36_Los hijos del viento, el sol y el cobre.
~ 100 Cuentos de pampa, amor y muerte ~

camanchaca
Sep 6, 2018 · 9 min read

Comenzaba a ponerse el sol y a soplar el viento.

Tomamos pisco puro una vez más hasta acabar la cuarta botella, luego, como mandaba el ritual gritamos y le metimos una moneda para golpearla contra el suelo hasta quebrarle el borde del poto y hacer un pequeño agujero por donde entraba justo un porro que fumamos ansiosos entre todos en esa caverna superior de 3 viejos piques mineros conocidos como La Cueva del Pirata.

La cueva del Pirata quedaba justo al costado y debajo de un cerro con una gran cruz de una antigua secta cristiana local, y fue generada violentamente por una gran prospección minera abandonada a principios de 1900 sobre la cual se comenzaron a hacer 3 piques que nunca acabaron. Mucha gente murió visitando ese lugar y existían innumerables formas de salir herido. Si bajabas caminando desde la punta del cerro donde estaba la cruz hacia la cueva te encontrabas con un borde en pendiente muy acentuado que luego se acentuaba más sobre una superficie dura y lisa cubierta de piedrilla sin agarres cercanos que acababa violentamente y te dejaba caer al vacío unos 25 metros directo a las rocas, justo al lado de 5 animitas con diferentes fechas y flores secas decoloradas por el sol. La alternativa era un acceso inferior rodeando la base del cerro que ofrecía a sus visitantes una panorámica estremecedora… Ahi en la mitad del desierto y con las faenas mineras de fondo, podías ver dibujada en la roca cortada de cuajo 3 cuevas que asemejaban una enorme calavera fantasmal gritando contra el viento, esculpida en piedra viva y afilada por años de viento violento y cambios de temperatura que resquebrajaban toda su superficie como una torta mil hojas.

La Cueva del Pirata tenía una gran boca y dos ojos:
La primera gran cueva de abajo asemejaba un grito de piedra. Una gran boca fantasmal en agonía con una profundidad de unos 50 metros donde entraba todo el mundo. Era frecuentemente usada de baño y como hoyo motelero al aire libre de citas adolescentes urgentes o perros callejeros en celo. Lo más parecido a un basural abandonado con restos de diarios quemados por el sol, cartas, documentos semi quemados, ropa y animales muertos momificados por el desierto.

Luego venía el ojo derecho, una cueva situada 3 metros arriba del suelo, accesible por menos gente pero aún a mano del público, con unos 5 o 6 metros de profundidad y gran espacio para, bueno, echarte en la piedra y mirar los cerros pelados si esa era tu motivación.

Y finalmente… la cueva superior del ojo izquierdo. Esta era la complicada y peligrosa. Quedaba aún más arriba que el ojo derecho, y para llegar tenías que tomar impulso desde el borde de la entrada del ojo derecho para saltar y aterrizar en una cornisa a contra-ángulo cubierta de una traicionera piedrilla, arriesgando resbalar y caer al vacío sobre rocas afiladas como cuchillos 9 metros más abajo sin posibilidades de ser asistido de manera inmediata y a lo menos 6 km lejos del hospital más cercano en una época sin teléfonos celulares.

Sólo un idiota irresponsable con desprecio absoluto por su propia vida trataría de alcanzar esa cueva.

Nosotros éramos 9 idiotas.

Terminamos el porro angustiados, nos pusimos las máscaras que permitían ver nuestros ojos inyectados, eufóricos, el viento levantaba nuestras capas y desordenaba nuestro pelo de largo colegial inadecuado. Todos aperados con bolsas de basura negras cargadas con huevos, harina, piedras, bolitas, pernos, pasta de dientes, jabón seco, bats de baseball, fósforos, latas de spray y frutas podridas que antes habíamos robado de nuestros propios hogares.

Aullaba el viento, aullábamos nosotros.
Saltamos fuera de la cueva. Nuestras sombras se alargaban desparramadas sobre el cerro mientras bajábamos gritando con el sol poniéndose detrás, antes de azotar la primera Villa.

