La vieja mendiga y el programador de éxito

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Cuando he visto el tweet que encabeza este post, no sé si el impacto ha sido mayor por la crudeza de la imagen o por el texto que la acompaña. Dos realidades dolorosamente distantes se superponen en un tweet. De una parte, la urgente necesidad de un programador por que se revise su trabajo. De otra, la de una anciana posiblemente inválida a juzgar por la muleta que sobresale de sus faldas, sentada en el suelo y con la mano extendida pidiendo limosna. El texto emula el acento de los migrantes rumanos, quizá porque con una mendiga autóctona la cosa tendría menos gracia.

De esas dos realidades hay una que conozco bien porque soy parte de ella. Es la realidad del autor del tweet, programador joven, seguramente hombre, seguramente blanco, y que seguramente ha tenido pocos apuros económicos más allá de las dificultades post-adolescentes para salir los fines de semana.

Al joven programador le hace gracia la ocurrencia. La vieja de la mano estirada está tan lejos de su día a día que para él no es más que una imagen bajo la cual no hay nada. Mira la foto como quien contempla un libro de historia, una viñeta de comic, un fotograma.

Conozco la realidad del autor del tweet porque él y yo somos iguales. Hemos nacido en el seno de una familia que nos ha permitido tener estudios universitarios. Las viejas mendigas siempre han estado muy lejos de nosotros, aunque a veces, caminando por el centro de nuestras ciudades, pasamos a centímetros de ellas. Con una sensación mezcla de lástima y rechazo, tratamos de esconder nuestra mirada.

Conozco al autor, hemos coincidido en muchos eventos de software. Si no fue él, era alguien como él, como yo. Programadores jóvenes, seguramente blancos, seguramente hombres, que jamás hemos pasado por serias dificultades. Hemos hablado de software libre, dado charlas en público y nos hemos sentido importantes. Hemos podido elegir dónde trabajar en plena crisis, y nuestro sueldo duplica el salario medio.

De la mujer de la foto, en cambio, no sé nada. Creo que es vieja por las arrugas de sus manos. Viste ropas raídas, sus muñecas están muy delgadas. Se apoya encorvada en una muleta, como si llevase mucho tiempo en la misma postura. No sé si vive todavía. No sé si la foto es de hace veinte años o dos semanas. No sé si ha tenido hijos, si tiene nietos. Si le duelen los huesos de estar allí sentada. No sé nada.

Sé que nunca sabrá que formó parte de una broma para programadores jóvenes. Seguramente blancos. Seguramente hombres. Que nunca han visto a su abuela en la calle, con la mano extendida, encorvada sobre una muleta.

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