La valorización del programador como mercancía

(Este es un ejercicio puramente descriptivo. Las interpretaciones, conclusiones y reflexiones posteriores, si es que derivan, han de correr a cargo del lector).

Hace unos años había en mi misma calle un copistero. El copistero consumía una mercancía (paquetes de folios de papel, anillas, tapas) y usaba maquinaria (copiadoras, plotters) para producir una mercancía distinta (encuadernaciones). En el proceso, mediante la aplicación de su tiempo de trabajo, había transformado una mercancía en otra más valiosa. Había valorizado, en fin, la mercancía.

Como profesionales de software, en cambio, no transformamos mercancía alguna. Es por eso que la analogía con el artesano me resulta cada vez más artificiosa. Podría interpretarse, en un ejercicio de imaginación, que ensamblamos materias primas digitales (módulos, frameworks, bibliotecas) para producir bienes elaborados (aplicaciones de software), pero lo cierto es que ni lo uno ni lo otro, en su plano de existencia etérea, son en realidad propiedad nuestra. Por lo general, no somos nosotros los compradores de esas materias primas (que tampoco se consumen por el camino) ni es el producto lo que vendemos a nuestros pagadores. Nuestra relación con los lenguajes, frameworks y bibliotecas que utilizamos no difiere de la de cualquier otro trabajador con los medios de producción correspondientes a su actividad productiva.

Del mismo modo que el carretillero es contratado por su fuerza, habilidad con la carretilla y salud físca podemos concluir que nuestros activos, aquello que vendemos, son nuestras capacidades mentales en todas sus vertientes y nuestra acumulación de conocimientos y experiencias. Cuando hablamos de programadores asalariados es por nuestra fuerza mental por lo que nos contratan, esa es nuestra mercancía. Y como tal está sujeta a valorización, si bien es costosa y resulta mucho más rentable si la costeamos nosotros mismos.

Los beneficios de la valorización corren en los dos sentidos. Por una parte resultamos más productivos para nuestro pagador y, por la otra, nos hace más atractivos ante otros compradores de nuestra fuerza de trabajo. Se trata, en definitiva, de situarnos por encima de nuestros competidores en el mercado laboral.

Hay un par de particularidades que hacen de la valorización en el campo tecnológico un elemento especialmente importante: la fuerza de trabajo, sometida o no a valorización, pierde valor de forma natural debido a la propia evolución tecnológica. Y, por otra parte, la nuestra es una mano de obra escasa y la negociación del salario, a diferencia del carretillero, no se realiza de forma colectiva sino individual. Así, la carrera de la valorización se ha de mantener de forma necesaria por la naturaleza del medio.

Se asume, tanto por empresas como por desarrolladores, que parte del proceso de valorización de nuestra fuerza de trabajo ha de producirse en el tiempo libre. Si bien algunas empresas facilitan este proceso durante la jornada ordinaria, lo habitual es organizar actividades fuera de ella. Es un esfuerzo en gran medida individual y, aunque admite su realización en pequeños grupos, desde una óptica puramente competitiva, para nosotros, carece de interés valorizar el mercado entero de forma colectiva. De modo que reservamos parcelas de nuestro tiempo libre para invertir en nosotros mismos a través de katas, libros, conferencias, podcasts y otros recursos que consumir e incorporar a nuestra fuerza productiva. Aquellas contribuciones a lo colectivo nos resultan útiles en la medida en que suman valor a nosotros mismos, en que aumentan las expectativas sobre nuestra capacidad productiva. Todo este esfuerzo adicional a las 40 horas de trabajo semanales no se entiende dispensado de otra forma que voluntariosa y apasionada.

Debemos conocer, no obstante, las fuerzas que entran en juego. Que son ellas las que nos empujan, con placer o pesar y en mayor o menor medida, al consumo de nuestro tiempo libre. Que nuestra valorización tiene como consecuencia la pérdida relativa de valor del resto. Y que, no habiéndose conocido límites en el conocimiento, en el afán por mantenernos en el extremo más competitivo corremos el riesgo de empujar la carretilla a lo largo y ancho de nuestras vidas.