¿Por qué está preso Gilber?

En la prisión de Gilber Caro se encuentra la clave para el fin de la dictadura y la reconstrucción de nuestro país

Fui a tomarme un café en una panadería y entraron dos funcionarios del Sebin, me imagino que a hacer lo mismo. Uno se puso en la puerta y otro fue a pedir su cuestión. Ambos con ropa negra, lentes oscuros, gorra y tremenda metralleta. La mano en el gatillo, porsia. Malandros malandreando, pues.

Como cada vez que veo militares por ahí, quería decirles algo, pero no lo hice por miedo. Pero también, ¿Qué les puedo decir que ya no sepan o les importe? ¿Que sus crímenes no prescriben según el Estatuto de Roma?¿Que la tortura es una vaina horrible y ellos deberían oponerse?¿Que la violencia es es el arma de los que no tienen la razón?¿Los insulto y me voy?

En Venezuela nos enfrentamos a nuestros malandros, en la batalla final de una lucha histórica. Nuestros opresores saben lo que nosotros pensamos y no les importa. Nuestro mensaje originado en el sufrimiento y la angustia no solo no les interesa, sino que hasta les da placer. Ellos son malandros y en su mundo uno echa tiros hasta que le pegan el tiro a uno. Yo no sé cómo se convence a una persona así.

Pero hay gente que sí sabe. Ron Santa Teresa, por ejemplo, con el tema del Rugby, hace un eslogan publicitario del hecho de convencer a malandros de ser personas sociales. Gilber Caro también lo sabe. La historia de Gilber es realmente importante para este país. Un malandro que salió del infernal presidio venezolano y se convirtió en diputado por la libertad y la democracia, gracias a La Fe, a VP, a funcionarios locales, a otros expresidiarios, a su familia y a sí mismo. Gracias a gente que sabe cómo convencer a un malandro de dejar esa vida y no solo integrarse a la sociedad, sino fortalecerla para que pueda proteger a muchas familias del drama del malandraje.

Por eso la dictadura asume el riesgo de mantener preso y torturado a un diputado electo de la Asamblea Nacional, porque él es el ejemplo para todo el malandrato nacional (sobre todo el que se encuentra en los organismos de represión de la dictadura) de que dejar de ser un maldito malandro es millones de veces más satisfactorio que seguir siéndolo. De las personas en Venezuela que saben dar ese mensaje efectivamente, Gilber es el más prominente.

Así que me parece que el liderazgo democrático se debe asesorar con personas que sepan hablarle a malandros, si es que quieren (queremos) terminar de demoler el último pilar que sostiene a la dictadura. Y, sobre todo, si queremos una reconstrucción efectiva cuando recuperemos la democracia, etapa donde el desmontaje del malandrato será mandato popular. El momento de apelar a la conciencia del soldado entrenado para defender a su pueblo ya pasó y ya dio lo que iba a dar. Es hora de fajarnos con el malandro y concretar nuestra libertad.