Sobre la felicidad

Happiness is like an orgasm. If you think about it too much, it goes away. -Tim Minchin

“A partir de ahora, nunca serás realmente feliz. Tal vez podrás seguir con tu vida, pero la verdadera felicidad nunca la encontrarás fuera de la verdad.” Hace casi cuatro años me dijeron esto 3 señores en una sala de juntas de una iglesia. Y lo que llaman “la verdad” se refiere a la religión que ellos profesan, y que yo (hasta entonces) profesé gran parte de mi vida. Durante la conversación, me leyeron Deuteronomio 28:20 para que me quedara claro qué piensa Dios sobre mi salida de la religión: “Jehová enviará sobre ti la maldición, confusión y reprensión en toda empresa tuya que trates de llevar a cabo, hasta que hayas sido aniquilado, y hayas perecido deprisa, a causa de la maldad de tus prácticas por haberme abandonado.”

Las circunstancias que rodean la escena del párrafo anterior son muy amplias e interesantes. Pero hoy quise escribir unas líneas sobre aquel comentario que me hicieron acerca de la felicidad. Para ser honestos, por un buen tiempo no pensé demasiado en eso ni en muchas otras cosas que me dijeron ese día. Y no ha sido sino hasta recientemente que aquellas palabras — “Nunca serás realmente feliz” — han resonado en mi cabeza como si del eco que sale de una cueva se tratara.

La felicidad no es algo que se prescriba o se prohiba. No es algo que alguien pueda otorgarle o removerle a otra persona. Y, por raro que suene, no es necesariamente un objetivo como tal. Nadie posee los derechos reservados de la felicidad, ya que ésta puede encontrarse tanto en las circunstancias más extrañas, como en las aparentemente obvias, y puede ocultarse por momentos, pero resplandecer de forma inesperada. Parece que todos la buscan, pero no se deja hallar permanentemente, porque la felicidad es sólo una parte de la experiencia humana y como tal, todos tenemos derecho a sentirla, hacerla parte de nuestra vida, compartirla con otros y si queremos llegar un paso más allá: procurarla para otras personas. Tal vez esto último debería en realidad ser el primer paso, ya que muy seguramente durante el proceso, encontraríamos la propia.

Lo que no se vale es pretender prohibirle la felicidad a alguien; o creer que nuestra felicidad es la única que vale y que “si tan sólo” el resto del mundo hiciera las cosas como nosotros serían muy felices; o darle a alguien la receta de una felicidad prefabricada, y además de todo, exigir su cumplimiento. No funciona así la felicidad. Y puedo decirlo porque desde hace un par de años he tenido unos síntomas muy raros: siento que todo es posible; que mi mente se mueve libremente impulsada por una curiosidad incontrolable, como si hubiera despertado de una larga siesta o le hubieran abierto las rejas de un confinamiento. Siento emoción al despertarme y deseos de trabajar por lo que quiero. Siento una alegría tremenda por saberme vivo, por poder viajar, escribir, trabajar, aprender, equivocarme y levantarme. Me emociono de las posibilidades en mi camino, y de sentir amistad y amor como nunca antes lo había tenido. Siento aprecio por el momento que estoy viviendo y gratitud por poder contarlo. No sé, tal vez debería ir a revisarme estos síntomas, aunque estoy seguro que el doctor me diría: amigo, no hay de qué preocuparse, lo que usted tiene es felicidad.