27_Esperando a Isabel
~ 100 Cuentos de pampa, amor y muerte ~

camanchaca
Sep 6, 2018 · 10 min read

Tocopilla, enero de 1991

Encaramado entre los cerros de Tocopilla, al borde del mar, se encontraba Tocopilla, El cajón del Diablo en lengua indígena. Un lugar al sur del infierno donde había una hostería. Esa Hostería era el lugar donde los hijos y trabajadores de Codelco Chuquicamata (en ese orden), iban a relajarse con sus pares un par de días o semanas. El tiempo que te tocaba dependía siempre del cupo que tuviese tu padre versus el padre de tu otro amigo. Todos pasábamos cómodamente el verano, aperados con los últimos regalos navideños que íbamos a mostrarnos entre nosotros para certificar que teníamos todo lo que queríamos y que por lo tanto éramos felices así que debíamos relajarnos.

La hostería era una imponente construcción hotelera de dos pisos. Enorme. Con el antejardín más grande de la ciudad y pinos podados como cubos que daban a la calle. Detrás había una serie de cabañas que delimitaban el perímetro de un jardín interior que a su vez conducía a una playa privada de arenas blancas bordeado por rocas, inaccesible desde el mar. Un lugar privilegiado al que sólo accedían roles A y los viejos Gold. Gente imprescindible para la compañía, la sociedad civil de elite más avanzada de latinoamérica en la época. Cuando se trataba de veranear reservabas tu puesto más pronto que tarde en la hostería o perdías tu lado y se tambaleaba la vida social. En el Cajón del Diablo la vida social terminaba de transarse en la Hostería.

Cuando no alcanzabas a reservar en la Hostería, Codelco contaba con una segunda casa de descanso (mucho más aburrida y de un sólo nivel) enclavada un par de cuadras más al norte, entre unas piedras negruzcas. Ahí se cambiaba la vista al mar por la piedra del camello, una vieja piedra mal cortada con dudosa forma animal, que se arrastraba desde el farellón que lo originaba al fondo del mar hasta el borde de un camino mal pavimentado. Un accidentado símbolo turístico del pequeño enclave minero encaramado entre esos cerros pelados al borde de la costa.

Llegar desde la casa de descanso a la hostería equivalía a ser tratado como invitado de piedra, incluso si sólo pasabas a almorzar. El desprecio de quienes estaban dentro de la Hostería no se hacía esperar ¿Gente nueva? atroz! O peor aún, el invitado de alguien… pero como aún así era gente Codelco, tocaba tolerarla durante el almuerzo y hacer la vista gorda recién cuando servían el helado de postre. Antes de ir a echarte a los jardines con 3 cms rigurosos de pasto y libres de trébol, a esperar media hora antes de meterte al mar junto a otros hijos de terratenientes, mientras sorbeteabas una caricia sin licor entre caras orgullosas quemadas por el sol. En ese momento éramos todos igualmente caprichosos por un rato.

En la Hostería nada se transaba con dinero en efectivo. Una firma te daba acceso a todos los manjares de la época: el salón de pool, el bar, restaurante a la carta, atención a las piezas o las cabañas, atención del bar hasta la playa privada 24x7 donde sólo los hijos de Codelco podían instalarse y pedir si querían un pisco sour mientras los cangrejos limpiaban la playa.

Todo esto antes de que un gobierno socialista liberara el acceso público a todas las playas y con ello desatara el pánico y el menosprecio social de los hijos del cobre, que dio un rápido paso consecuente a la decadencia. Su apertura pública como establecimiento privado significó el correspondiente juicio público de los vacacionistas que optaron definitivamente por playas despejadas más al norte sin esa gente, como Punta Cana o Miami.

En esa época, los hijos de esos papás, éramos herederos naturales de sus derechos y ejercíamos el clasismo a diestra y siniestra. Fuimos criados así. Nos fluía natural y salvaje. Bastaba que un amigo te presentara una chica para que te advirtiese “es hija de” o “su papá trabaja en” o “es de esta villa”. Una alerta sutil para que supieses que no era de las cunas sobre la que era bien visto relacionarse, pero que había una aprobación social para que salieras con alguien. Uno debía buscar las relaciones más convenientes, que por supuesto, eran la gente del mismo chuqui. Se hacían excepciones excepcionalmente excepcionales con algunos calameños de ciertas villas, no cualquiera. Así y todo jamás hubo un problema. Todos conocían su lugar.

En esos años si eras hijo de Codelco podías invitar gente “de afuera”, aunque el reglamento (impreso en todos lados) decía que debían mantenerse en presencia de un Codelco todo el tiempo o eran considerados invasores e invitados a desalojar el recinto ipso facto.

Ocurría lo mismo con la playa donde todos bajaban a dejar las toallas en la mañana cuando iban por un chapuzón matinal. Las encontrabas luego en el mismo lugar cuando volvías del almuerzo y lo único que perturbaba la burbuja eran las miradas indiscretas de tocopillanos de a pie que se asomaban por una gran muralla de concreto que marcaba el límite al norte de la playa y los que se asomaban desde los roqueríos al sur por el lado del galeón pirata abandonado en la tierra. Un precio más esforzado por ser testigo de las delicias reservadas para los hijos del viento y el cobre.

