La conciencia de clase en la mano de obra tecnológica

Carles Climent
Sep 22 · 5 min read

Recientemente, en una discusión en la red “social”, un compañero lanzaba una queja amarga: “no se ve la clase por ningún sitio”. Creo que no nos queda otra que darle la razón, si bien es cierto que aquello que llamamos conciencia de clase no suele abundar tampoco en otros sectores.

Con este artículo tengo dos objetivos; en primer lugar, ofrecer alguna explicación (breve) desde el materialismo a la falta de sensibilidad de clase. Y en segundo, tratar de situar (brevemente también) el marco de trabajo de quienes nos dedicamos a esta industria y aspiramos a ver algún día una sociedad distinta.

Contexto económico

Cuando la crisis de 2008, acelerada por la avidez de la economía financiera y especulativa, explotó en los rostros de las clases trabajadoras de todo el mundo, un cariacontecido Nicolás Sarkozy expuso la necesidad de refundar el capitalismo. Le laissez faire, c’est fini”, afirmó rotundo. Sin embargo, desde entonces no hemos visto otra cosa que la agudización de las lógicas económicas de la década anterior a la crisis. La UE — y su brazo financiero el BCE — así como el FMI, se han encargado de perpetuar el laissez faire en todos sus dominios y de asegurar una redistribución de la riqueza en sentido ascendente, desde los trabajadores hacia los propietarios, provocando concentraciones de capitales de un tamaño inédito.

Por otra parte, desde los tiempos de la Guerra Fría, la robótica, la informática y la mecanización no han impedido la evolución a la baja de las tasas de ganancia ofrecidas por el sector productivo, un fenómeno que Marx previó hace casi dos siglos y explicó en la tendencia del capital, en busca de mayor productividad, a automatizar el trabajo humano, origen de su propia reproducción. De modo que las bolsas de capitales desarrolladas en las últimas décadas, que no saben muy bien dónde aposentarse, se amontonan en algunos sectores muy específicos. En el caso del desarrollo de software lo hacen a menudo sin aparente criterio, invirtiendo en las ideas más disparatadas, cegados por los pelotazos en bolsa que se consuman en el Nasdaq y otros mercados dominados por el sector tecnológico.

En este contexto de capital a borbotones es donde tenemos que situarnos. Con un mercado de trabajo sin ejército de reserva que trata de incorporar a las nuevas generaciones a marchas forzadas. Con deslocalizaciones a nivel internacional que despegan de USA y el norte y centro de Europa para aterrizar en el sur y el este de nuestro continente. Un contexto, en definitiva, muy atípico en nuestros tiempos: demasiado capital para tan pocas manos.

Condiciones objetivas y subjetivas

Si hay algo que caracteriza a nuestro sector es la dilatada horquilla salarial según la experiencia y algunos factores específicos. Mientras las personas con menor experiencia complementan sus ajustados sueldos con promesas y ambiente juvenil, quienes llevan una década o más en el negocio disfrutan de salarios incomprensibles en términos comparativos. Y, como es natural, la creencia dominante es que las buenas condiciones se explican por los méritos de cada uno.

Las personas más jóvenes tienen dos referencias a su alcance; la de sus colegas de profesión más expertos, a cuyas condiciones aspiran, y la de sus iguales en otros sectores; hundidos en empleos temporales, en el desempleo, subsistiendo en motocicletas de reparto o trabajando en puestos para los que están sobrecualificados. Así pues, aún con bajos salarios, se perciben en una esfera superior de consumo y con los dos pies en esa subjetividad autocontemplativa que se ha dado a conocer como la clase media.

Muchas de las personas más veteranas no han conocido otra cosa que el crecimiento sostenido. Las grandes consultoras en las que cualquiera podía prosperar a base de acumular horas — a menudo no pagadas — saltando de cliente en cliente dieron paso a modernas startups, metodologías ágiles y team buildings con escape rooms. Así, ya sea en una gran empresa o en una frágil startup, viven con la práctica seguridad de empleo. Una realidad totalmente alejada de una mayoría trabajadora que vive en tensión continua, en precariedad continua, en angustia continua, mirando de reojo la hipoteca o el alquiler.

Todo el mundo parece haber olvidado las oscilaciones del sector a finales del siglo pasado, durante las deslocalizaciones hacia India en Estados Unidos, o aquella burbuja tan sugerente para nuestros días de las .com. Nadie se plantea una situación donde la oferta de fuerza de trabajo iguale a la demanda o en la que la correlación de fuerzas se invierta. Plantear la posibilidad de un súbito pinchazo con efecto dominó de los infladísimos valores tecnológicos es propio de amargados y aguafiestas. Al contrario, se asume que la situación es permanente, inmutable, y que la prosperidad será eterna.

Así pues, si a esto sumamos los factores subjetivos generales propios de nuestra época, se da una situación que el sociólogo Erik Olin Wright describió para los estratos con mejores condiciones de la clase trabajadora, la autopercibida clase media; el capital les hace copartícipes de la ganancia, reciben transferencias de quienes sufren mayores tasas de expotación y, en cierta medida, son corresponsables de la explotación de su propia clase (Comprender las clases sociales — Akal). En estas condiciones es natural que se presenten contradicciones de clase y que la mano de obra “tech” se haya constituido en una élite de tendencias reaccionarias.

Marco de trabajo

Quizá una de nuestras primeras tareas sea desprendernos de las ensoñaciones aristocráticas que arrastramos desde el solucionismo tecnológico. Es un error de percepción, de análisis material, pensar que a través de la ética del “apptivismo” o de esa entelequia narcisista del “cognitariado” pueda devenir una vanguardia consciente, crítica y libertadora.

Corresponde, en cambio, todo lo contrario: asegurar la supervivencia del pensamiento crítico y la de nuestra propia conciencia de clase. Una prédica en el desierto que hay que llevar a cabo utilizando todos los medios a nuestro alcance, sin limitarnos a la caja de resonancia de la red social. Mantener contacto con las luchas en la calle, tejer redes con afines, llevar discursos antagónicos a nuestros centros de trabajo y a las conferencias, difundir materiales, utilizar cualquier medio que se nos ocurra para romper la cámara insonorizada y penetrar en el pensamiento liberal hegemónico. Este trabajo aparentemente estéril es fundamental para que, cuando el sentido común del presente se derrumbe y haya de ser sustituido, nuestros planteamientos partan de una posición ventajosa.

Es posible que la próxima crisis cambie la realidad de nuestro sector, pero debemos actuar con la orografía del presente. La conciencia de clase no aparece hoy en nuestros mapas, y tampoco se la espera.

    Carles Climent

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