La primera villa por costumbre era una villa de transición, identificábamos otros grupos de vampiros, fantasmas acompañados por sus papás y vampiresas aquelarreando previas en los juegos metálicos con sus amigas. Todos nos evitaban. Nos ladraban los perros. En el recorrido asaltábamos a los duendes más jóvenes que se nos cruzaban y perseguíamos y acosábamos a grupos de otros monstruos ladrones de dulces que se nos adelantaran sumando a veces fantasmas enveltos en sábanas que se volvían aliados por una villa o más y que nos acompañaban de manera anónima hasta desaparecer en silencio.

Halloween era más popular que la navidad en Chuquicamata. Nuestros padres no lo sabían, pero existían dos tipos de Halloweens. Estaba el Halloween familiar que partía después de almuerzo, temprano. Salían los niños a pedir dulces, entraban a casas ambientadas con la celebración donde las mismas familias te recibían y ofrecían dulces en una performance colectiva que incluía recorridos por casas del terror con sonido ambiente y participantes de otras familias integrados imitando zombies, vampiros y demonios, todo un ritual social seguido de 6 o 7 horas donde todos los años se elegía la casa más entretenida para reconocer el primer lunes de vuelta a clases con orgullo colegial… Y luego el Halloween que no veían nuestros padres.

Y aquí venía la diversión…
Vandalizábamos todo.

Y me refiero a todo…

Villa por villa.

Calle por calle.

Edificio de empleados por edificio de empleados.

Castigando a los que no dejaban ofrenda de dulces para nuestras almas, a los que dejaban un poquito y a los que dejaban mucho, porque había que ser justos y castigarlos a todos de todas maneras.

No perdonábamos nada.

Si no nos abrían una puerta la rayábamos con pasta de dientes y la cubríamos de docenas de huevos. Si era la casa de alguien que conocíamos, metíamos fósforos y los quebrábamos en cada cerradura. Si llegábamos a la casa de un profesor odiado, agarrábamos el auto entre los 9, lo levantábamos y lo dejábamos atravesado en el jardín de la casa. Y si en el recorrido pasábamos por la calle o villa de alguna familia del grupo, cruzábamos el umbral y los monstruos nos transformábamos automáticamente en nuestras versiones de niños bien que todas las familias conocían de toda la vida.

Saludábamos de beso en la mejilla y cariño a los hermanos chicos frente a madres que nos miraban dulces y orgullosas de la buena crianza de la gente de la compañía. Al fin una sociedad sin delincuentes. Y mientras 7 saludaban y se comían un pan con jamón ahumado, otros 2 asaltaban la despensa y robaban bandejas de huevos para recargar al grupo mientras las hermanas mayores nos retocaban el maquillaje y las madres nos hacían prometer que íbamos a cuidarnos y volver temprano.

Nuestras promesas eran un chiste: “Obvio tía volvemos temprano”, “nos va a ir a buscar mi mamá y nos trae de vuelta, ud duerma tranquila”, “si, nos vamos a quedar en mi casa, tengo sacos de dormir y ya pedí permiso, obvio que está mi familia”, “Su hija? Si, mis papás la invitaron, no se preocupe, duerme en la pieza de mi hermana”, “alcohol? no tomo tía, es para perdedores y comunistas”, “bajar a calama? por ninguna razón, no tenemos licencia para conducir y es una ciudad llena de malvivientes”.

Las mentiras variaban de acuerdo a la casa que visitábamos. Llevábamos una vida entera cubriéndonos entre nosotros mismos. Nos podrían haber careado criminalmente a todos al mismo tiempo por separado y habríamos mentido de manera coordinada sin ningún problema. Jamás un padre llamó a otro para confirmar una historia porque sencillamente no éramos ese tipo de gente. ¿Porqué iban a dudar? Aún recuerdo las miradas de complicidad que nos dábamos cuando un padre creía una historia, cualquiera, de todas las que inventábamos mirándolos a la cara día a día para seguir viviendo en impunidad. 18 años nos salimos con la nuestra.

No teníamos una vida paralela. Teníamos muchas.

Coordinadas, sincronizadas e integradas a las otras vidas de nosotros mismos, funcionábamos como un organismo de maldad más que individualidades y éramos los mejores cubriendo nuestras propias huellas.