El Galeón abandonado que existía al borde de la playa, en esa época puso un barman y un heladero en la cubierta porque why not, this is Codelco. Luego lo desocuparon y se convirtió en un barco privado para citas adolescentes nocturnas frente al mar donde las ocurrían los primeros besos y las primeras corridas de mano. Todo bajo la seguridad de un guardia privado que cuidaba el perímetro y hacía rondas 600 metros más allá.

Mirando hacia el mar, La Hostería tenía al final de su playa privada un roquerío y un rompeolas que cerraba y controlaba el acceso de la cantidad de agua que entraba a la playa. Si eras choro podías cruzar corriendo por sobre las piedras de un lado de la playa al otro entre las jaibas y los erizos sin mojarte con el mar. Un truco que siempre impresionaba a las hijas de otros roles A que veían en esa proeza una certificación de machoalfismo digno de ser el hijo de tu padre o madre.

Para un adolescente como yo, el rompeolas más alá del Galeón abandonado era el lugar favorito de toda la hostería. Un lugar dramático que serpenteaba adentrándose al mar y que se detenía abruptamente en grandes rocas encaramadas que daban paso al mar y su rompiente.Podías ver los ciclos de las mareas subiendo y bajando alegres y mantenerte a salvo de la traición de las olas mientras las jaibas pululaban más abajo. Aparecían de tiempo en tiempo pingüinos, pejesapos, chungungos y medusas sobre las que teníamos derecho a tirar piedras si se nos antojaba también. Nada estaba a salvo de nuestro derecho a pisotear el mundo cuando se nos antojara. Era lo que se esperaba de nosotros y a lo que se nos empujaba. Devórate el mundo que ya lo compramos.

La Hostería era un lugar con muchos secretos de todo tipo. la sociedad daba rienda suelta a las ganas de lo que fuese y las cambiaditas de pieza en la noche entre los adolescentes eran pan de día a día. Los padres más afortunados salían de un fin de semana en la Hostería con un nuevo prospecto de yerno bien ubicado o una nuera relacionada con alguna dirección de algún area de trabajo. Así se cerraban las relaciones sociales que luego se extendían al Chilex o el Colegio, con un Win Win.

En ese enclave nada quedaba oculto. Afortunadamente pocos sabían que detrás de ese roquerío y desde la punta del rompeolas, podías caminar peligrosamente bordeando el mar hacia el lado sur (y salir caminando 200 metros más allá cerca de un local de entretenimiento nocturno). Y que en ese trayecto existía una piedra ancha que te permitía sentarte y quedar escondido a la vista de la hostería protegido a la espalda por el murallón de rocas de las miradas de toda la playa, un lugar privilegiado frente a la inmensidad del mar, las puestas de sol y el cielo desértico.

Dentro de esta sociedad aletargada, era muy difícil sentirte conmovido o incluso preocupado por algo. Lo teníamos todo, entonces no existía nada. Esta es una de las capas más difíciles de sacudirse de encima una vez que abandonabas la burbuja chuquicamatina para trabajar o estudiar afuera como nos tocó a todos mas tarde.

Una tarde de ese verano, mientras mis amigos flotaban en sus botes inflables vandalizando erizos y estrellas de mar, saltaba yo entre las rocas con 13 años buscando cangrejos para apedrear y crucé el límite natural que llevaba a esa roca salida cuando me encontré con una aparición… En esa roca, sentada mirando al mar, había una mujer, mayor, pantalones claros, blusa de gasa y un pañuelo que en la época me pareció suficientemente largo como para quedar enganchado en una roca y desnucarse. No parecía una de nosotros. Pero tampoco una de los otros.

Extrañado frente a esta visión fuera de todo límite, le di la mirada de hijo de Codelco para que desocupara mi roca exclusiva frente al mar pero no surtió efecto… claramente no era de ahí. La mujer me sostuvo la mirada y me dijo “crío, ven aquí”, la miré insolente. Ella me miró de arriba abajo, dudó un momento y cambió de estrategia, me miró dulce… y me hizo una seña de acercamiento con su mano “acompáñame” me dijo haciéndome lado en la piedra con unos golpes.

Me senté a su lado.
- Eres de chuqui cierto?
- Obvio — le dije con caracho amargo.
- Conozco chuqui y su gente — me dijo ella — es un lugar de trabajadores muy valientes y esforzados.
Yo la miraba con mi cara de “cuéntame una nueva”, “como si supieras de lo que hablas”, “mi colegio es campeón del simce” y “ojalá no me vea ningún amigo” forzándola a irse.

Pero no se fue.

