El peor día de mi vida

Crónica

El despertador, el cepillo de dientes, el uniforme, la chocolatada. Era todo como de costumbre aquella mañana. No hacía ni frío de calor, pero de a poco se iba a convertir en el día más helado de su vida.

La parte superior del diario sobre la mesa anunciaba 20 de octubre de 2011, un detalle completamente pasado por alto por la chica de 17 años que salía apurada de su casa para el colegio.

La mañana pasó, la jornada de clases finalizó, el almuerzo y la siesta obligatoria también. Camila ya se había cambiado el uniforme por su jogging y chomba. Ya llegaba tarde a la clase de gimnasia de las 5 de la tarde. Agarró la bici y se encaminó para el colegio rapidísimo. Cuando llegó, una compañera que se encontraba en la puerta le preguntó: “¿Sabes algo de Belu?”. El desconcierto inundó su cara. No tenía noticias de su amiga Belén, lo cual era normal dado el horario, pero no lograba entender por qué podría ser de interés para su compañera. “Me llamó mamá y me dijo que pasaron por la radio que tuvo un accidente”, prosiguió la chica entrometida. Camila sacó su celular del bolsillo y la llamó, sin suerte. Llamó entonces a Evangelina, la hermana de Belén. La suerte seguía sin estar de su lado. Fue entonces cuando se le ocurrió que Gonzalo, el novio de Belén, tenía gimnasia a la misma hora que ella. Fue corriendo a buscarlo, y entonces descubrió que la suerte ya había desaparecido por completo.

Sonó el teléfono. Era Evangelina. ¡Por fin! Camila atendió, desesperada, quería asegurarse que en la radio estaban diciendo pavadas. En un pueblo chico siempre se dicen pavadas en la radio.

En ese momento fue cuando se vino todo abajo. No más día, no más mundo. Evangelina lloraba, y le pedía que por favor corra al hospital. “No se despierta, Cami, no se despierta. Vení”. Todo se puso en blanco, no podía reconocer si escuchaba o veía, tampoco sentía sus piernas. Hasta el día de hoy le es difícil recordar si perdió el conocimiento o permaneció despierta. Al cabo de unos minutos, Camila corrió hacia la entrada y agarró su bicicleta, si era de ella o no ni siquiera importaba. Pedaleó, si iba a contramano no le llamaba la atención. Conocía su pueblo como la palma de su mano sin embargo ese día no sabía para dónde ir, en qué esquina doblar. Su instinto la guió, entró al hospital y escuchó gritos de Luisa. La mamá de su amiga Belén estaba gritando, eso era muy extraño.

En la sala de espera todos lloraban. Nadie le explicaba nada a la chica que recién entraba corriendo por la puerta, sin embargo ella lloraba con todos.

Salió el médico, y tenía cara de aliviado. “Se salvó, la pudimos resucitar, la pasamos a terapia intensiva”.

Belén era la mejor amiga de Camila, la hermana del corazón. Ella también estaba en su clase de gimnasia esa tarde, habían hablado la noche anterior. No podía ser que esté en un hospital. ¿Por qué tenía que estar en ese lugar? Si ella era sana, alegre, linda, hermosa. No podía ser.

De a poco Camila fue encontrando razones, completamente inentendibles para ella. Su amiga había tenido un paro en el corazón. Había tenido una muerte súbita que no terminó en la muerte. ¿A cuánta gente le pasa algo así? Ninguno de los hombres de ambo podía explicar cómo pudo ocurrir. No la podían trasladar a Buenos Aires, su estado era demasiado frágil. Había pasado mucho tiempo inconsciente. Su resucitación había sido un milagro, ese momento en el que el médico opta por encender las paletas al máximo, minutos en los que, probablemente, otro médico que no conocía a la paciente hubiera desistido.

Camila no comió nada, desde su almuerzo que no comió nada. Le mandó un mensaje a su mamá para pedirle que no la llame y que su amiga estaba en el hospital. No se fue a su casa hasta que la mamá de Belén se lo pidió por favor, cuando ya era de madrugada.

Fue recién cuando a llegó a su casa cuando pudo darse cuenta de lo que le había pasado ese día. En ese momento fue cuando lloró de verdad. Lloró porque su amiga no estaba con ella. Lloró porque la noche anterior le había contado algo por la mitad. Lloró porque su amiga estaba viva, pero no sabía cuando iba a poder ser el día en el que pueda terminar de contarle el cuento.