Difícil de entender

Carlos Santana

Nadie, salvo aquellos que hayan pasado por la misma situación, puede ponerse en la situación de Daniel, el joven que en agosto denunciaba los presuntos abusos sexuales de manos de los “Romanes” tras recibir la llamada del mismísimo Santo Padre. Ninguno podríamos haber vivido y vivir este inmenso calvario de dolor y humillación, de desilusión y desconfianza. Y tampoco quiero imaginármelo. Pero el joven es un auténtico héroe. Con el fin de apoyar a otras posibles víctimas, ha decidido escarbar en el pasado y acabar con esta horrible trama intentando aclarar todo el daño que han podido hacer.

Resulta difícil de entender cómo se puede producir una degradación desmesurada de la personalidad, cómo podemos llegar a superar nuestras creencias, o al menos nuestras palabras, haciendo detrás de los muros lo antagónico a lo que predicamos fuera, sin que nuestra mano derecha sepa lo que hace la izquierda. No nos damos cuenta de que el lobo va escondido en la piel del cordero hasta que no sale. Y mucho menos de que el mismo diablo viste con sotana, simplemente porque resulta tan irreal que no podemos pensarlo. Porque es tan vil e infame que supera todos los prototipos de maldad, y es solo digno del propio diablo.

No cabe en la cabeza humana cómo el sacerdote que se encarga de impartir los sacramentos, y en algunos casos de aplicar también las leyes eclesiásticas en un tribunal diocesano, pueda atentar de forma tan atroz contra la dignidad humana de la persona que, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios”. No se puede explicar cómo se corrompe la persona para dañar de tal manera una creación extraordinaria del Dios al que le han entregado sus vidas. Qué acto tan incoherente.

Y más cuando estas prácticas se hacen con menores. Y más aún cuando no son hechos esporádicos sino repetidos continuadamente. Y mucho más aún cuando se hacen en grupo, o en “comunidad” como falsamente ellos defendían, abusando con el pretexto del “amor” y la “fraternidad”. Un clan formado por personas más listas de lo que pensamos, que ya se han encargado de borrar cualquier rastro que hayan podido dejar, y que ya están en libertad.

Hablar de este tema da vergüenza y pena pero dentro de lo malo siempre hay algo bueno. Es loable la actitud del Papa Francisco que, en contra de la inoperancia del arzobispado, decidió mancharse las manos y ponerse al frente de tal escándalo, saltando cualquier protocolo posible. Y digno de una medalla la actitud del joven. Seguro que todo lo malo que ha pasado le será recompensado.

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