De dónde venimos y a dónde vamos

Cada uno escribe su propia historia, cabe destacar, distinta a las demás. Historias con conquistas y derrotas.

Juzgar la historia de otro es una enfermedad que se cura cuando se reconoce que probablemente sepas muy poco de todo lo que una persona vive ya sea dentro de su familia, en su trabajo, cuestiones de su pasado que le pesan, o las cruces que lleva cada día y que probablemente no las eligió. Juzgar es como que me quieras contar la historia completa de alguien cuando lo que leíste fue solo una página.

Así fue que saltó el término, en medio de una conversación con un padre: trampolín. ¿Qué hace que uno perdure en las dificultades, aún más, en las dificultades? Sostengo que es la visión de las caídas como un trampolín para volver. Volver a lo que te hace bien. Volver a Cristo, con más fuerza, con más experiencia, con más convicción y un volver para quedarse.

En algún lugar y tiempo de nuestra vida, todo católico ha entendido y sentido como un fuego en el alma, que somos hijos de Dios Padre y que tenemos también, una Madre.

Un Padre y una Madre que están en el cielo, extraordinariamente, se vinculan con nosotros de una forma tempóreo-espacial por distintos medios. Ya sea por la oración, por la intercesión de los Santos o por medio del amor que habita y se manifiesta en nosotros.

Me di cuenta que cuando pecamos, cuando actuamos imprudentemente, movidos por los instintos carnales, por pensamientos impuros o por meros impulsos, negamos nuestra procedencia. Vamos por la vida como si no tuviéramos un Padre y una Madre. Como si no supiéramos que del cielo venimos y al cielo vamos. Como si no supiéramos que vinimos al mundo para cosas mucho más mayores.

Hace un tiempo vengo escuchando, casi inconscientemente, como si fuese una de esas músicas que se te pegan y terminás tarareando todo el día, las palabras del Santo Padre: El cristiano no tiene derecho a «ser huérfano». Tiene Madre. Tenemos Madre.

Mi corazón se reconforta con estas simples palabras: Tengo Madre. Una Madre admirable, digna de imitar en todas sus virtudes, una Madre que abraza y protege a su hijo así como podemos mirar en la imagen de la Virgen de Schoenstatt.

Alejarnos de Dios y de nuestra Madre es declararnos huérfanos, es olvidar el primer propósito de nuestra vida. Nuestra conciencia como hijos de la Virgen es algo que debe atravesar de manera transversal todas las áreas de nuestra vida, en cada rol que cumplimos.

Así de importante como respirar, comer o dormir. Es importante recordar, las veces que sean necesarias, de dónde venimos y a dónde vamos, para poder seguir escribiendo nuestra historia.