La vida de los otros

Cuentos y relatos

A Robert le apasionaba –a veces incluso le obsesionaba– el cine. En su cabeza había comedia, mucha comedia. Pero también acción, aventura, suspense y algún que otro drama. Aquella mañana primaveral, delante del espejo del cuarto de baño, trató de colocarse el flequillo como John Travolta. ¡Cómo le gustaría parecerse al protagonista de Grease! Pero al final se arrepintió. Robert se dio cuenta de que le quedaba bastante ridículo. Así que se revolvió el pelo con los dedos y dejó que el flequillo cayera por su frente, como el chico tímido, inocente y acobardado que es. Cuando su apariencia volvió a ser la de siempre, se miró a los ojos en el espejo y, sin venir a cuento, puso su mejor mirada de desquiciado. Serio, pero con una media sonrisa inquietante en su rostro, empezó a hablarle a su propio reflejo con aires chulescos:

– ¿Me lo –dices a mi? Dime tío… ¿Es a mí? ¿Entonces a quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién puñetas crees que estás hablando?

Después de este diálogo desquiciante consigo mismo, empuñó la mano como si fuera un revolver y apuntó con desafío a la cabeza que veía en el espejo. Cuando el reloj del salón tocó diez campanadas, se dio cuenta de que tenía que dejarse de tonterías, que llegaba tarde al trabajo. Así que abrió el grifo, dejó correr el agua bien fría, se quitó las legañas y salió corriendo de casa. En el pasillo se encontró a un vecino y le saludó, como todos los días, con una sonrisa de oreja a oreja, arqueando su cuerpo delgaducho hacia la derecha: “Buenos días, Eustaquio. Y si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches”.

Aunque apenas tenía veinte años, la edad de comerse el mundo y a muchas chicas, la película de Robert era bastante aburrida. Transcurría en el videoclub medio quebrado de su padre, que abría a las diez y media de la mañana y cerraba a la medianoche. Él era el único dependiente y pasaba las jornadas prácticamente solo, recomendando cintas a los viejos curiosos que aún no habían descubierto internet, los mismos que miraban con el rabillo del ojo la sección erótica. En el videoclub Robert se dedicaba, básicamente, a vivir la vida de los otros –el título de una película de espías–. Aunque Robert soñaba con tener un guión propio palpitante –con escenas de amor, de ciencia ficción y de intriga– no se atrevía a dejar el videoclub y empezar a vivir en el mundo real. Hasta que su padre no echara el cerrojo al negocio estaba condenado a quedarse allí, malviviendo con un salario de mierda: “¡En realidad, esto es vida! ¡Ver películas todo el día es una gozada!”, se consolaba mientras buscaba alguna cinta que aún no hubiera visto, una “misión imposible” porque se las había tragado prácticamente todas. Se sabía hasta los diálogos de memoria.

Robert, el chico que imitaba esa misma mañana a su tocayo De Niro en Taxi Driver mientras se miraba en al espejo, se sintió hastiado. Le entraron las mismas ganas de llorar que cuando se acercan los créditos de una película en la que uno de los protagonistas, como el señor Kowalski en Gran Torino, muere. Pero ese día a Robert le cambiaría la vida. Mientras se encontraba sentado en la silla giratoria del mostrador del videoclub, aburrido y dando vueltas sobre su propio eje, se le presentó, de repente, el clímax de su película cuando vio entrar a una chica preciosa de su edad. Sus ojos, con un diámetro de 35 milímetros, le escrutaron. La joven entró a cámara lenta en la tienda y Robert aprovechó para rebuscar en su memoria piropos de actores galanes. Quería conquistarla como un auténtico casanova: “¡Ésta es la mía! ¡Ahora o nunca!”, se dijo entonando como un actor de doblaje una voz en off. Se imaginó que la chica que atravesaba la puerta, a cámara lenta, muy lenta, era Julia Robert. Tenía una sonrisa grande, de caballo, como la protagonista de Pretty Woman. ¡No! ¡Mejor! En realidad era Marilyn porque tenía una peca en la mejilla izquierda. ¡O mejor! Sienna Miller porque sus pechos eran pequeños. Pero también tenía los labios carnosos como Scarlett… ¿Y a quién le recordaban esos ojos con forma de limón? Ya está, era Audrey Hepburn. ¿O no?

