“La idea es sacarlos un poco de lo que ven en el barrio”

Gabriel Henriquez, 27 años, nació en Choele Choel, y llegó a Fisque Menuco entrando a la segunda década de su vida. Criado en las calles de la ciudad donde conoció las necesidades de los barrios y aprendió a transformar con su propio espíritu la realidad que lo rodea, formó con mucho esfuerzo un espacio de contención para los jóvenes de su barrio y los cercanos. Tres veces por semana, mas de 30 chicos y chicas de entre 6 y 12 años, se juntan en la canchita de Río Negro y Cuba con la excusa de aprender a jugar al fútbol y cumplir su sueño de ser Messi o Cristiano, pero la misión de Gabriel va más allá.

El comienzo de la escuela fue en septiembre del 2016, y desde ese mes, no paro de crecer. “Tenía un taller de guitarra, y uno de apoyo escolar. Perdimos el lugar, y empecé casa por casa, buscando a los chicos para venir. Hoy tenemos esto, y lo cuidamos” dijo Gabriel, mientras iba saludando a quienes se le acercaban y le demostraban respeto y cariño.

El proyecto nace del cariño de Gabriel por el barrio “Las 500” que lo acogió cuando llegó a la ciudad con la intención de estudiar para convertirse en docente y de su militancia política, surgida de la generació que vivo los estragos de las políticas neoliberales en los barrios y del espíritu renovado de los jóvenes de querer transformar esta realidad que floreció en la gobierno anterior, y que hoy, en pleno resurgimiento de esas políticas nefastas que desembocaron en la crisis del 2001, se vuelven más valiosas aun.

Todo empezó con una pelota pinchada, y algunos conos. “De a poco fuimos haciéndonos de elementos. El municipio a veces nos da las sobras, pero nos esforzamos” contó orgulloso Gabriel, que hoy trabaja junto con otro profesor, y puede mantener las dos categorías en las canchas.

“Aca buscamos que aprendan valores, a respetar, a que puedan salir un poco la realidad del dia a dia que viven en el barrio” comentó Gabriel, sin sacarle un ojo de encima a los chicos y las chicas que corren detrás de una pelota en una cancha de tierra dura como la realidad. “Los fines de semana queremos que se diviertan, no que ganen” añadió.

Los objetivos de la escuela son claros, y están a años luz de lo que muchos inculcan. “Le pedimos los boletines, si vienen mal en el colegio le pedimos que mejoren las notas o no entrenan. Si pasa una chica por la calle y le gritan cosas, también los retamos. Tratamos que se respeten entre ellos, nada de apodos o insultos. Sabemos que son cosas que están y vienen de afuera, pero desde acá queremos cambiar esto” continuó el profesor.

Sostenido en un financiamiento colectivo, el club no tiene cuota, ni recibe aportes gubernamentales. “Todos los meses organizamos ventas de pastas o empanadas. Los padres mismo lo están haciendo” sostuvo Gabriel, y agregó “además de jugar, estuvimos limpiando el canal de riego, y tenemos el proyecto de poner hamacas devuelta en la plaza, que lo hagan ellos, asi aprenden a quererlo”.

En cada palabra que dice, Gabriel se muestra confiado y se le infla el pecho por los pequeños logros y cambios que hace con los chicos. “Estan aca, jugando, y no conviviendo con lo que pasa en el barrio. Eso es fundamental, son un par de horas al dia, pero cuentan”.

Ya con el silbato en mano y los conos sobre la tierra, de una cancha que no tendrá las dimensiones del Camp Nou, o el césped del Santiago Bernabéu, pero cuenta con 30 jóvenes que clase a clase van aprendiendo valores, respeto y saliendo de una realidad, con el apoyo de un profesor dispuesto a poner eso por encima de cualquier resultado.

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