El valor: tentar a la muerte

Carlos Santana

Iván Fandiño, después de que Provechito le asestara la mortal cornada

Desde los medios el matador citó el toro, que comenzó a galopar hacia el capote. El diestro se zafó del envite con una chicuelina al paso. Con el animal más cerca, le citó de nuevo y realizó una más, con torería. En la tercera el toro quedó tan cerca que al realizar la cuarta chicuelina, el astado envistió por el pecho al matador. La plaza soltó un desgarro. Todo quedó silenciado hasta comprobar que el diestro se levantaba de nuevo henchido de orgullo torero.

Aquella tarde en la Plaza de Toros de Las Ventas el miedo estaba presente. Horas antes Iván Fandiño, quien había sido capaz de hacer gritar de emoción a los tendidos de Madrid, había muerto. Un toro le había matado en el sur de Francia. En su plaza talismán su recuerdo estaba presente; cualquier cosa evocaba al vasco, incluso el percance que tuvo el novillero Jesús Enrique Colombo cuando hacía un quite por chicuelinas. Así cayó Fandiño al suelo y el toro Provechito le empitonó por el toráx provocándole la mortal cornada.

Resulta complicado volver a una plaza de toros después de que haya muerto un torero. El público dice olés fúnebres, la banda interpreta pasodobles con un compás más lento. Parece que la tragedia volverá a ocurrir. Es ahí donde reside la esencia de la fiesta incomprendida. En el patio de cuadrillas el torero se prepara para realizar el paseíllo, aunque no sabe si será el último. La muerte está presente y puede llegar en cualquier momento.

Enraizado en la creencia ancestral –Francis Wolff lo denomina “sacrificialista”-, el toro es sacrificado en la batalla con el hombre. El animal debe morir; el torero, puede. Es el riesgo que engrandece la figura de quien se pone delante de una bestia, se deshace del cuerpo y se expone a la muerte para hacer sentir al aficionado con sus muletazos.

En una sociedad como la actual necesitamos de esto. Escandalizados por ver sangre, necesitamos del valor del torero, de la heroicidad y la entrega, del coqueteo con la muerte, de la emoción por el miedo. Tiene cabida actualmente un espectáculo tan ambiguo como éste.

Gloria al torero muerto. Iván Fandiño no toreaba la corrida más dura a la que se ha enfrentado, pero eso nunca importa. Paquirri también toreaba en Pozoblanco; Victor Barrio, en Huesca. En el toreo cada tarde puede ser la última. Se trata de lanzar una moneda al aire en la que el triunfo o el fracaso, la cogida o la muerte pueden tocar como toca cara o cruz. Por eso gustan tanto José Tomás y Roca Rey, toreros a quienes no les importa el dolor del pitón en la carne y cuya vida pende siempre de un hilo, ese instante en que el toro pasa a milímetros del traje de luces.

Precisamente la decadencia de la fiesta viene propiciada, entre muchos factores, por la banalización de este riesgo inminente. Nadie cree que pueda ocurrir, hasta que ocurre. Entonces exaltamos el valor del torero. Sin embargo, pitamos cuando el torero decide retirarse porque el toro le pone en constante peligro. En Las Ventas, donde se guardó un acongojante minuto de silencio por el torero de Orduña, un caballero desde los tendidos recriminaba a los novilleros con asquerosa mala educación que pusieran más valor. ¿Más valor que ponerse delante de un toro después de que un torero haya muerto? No creo que pueda haber algo más arriesgado y duro que eso.

“Al fin diste a tu duro pensamiento

forma mortal de lumbre derribada,

cancelando con sangre iluminada

la gloria de una luz en movimiento”

Rafael Alberti, El toro de la muerte

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Carlos Santana’s story.