Clientes cautivos.

Todos sabéis de lo que hablo. Estás en un aeropuerto ¿Quieres un café? Fenomenal, aquí tienes. Es tres veces más caro que en la calle ¿No te parece bien? Perfecto, no lo compres. Si quieres uno, sólo yo puedo vendértelo aquí, y vale lo que yo diga. Siempre puedes decidir no comprarlo.

Que ya es más de lo que pueden decir los trabajadores cuando hablamos de su salud.

Disclaimer: No voy a hablar de la gestión de las mutas laborales, de la legislación reciente, de las malas pasadas a los pacientes o de la calidad de la asistencia. Tampoco de las coacciones. Vamos a hablar de la posibilidad de elegir. Y no es una entrada escrita reglamento en mano. Es una entrada escrita con la información que cualquier persona de la calle tiene cuando entra (o sale) de una mutua.

Empecemos.

Retomando el ejemplo anterior, resulta que si eres un trabajador, no tienes elección. Te vas a tomar el café si, o si. Vamos a ponernos en el caso más habitual, alguien viene a verte a la consulta, y durante la entrevista te cuenta “mira, he estado yendo a la mutua a tratarme esto, pero llevo dos meses y no mejoro”. A veces pasa que, además, le han dado el alta sin estar bien, y otras tiene pendiente un proceso de valoración por parte del INSS.

La cuestión es que esa persona, en un momento dado, ha visto que no estaba avanzando y ha decidido tomar (más) cartas en el asunto, poner el dinero de su bolsillo y buscar ayuda profesional fuera. A veces es un fisio, otras un cirujano, y, las menos, un psicólogo. Elegid el caso que más os guste.

- Ah, pero que no se enteren en la mutua.
- Hombre, te hago un informe explicándole a tu médico lo que me parece que te pasa, y seguimos a partir de ahí.
- No, porque si ven que estoy yendo a otro sitio me querrán dar el alta. No quiero problemas.

Y como el que no quiere la cosa, ir al fisioterapeuta se convierte en algo vergonzoso que hay que ocultar. Pongan ustedes aquí la metáfora que mejor les parezca.

Pero volvamos al café del aeropuerto. Si no lo quieres, o te parece injusto, siempre puedes elegir. No lo compras. No tomas café, pero no al menos no participas en algo que consideras abusivo. Con las mutuas es al contrario. No puedes. Quieras o no. Estás obligado.

Veamos. Primero, un señor empresario, que seguramente no sabe ni que existes, elige una mutua. En teoría son todas iguales, pero por la prensa sabemos que muchas veces esta elección se debe a que el empresario tiene “poder” dentro de esa misma mutua, o se le da a cambio regalos o un trato de favor (depende del tamaño de la empresa, claro). El trabajador no pinta nada aquí.

Ahora imagina que las cosas no han ido bien. Que, por lo que sea, has tenido la suerte de que no te han trampeado con los partes de asistencia, ni te ha coaccionado tu encargado para que no vayas a la mutua. Te han atendido, hecho un diagnóstico, tratado, y, por lo que sea, tu estás igual o peor. Te buscas la vida, y, con suerte, la cosa empieza a mejorar. Y llega el momento de que la inspección de la seguridad social decida que esa baja por enfermedad común que has tenido tras tu accidente (mientras te pagabas un fisio, otro médico, etc) era, en realidad, una continuación del proceso laboral anterior. Y te manda a la casilla de salida. Es laboral. A la mutua. Mismos médicos que ya se equivocaron (o directamente ignoraron la mitad de tus síntomas desde el minuto uno). Los mismos fisios. Que saben lo mismo de tu problema que hace tres meses. Que no supieron (o no pudieron) ayudarte. Tienes que seguir yendo allí. Estás obligado. Si no, te quedas sin tu sueldo. O algo peor.

Divertido ¿Verdad? Las mutuas laborales son como las lentejas. Con la diferencia de que las lentejas sólo son malas para la salud si te pasa un camión de lentejas por encima.

Siempre me he preguntado qué pinta la libertad de un ciudadano adulto a la hora de decidir en asuntos relativos a su propia salud. Eres libre para votar lo que quieras. Pagas impuestos como todo el mundo. Eres el responsable civil y penal de tus actos. Pero no tienes capacidad para decidir sobre quien te pone la mano encima.

“Pero tiene derecho a una segunda opinión”, dirán algunos. Si. Dentro de la misma mutua, que tiene teléfono directo con tu jefe (ilegal, pero eh, quien controla esas cosas), que te tiene en una lista de gente que lleva “demasiado tiempo de baja, y en este ambulatorio ya sabes que no podemos tener más de 26 de baja al mismo tiempo” porque patatas.

En todos los años que he estado dentro y fuera del sistema de mutuas, creo que pocos ejemplos hay más flagrantes de recorte de libertades que dentro del “sistema de protección” de la salud de los trabajadores. La prensa y la opinión pública han cargado las tintas sobre la privatización durante años, sin mirar de reojo a un sistema mixto (más privado de lo que aparenta) en el que uno, como paciente, no tiene ni voz ni voto.

Sólo quiero que os preguntéis una cosa ¿Por qué, cuando algo no va bien, tienes la obligación de jugarte tu salud y tu puesto de trabajo, bajo criterio de alguien que por lo que sea, no ha podido, no ha sabido, o no ha querido, ayudarte?