Cuando dejó de buscar una actriz a la que se pareciera su nuevo amor platónico, saltó por encima de la mesa del videoclub para buscarla. Pero era demasiado tarde, en la vida real el tren nunca espera, no permite recrearse tanto como en el cine. La chica se esfumó mientras él intentaba construir el guión perfecto. Esa misma tarde, mientras veía por décima vez El Show de Truman, Robert no conseguía quitársela de la cabeza. Sólo pensaba en aquella chica que había aparecido, y desaparecido, en el videoclub. Y cogiendo revistas antiguas que tenía apiladas en el desván, comenzó a construir un retrato robot. “Si es necesario la buscaré durante tres años, como en Desaparecida”, se prometió. En las páginas plastificadas de las revistas buscó sus ojos, su peca, su nariz, su cabellera castaña y rizada y trata de comenzar un puzzle. Pero no era tan fácil como creía. La chica era irrepetible, auténtica.

Aquella misma tarde, mientras seguía revisando piropos de cine en algunas películas clásicas, vio de nuevo a la joven de la que se había enamorado a través de la cristalera del videoclub, paseando despistada por la calle. ¡Tenía una segunda oportunidad! Así que pegó un brinco, colgó en la puerta el cartel “Vuelvo en diez minutos” y se plantó delante de ella. “Estás maravillosa, si me permites que te lo diga. Tan maravillosa que cualquier hombre al verte saldría corriendo de alegría”, le dijo imitando otra vez a Klint Eastwood, esta vez en Los puentes de Madison. Pero no se quedó ahí: “Además, cuando respiras, mi corazón baila”, dijo Robert nervioso y mirando un papel que sacó de su bolsillo para recordar el diálogo que había apuntado mientras veía un fragmento de Los ojos púrpuras del Cairo. Por último, mientras la chica le observaba con cara de pánico, le recitó, poniendo una voz impostada que no le pegaba, una sentencia lapidaria de Un lugar en el sol: “Te quiero. Te quise desde el primer momento que te vi. Te quise incluso antes de verte por primera vez”. Cuando cerró los ojos para que la chica le besara –como en las telenovelas más cursis– se dio cuenta de que algo no había funcionado. La chica había salido corriendo, despavorida. Se volvió cabizbajo y con las mejillas sonrojadas a la tienda pensando que, por primera vez en la vida, debería haber sido él mismo, sin tanta impostura cinematrográfica.

Al poco rato se hizo de noche y decidió cerrar la tienda antes de tiempo. Se plantó delante de los niños avispados que se habían colado en el videoclub para ver, dando saltitos, las carátulas de las películas picaronas del último estante y poniéndoles una cara impasible, mientras les apuntaba con el dedo índice estirado a la cabeza, les dijo haciéndose el interesante: “Sayonara, baby”. Cuando se quedó sólo en el videoclub, a la vez que apagaba las luces, tomó una decisión irreversible: había llegado el momento de que dejara de vivir la vida de los otros. Aunque no cantara bajo la lluvia como Gene Kelly y no fuera a estar nunca en la proa del Titanic con su amada como Jack y Rose, su vida también podía pasar de ser una serie monótona a una obra maestra del cine. El guión estaba en sus manos. Esa misma noche, cuando llegó a casa, le dijo a su padre que se buscara otro dependiente, metió unas cuantas cosas en su mochila y, sin pensarlo dos veces, se escapó a la estación de tren, donde cogería el primer billete que le permitiera vivir su propia aventura, sin ataduras. En aquella escena, montado en un vagón sin destino fijo, su película, el guión de su vida, se hizo más interesante que nunca.

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Categorías:Cuentos y relatos

Tagged as: amor, cine, película, videoclub


Originally published at calixtorivero.com on March 21, 2015.

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