
La Bestia
El Hombre siempre le temió. Imponente era, mas con la pasividad inherente a las de su clase. Vivió con ella sobre, delante, al costado. Testigo silencioso, la Bestia había sobrevivido sin dificultad cada generación, nutriéndose de sobras desparramadas, bebiendo de vasos de torpes, de abuelos temblorosos y de borrachos ansiosos.
El día que el Hombre murió y el sastre de difuntos dijo que no había con qué vestirlo, la Bestia por primera vez tembló, sintió el peso de las miradas y luego, casi al instante, el primer golpe. La Bestia sabía de golpes, en sus largos años le había tocado más de uno, pero no como aquel, nunca definitivo, nunca mortal. Tras breve resistencia cedió. Con saña la desmembraron, llenando el ambiente con los ruidos macabros de la matanza.
Partes dispersas arma con destreza el artesano, une despojos, el traje está listo. Por primera vez y para siempre estuvo el Hombre dentro de la Bestia, vestido de ella y allí (en sus entrañas) entendió que nunca hubo nada que temer.