Ahora en cristiano, doctor
La investigación académica está en su apogeo en nuestros días. En lugar de un pequeño grupo de monjes y literatos escribiendo sus ideas, como se hacía allá por los viejos tiempos, tenemos una amplia comunidad de investigadores sitiados frente a sus computadores en las universidades y bibliotecas del mundo.
Cuando leo cualquiera de estos libros o artículos, me siento como una egiptóloga descifrando un misterio. La mayoría de estas producciones están destinadas a un público que entenderá o se espera que entienda el lenguaje concreto de una ciencia. Pero, pero, ¿y los demás?, ¿Las demás personas interesadas en el tema pero sin una educación formal en la materia?, ¿El público que enfrascamos como “general”? ¿Acaso hay materias que no interesan a ese público? Puede que sí. Pero, entonces ¿qué sentido tiene la investigación fuera de la divulgación científica?
En el derecho, ¿qué sentido tiene la investigación sin una difusión en la mente de la población?.
Cientos de publicaciones sobre el desarrollo del derecho que, lastimosamente, no son ni siquiera conocidos por las personas. Cientos de valiosos papers son digeridos cada año por la alcurnia académica que, difícilmente, podrá hacerlos exigibles por más buenas intenciones que posean. La gente no conoce cuales son sus opciones, cuál es la solución a sus problemas directos o, ni siquiera conoce, que tiene derecho a quejarse, a levantarse, a ser reparada. Fuera del trabajo de un abogado, debería estar instituido en la comunidad jurídica la difusión de los derechos ciudadanos A LA CIUDADANÍA, para hablar verdaderamente de una defensa de los derechos humanos (derechos de cada persona por el simple hecho de nacer) y, del Estado de derecho (de la obligación del Estado de respetar los derechos ciudadanos y actuar conforme a la ley).