Al contrario, siguió conversándome más animada y me fue envolviendo en su verborrea.
Me habló de cómo las cosas cambian y lo importante que es el tiempo sobre esas cosas “el tiempo descascara los momentos, uno lo ve después” me dijo en algún punto de la conversación. Me contó que a veces visitaba también Tocopilla y que esa era su roca desde hacía mucho antes que fuese mía.
Me contó también que iba a esa piedra secreta a veces a pensar, que le hablaba al mar, a los peces, a las gaviotas, a los chungungos, a las lagartijas y a los cangrejos que estaba apedreando. Que había visto embarcaciones pequeñas con luces que luego no estaban de manera inexplicable, evidentes fantasmas de marinos tragados hacía siglos por el pacífico que volvían por la recompensa de un tesoro olvidado. Me conversó de todo y de nada, que tuvo un familiar importante, yo a ratos me iba de la conversación y volvía cuando me estaba hablando de otra cosa, aburrido con la lata, desconectado. Y sin embargo enganchado con su voz.

Pasó el tiempo y se empezó a poner el sol.

Este momento — me dijo mirando al mar mientras el sol se ponía rojizo y tiritaba en el horizonte — es un momento sagrado, es la hora de los espíritus… los espíritus viven en las cosas que uno desea… por eso vengo aquí y escucho como el mar me cuenta historias.
- Yo prefiero las estrellas fugaces — dije burlón.
Sonrió incompleta de vuelta y yo me arrepentí de mi comentario.
Se ponía el sol y salía la luna por el mismo horizonte, ella seguía hablando…
- Las cosas que importan, no son las que tienes, no es lo que tus papás tienen, eso es un accidente que no te vuelve tú… las cosas que importan son las que uno quiere, pero con el corazón, como querer cuidar a una persona. Qué quieres tu en tu corazón? Qué quieres hacer cuando seas grande? Qué te hace feliz?…
- No se — le dije pensando que era una pregunta de mierda, en verdad no lo sabía todavía, ni creo que lo sepa hoy con claridad — me gustan los animales, me gusta pintar, me gusta escribir y me gusta la música.
Ella soltó una carcajada
- Tienes corazón! — rió coqueta mientras me hundía un poco en mi propia estupidez y humillación.
Yo miré al horizonte sintiendo que me lo merecía, pensé rápido y le declaré serio “Voy a cuidar perros”.
- Eso — dijo abriendo los ojos amenazante — es una tarea muy grande, hay muchos perros que querer, poco tiempo para elegir… tienes que ofrecerle tu de vuelta algo al universo para que eso que quieres cobre vida. Las cosas que queremos se van entretejiendo con la realidad.
- Como un conjuro — dije básico — debes ser una bruja.
- Si… esta es una libreta de conjuros — me dijo satisfecha acariciando la libreta e ignorando mi estupidez.
La mire intrigado… veía borrones, palabras sueltas, líneas incompletas y dibujos mal hechos.
- Y estás escribiendo algún conjuro ahora? — dije con sorna
- Si… — susurró misteriosa mirando el último cacho de sol sumergirse en el mar — esta es la época en la que escribo.

Comenzó a soplar el viento y a subir la marea. El mar anunciaba la noche y nos salpicaba cada vez más seguido mientras humedecía las rocas.
Por alguna razón, pensé en tomarle la mano, pero sólo tenía dudas. Me arrepentí. Quién era esa mujer de todas formas para que me preocupara qué pensaba. Como el frío del desierto no permite dudas, ambos debíamos irnos.

Me levanté e intenté ayudarla, ella se levantó sin mi mano, con agilidad y elegancia.
- La próxima vez, debes ser un caballero desde el principio… Uno nunca sabe la forma que toman las cosas que queremos… — me reprochó — cuál es tu nombre? No es importante, pero debemos intercambiar nuestros nombres por cortesía.
- Jaime… de chuqui.
- Mucho gusto, yo soy Isabel. Escritora.
- Y qué libros escribes?
- Libros que pensé que eran importantes sólo para mi, pero que le gustan a la gente. Eso me hace sentir muy afortunada, hay uno que quizás conoces… De Amor y de Sombras, lo conoces?
- No — dije dudando porque me sonaba algo.
- y los cuentos de Eva Luna?
- Eva?…
- Quizás lo tiene tu madre… — me remató levantándome las cejas.
Obvio, lo tenía mi madre bajo el velador. Imbécil.
Sentí que algo se quebraba, me mordí la lengua y quise tirarme al mar.
Pero el guardia no me veía desde ahí y no podría salvarme.

Entendí finalmente quién estaba al frente mío mirándome con pena, a través de todo eso que yo no era.
- Busca a tus perros y cuídalos… — Sentenció.

Nos despedimos en la oscuridad. Nos fuimos por caminos separados en silencio.
Ella hacia el sur con su pañuelo largo al viento, yo hacia el norte de vuelta a un lugar que luego sería devorado por los tiempos.

La noche fue inquieta y angustiosa en algunos puntos.
Decidí en la madrugada darle a esa mujer una segunda oportunidad de saber quién era yo realmente. Volví puntual al atardecer a nuestra roca al día siguiente… Y todas las tardes del resto del verano.

Isabel no volvió más.

camanchaca

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