Heavy love

Pocos días después de saber que Jorge había muerto, un grupo de compañeros de la escuela vino a mi casa. Recuerdo perfectamente qué les dije y todo lo que pasó después. Recuerdo que grité y que inmediatamente sentí la necesidad de llorar pero no lo hice. Se acercaron, la verdad no sé para qué, pero me hizo enojar más y golpeé a uno de ellos. Seguí gritando. El intento perfecto de arreglar los problemas que tiene uno. Y me acuerdo que después de eso me sentí mucho más triste y entonces sí comencé a llorar.
Incluso antes de comenzar a gritar e intentar golpear a todo el mundo sabía que no estaba tratando de arreglar ningún tipo de problema o llevar a cabo una especie de venganza, sólo sentía la necesidad de hacerlo y en ese momento me parecieron las personas adecuadas. Uno siempre piensa que tiene el derecho o incluso la obligación de madrearse a quien le cae mal.
Nunca más fue Jorge su amigo, se convirtió en un guey que seguramente algo hizo para que lo mataran; una persona que seguro no estaba por buen camino. Su golpe me pareció más duro, más cruel.
Han pasado dos meses y todavía no encuentro parte de la realidad. Me parece que todavía está por aquí, bueno según la ley de la conservación de la materia, es cierto; pero no me refiero a eso, me parece que me gustaría tenerlo cerca de una forma más física, más real si se pudiera. Nunca será suficiente. Temo que algún día pueda olvidarme de su voz y de la forma en que cambiaba al cantar. Me acuerdo perfecto de su risa y temo que se conviertan en notas inconexas y ya no me digan nada.
Me da tristeza aceptar que todos los días escucho una torpe canción que grabó en su celular y decidió llamar con mi nombre. Y la canción lo contiene todo: su voz, su risa, los estúpidos sonidos que hacía con su boca para darse ritmo, mi risa.
Que siempre habrá días más fáciles que otros, es cierto. La misma parte de mí que no quiere olvidarlo todo, también quisiera desprenderse del dolor cuando piensa en él.
