y cuando alguien con quien tenías compatibilidad y estabas hablando, te deja de copar, simplemente ponés “cancelar compatibilidad” y listo, no hay más vínculo, volvés a foja cero sin tener ni que avisarle al interlocutorx.

Como decíamos más arriba, es posible que estemos ante una nueva ética. Que comprende también, los inicios de las relaciones mediante las aplicaciones y redes sociales, insisto. No quiero que esto parezca una defensa acérrima de los mejores tiempos pasados. De ninguna manera. Si me dicen que para sostener mi próxima pareja voy a tener que hablar por teléfono como cuando estaba en la secundaria, soy capaz de afiliarme (?) a cualquier convento y hacerme célibe. Pero sí creo que hay que tomar en cuenta que toda esta batería de cosas virtuales nos conecta con el mundo exterior, a la vez que nos genera niveles de ansiedad insostenibles. Luciana Peker hace poco publicó un notón sobre clavar el visto -el hermano mayor del ghosting- y el daño que produce en las relaciones humanas el destrato de no responder un mensaje. Que levante la mano quien no se haya pasado un viaje entero en bondi prendiendo el teléfono y entrando a WA para ver si la persona que le gusta le respondió el mensaje o si el diálogo sigue en ese stand by siniestro de las tildes turquesas.

Cuando el visto se sostiene durante demasiado tiempo (esta medida es muy subjetiva, no puedo hacer trabajo de campo para medir a cuántos minutos u horas o días equivale este exceso en la espera prudencial) empiezan las elucubraciones. Está estudiando. Seguro se quedó dormidx. Se le debe haber terminado la batería. No tiene señal. Debe estar mal por la/el ex. Está en otra. No me quiere. O no me quiere en la misma medida en que yo lx quiero a él/ella. Fui demasiado intensx.

Y ahí, cuando nos damos cuenta de que no es recíproco el deseo o el afecto, y que no es un simple desperfecto técnico el que retrasa la respuesta es cuando empezamos a desesperarnos. Le volvemos a escribir. Tipeamos y borramos mil veces hasta llegar a un “Todo bien?” que nos quema los dedos porque querríamos escribir un capítulo entero de descargo por la preocupación sostenida al principio, que se fue transformando en enojo, en frustración, en tristeza.

Lxs más osadxs quizá hasta llamen por teléfono. Pero sepan, queridxs amigxs, que si no les responden un mensaje, tampoco lxs van a atender.

Entonces, te juntás con amigxs. Ponés en común tu situación de zozobra y ves qué te dicen. Quizá justo conocen a la persona que te clavó el visto y te aclaran el panorama. Pero lo más probable es que te vuelvas a tu casa con mayor angustia e incertidumbre. No estoy exagerando, lxs invito a preguntarle a sus compañerxs de trabajo cómo están con el tema sexoafectivo, van a ver lo en el fondo del mar que estamos.

¿Cuándo se pasa del visto al ghosting? No lo se. ¿Una semana? Supongo que depende de la frecuencia con la que hablaban antes. Esto también quedará para quienes hagan el trabajo de campo correspondiente.

Pero, ¿qué lleva a una persona a no poder enfrentar a otra con la que cogió y quizá, incluso durmió? Pareciera ser que en este contexto necesitamos más confianza para decirle a alguien que no nos gusta que para ir al armario, sacar unas esposas de peluche y atar a nuesrtx amante a la cama. Es sorprendente, pero es lo que sucede.

¿O es que las fotos que te mandás por whatsapp de los imanes que tenés en la heladera no constituyen, al fin y al cabo, un vínculo? ¿Bauman tenía razón y todo lo sólido se desvanece en el aire? ¿No era que la posta de las emociones en el capitalismo salvaje la tenía Eva Illouz?

Lo que conocíamos antes como relación amorosa ya no existe, al menos tendencialmente está dejando de existir, bien. Pero, si coincidimos en que los elementos básicos de un vínculo sexoafectivo son el deseo, el acompañamiento, la confianza, la comunicación, ¿cómo hacemos para hacer epojé, suspender la duda existencial, y poder pasar un sábado a la noche sin ver al otrx con la certeza -en la medida de lo humanamente posible- de que mañana vamos a seguir dentro este vínculo?

Tengo una amiga que idolatra las relaciones lésbicas considerando que hay una base de sororidad que hace que todo conflicto sea menos áspero. El hermoso mundo rosa y de bordes redondeados de las nenas. Pues no. Cuando se trata de cortar vínculos, no hay similitudes genéricas que valgan y te pueden clavar el visto y ghostear como las mejores.

Todo esto me lleva a pensar que esta manera de terminar las relaciones incipientes (y a veces no tanto) es cultural. Está en el aire como una forma de proceder no bien vista pero tampoco condenable del todo -no falta quien dice “bueno, no te sientas mal, si no eran nada”-, para evitarse el mal trago de decirle a otrx que no te gusta. Hasta el famoso no sos vos, soy yo es más válido que el ghosting, porque en los noventa, por lo menos, era con café de por medio. Es como si quisieran saborear el cuerpo del otrx, entrar en su mundo, ir a su cena de pesaj, pero no bancarse la cara de ¿tristeza? al terminar el vínculo. No lo pensaba decir, y espero que si alguien edita esto lo saque, pero si te gusta el durazno, bancate la peluza, amigx.

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    Leo, escribo y ahora dicen que soy socióloga. Disidente. Ya de bebé había una foto de Frida en la cocina. 🏳️‍🌈

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