Sobre libertades y democracia

Candela Boni
Nov 1 · 3 min read

Nací en una familia con privilegios. Mi mamá y mi papá fueron capaces de imitar a esos tutores que se atan a los árboles cuando tienen pinta de que van a crecer torcidos. Se sujetaron con alambre a mis hermanas y a mí para darnos una infancia con educación básica, transmitirnos algún que otro valor y cumplirnos casi todos los caprichos. Es por esto que, tal vez, les agradezca toda la vida por la posibilidad de crecer como una niña de carácter fuerte y de convicciones marcadas. Y también doy gracias por haberme enseñado a defender y mantener mis ideales ante ciertas adversidades. No me imaginé que, años después, de quienes tendría que defenderme sería de aquellos que más me enseñaron a vivir.

Hay personas en la vida que nos prestan su mano para una caricia, y uno, encantado con esa demostración tan pava de afecto, no se percata que esa ida y vuelta de mimos se fue por última vez envuelta de amor y volvió disfrazada de cachetada.

Si bien los lazos de sangre son únicos (y podemos debatir si compartir ADN nos hace familia), tenemos que preguntarnos hasta dónde llega nuestro umbral de tolerancia con algunas situaciones. Es decir, si bien las personas nacemos dentro de un contexto que se formó antes de nosotros y debemos adaptarnos a las normas y a las estructuras preestablecidas, en el que en el mejor de los casos cuenta con una familia que contenga y reciba, es con el pasar del tiempo -y solo con él- que podemos hacernos a un lado para analizar nuestro entorno y realmente elegir si lo aceptamos o no.

¿Somos conscientes de las libertades que tenemos? Me parece que no. Si hacemos un poco de historia, y no pretendo ponerme catedrática con esto, nuestro país retornó a sus ideales democráticos un 30 de octubre de 1983 cuando Alfonsín fue electo a través del sufragio universal como el primer presidente radical en vencer al peronismo. Pasada la furia del golpe de estado militar que derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón en el 76, el 10 de diciembre de 1983 los argentinos y argentinas despertaron bajo un régimen que ellos habían elegido. Nadie se los impuso.

Si bien la libertad es un concepto abstracto y cada uno es, valga la redundancia, libre de pensarlo de la manera más subjetiva imaginable, creo que aquí vale la pena utilizar la frase tan trillada pero tan real “nadie se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde”. Y, retomando el tema por el que estamos reunidos hoy, debemos pensar hasta qué punto cada uno de nosotros elige ser una pared a la que cualquiera se acerca con una pila de platos listos para ser lanzados y destruidos a modo de terapia antiestrés.

Dado a que esto es algo que escribo yo y no sigo ninguna línea editorial más que las de mis pensamientos en guerra, me tomo el atrevimiento de invitar a quien esté leyendo a reflexionar acerca de sus allegados. En realidad, y me corrijo para no transmitir un mensaje de desconfianza, los invito a defender sus ideales y no dejarse engañar por quienes tienen la necesidad de imponer los suyos como hegemónicos. Nadie dijo que sería fácil. Tampoco escuché el arrepentimiento de nadie que lo haya logrado.

Recordemos que ese dedo que solemos encontrar apuntando hacia nosotros, experto en señalar errores y remarcar obviedades, no elige estar atado de por vida a quien lo obliga a hacerlo.

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