DE TRIPAS Y CORAZONES

Carlos Muñoz
Aug 22, 2017 · 4 min read

por Elmer Homero

Carlos Alberto, mi nombre, es en honor a mis abuelos, sin embargo mi familia siempre me llamó «Carlitos», por cariño. Soy el hijo mayor de un matrimonio de clase media. Pancho y Junior me suceden en ese órden. Mi entorno familiar, desde que tengo memoria, fue acogedor e integral, velábamos el uno por el otro y aportábamos con el hogar en lo que podíamos. Tuve, pues, que ayudar en el cuidado de mis hermanos desde temprana edad; nada melodramático ni telenovelesco, responsabilidad fraternal.

Todavía no tenía el consentimiento para hacerlo, pero, a mis nueve años me encontré por primera vez con la cocina. Mis papás acababan de montar una marisquería y allí trabajaban de lunes a sábado, mientras mis hermanos se quedaban en casa bajo mi cuidado. Puede parecer necesidad, pero mi maestra fue más bien la necedad.

Recuerdo la tarde de un sábado de aquella época. Mi mamá aún no nos había llevado el almuerzo, mis hermanos tenían ya bastante hambre y yo, que nunca fui muy paciente, me empezaba a desesperar. Así pues, ni corto ni perezoso, me lancé a la cocina para preparar plátanos fritos con huevo; yo, que ni siquiera sabía hervir agua. Era un platillo sustancial, sabroso y fácil, asumí, además había visto como lo hacía mi mamá, también mi tía, y la vecina; era cosa de un dos por tres: pelar el plátano maduro, cortarlo, freírlo y ya. Porque cocinar era fácil, pensaba yo, era cuestión de romper con cuidado el huevo y ponerlo en la sartén con abundante aceite. En mi mente la comida estaba lista. Así que a la brava, me aventuré con la estufa.

Preparé entonces los plátanos y los coloqué en aceite a fuego alto para que se frieran más rápido, porque para luego es tarde y la paciencia es vicio de los que no saben, ¡tic-tac! Al mismo tiempo, siguiendo con el plan y como Gordon Ramsay me quedaba corto, en otra hornilla freía los huevos, pero estos si con cuidado porque podían quemarse con más facilidad, advertí; así que al poco tiempo los retiré del fuego, escurrí el aceite y los reservé a un costado. A los plátanos les di la vuelta esperando que se doren y quedaran en su punto. El platillo pintaba para portada. Ingenuidad, divino tesoro.

Mis hermanos jugaban en el piso de arriba. Subí a revisar lo que hacían mientras les avisaba que la comida estaba casi lista. Me sentía el jefe de jefes. Un par de minutos después regresé a la cocina y el humo disipó mi soberbia: los plátanos se habían quemado. Uno a uno los retiraba del aceite hirviendo lo más rápido posible y, conforme iban saliendo, cada vez más chamuscados se veían. No me quedó otra opción que invitar a mis comensales a pasar a la mesa y servirles la «comida», total, el daño ya estaba hecho; un poco de sal y de pimienta para curar el error. Gustosos los dos, se deleitaron con el «manjar» mientras yo miraba apenado… Ellos, contentos y agradecidos, lavaron sus platos antes de regresar a su juego. El hambre sazona muy bien la comida, al parecer.

Días después, a la hora de la cena, mientras miraba la televisión con mis hermanos, mi mamá me llamó a la cocina. Me preguntó por la forma en que freía yo los plátanos porque Pancho, secundado en la moción por Junior, le había pedido que los prepare «como los hace Carlitos». De inmediato me sonrojé. No supe que cara poner y con voz tímida le dije que, bueno, se me habían quemado. Mi mamá rió enternecida y lavó mi culpa en seguida. Brevemente aclaró mis errores, me explicó ciertos detalles y volví a ver los dibujitos con mis hermanos. Desde ese momento le tomé gusto a la cocina.

Siempre me gustó aprender. Fui aprendíz de mi mamá mientras crecía, «sous chef» y confidente a la vez, y aunque no he llegado a preparar platillos sofisticados ni muy elaborados, son más bien sencillos porque me concentro en su sabor. Sin embargo, cuando comparto la comida que preparo lo hago siempre con recelo, como suma muestra de afecto y de confianza porque dudo de mi sazón. Creo, desde aquella vivencia, que ese es el espíritu de la comida: la barriga llena y el corazón contento, nada más, hambre, amor y salpimentar al gusto.

Hoy mis dos comensales viven muy lejos de aquí, así que cocino solo para mí. El hambre sigue siendo el ingrediente secreto en mis manjares y después de tantos años al fin me llevo mejor con la estufa. Conocí el horno y el asador también. Me paso buscando cada vez más recetas porque me quedan aún muchas humaredas en la cocina y muchos sabores por descubrir. Me encanta cocinar, casi tanto como me gusta comer. He aprendido que el tiempo aporta sabor, que a fuego lento todo sabe mejor, aunque hasta ahora se me queman los plátanos, sabrá usted porqué.

Mi última creación fue pollo acaramelado al horno. Lo acompañé con plátanos quemados, como los hace Carlitos.

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Carlos Muñoz
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