Terminábamos la visita política familiar y se cerraba la pasada por una casa. Nos despedíamos de beso en la mejilla con la dueña de casa y volvíamos a las máscaras y el recorrido… Tocábamos timbres al azar y dejábamos bolsas de papel con caca de perro en llamas para que quien respondiese el timbre la apagara a pisotones y se enmierdara, escuchábamos sus puteadas desde lejos escondidos entre los matorrales de otras casas mientras los perros le ladraban a la oscuridad y el silencio. Si la casa tenía pasto le dibujábamos un pico del porte del jardín con cal viva para que el dibujo le durara una temporada completa y no olvidara prepararse para el año que venía. Si el año que venía dejaba una ofrenda de dulces a mano, igual le dibujábamos otro pico enorme y peludo con cal de nuevo porque ¿Qué se creían que nos iba a comprar con dulces? Si la casa estaba sin habitantes agarrábamos la manguera, la metíamos por debajo de la puerta y abríamos el agua porque why not, el mundo era nuestro. Y cada 1 o 2 horas para evitar a la policía industrial visitábamos la periferia en moto y le prendíamos fuego a piras de muebles desocupados para mantener ocupados y a raya a toda la policía industrial.

Las veces que un guardia nos ubicaba y nos perseguía sencillamente corríamos a otra villa, saltábamos al patio de una casa y éramos libres de nuevo. Conocíamos todos esos lugares como la palma de nuestras manos… Habíamos tomado once el día anterior con toda la familia. Habíamos ayudado a criar a ese perro cuando tenía 2 meses y nos movía la cola cuando aterrizábamos en algún patio…

Nadie jamás se atrevería a levantar una acusación infundada contra ninguno de nosotros.

Y cuando los que nos perseguían eran pacos y llegaban a alcanzarnos después de una cacería a campo traviesa o persecuciones de alta velocidad en moto o auto… Uno del grupo se sacaba una máscara y salía a recibirlos transformado en el hijo del sheriff, conversaba dos palabras con el conductor y los mandaba de vuelta con la cola entre las piernas o los obligaba a ir a dejarnos a otra villa, así que humillados nos dejaban vandalizar todo tranquilos por un año más. La policía rasa si decidía seguir un proceso contra nosotros se echaba encima a sus propios jefes. Ni ellos eran tan estúpidos.

Como las autoridades no se explicaban la falta de resultados, decidieron rotar la dotación policial año tras año para tener gente que cumpliera con su deber. Pero no podían. Éramos los hijos del viento, el sol y el cobre.

Intocables.

Jugábamos por la línea de fondo.

Una sola vez fuimos descubiertos con las manos en la masa en una casa desocupada provocando un incendio. Estábamos despreocupadamente prendiéndole fuego a una pira de muebles por diversión cuando pasó una camioneta y el tipo nos vio y trató de meterse con el vehículo al garage. Pero le cerramos el portón para dejarlo afuera (gran error en una casa que se incendia). Lo escuchamos llamar refuerzos por radio mientras nosotros tratábamos de arrancar… pero la maldita casa estaba tapiada.

Se estacionaron afuera 3 camionetas más con policías industriales, rodearon la casa invitándonos a salir con gritos, piedrazos e insultos. La casa mientras tanto vomitaba humo por todas las ventanas, pero ninguno de nosotros salió… Y cuando finalmente destapiaron una puerta y entraron a la fuerza, dieron vuelta la casa buscándonos y no nos encontraron. Los escuchamos putear y luego tuvieron que apagar el incendio e irse con la cola entre las piernas.

Habíamos hecho un hoyo a patadas sobre la chimenea de la cocina donde iba empotrado el microondas y de ahí subimos todos al entretecho y nos escondimos enrollados en la fibra de vidrio que se usaba de aislante térmico.

En su cacería cuando los PIs llegaron por descarte hasta el entretecho y nos alumbraron con linternas, no nos pudieron ver entre el polvo y el humo… Salimos 3 horas después ahumados, sonrientes e impunes.

A las 12:00 sonaban las alarmas y si nos habíamos separado nos juntábamos de nuevo todos en los juegos de la villa más cercana. Era nuestro punto de encuentro clave y secreto: un espacio público a la vista de todos cada 1 hora.

Se acababa la noche.

Los primeros rayos de sol bendecían a los hijos del cobre.

camanchaca

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