A los gatos no les gusta el violín


Ésta es la historia de un hombre que se quedó sordo, no metaforicamente, sino de verdad. Quizá fue por azar del destino, o por casualidad, o porque se lo merecía. No soy quién para juzgar eso. Lo que es curioso de este hombre es que era músico, pianista profesional. Una especie de Beethoven venido a menos. Vivía con un gato, con el que se peleaba a altas horas de la noche por que no le dejaba dormir, y con su mujer, con quien también se peleaba, pero por otros motivos.

Este hombre ya no conseguía oír nada, absolutamente nada. Los motivos que causaron la sordera son tan complicados de explicar — términos médicos impronunciables — que voy a saltármelos. El caso es que, en cuestión de tres semanas, pasó de oírlo todo a no oír nada.

Por culpa de haber perdido el sentido del oído, perdió su trabajo, claro, pero no sus amigos. Y hubo un día en que este hombre llamó a algunos de sus amigos para reunirse en su casa; vino, un pica-pica, música ambiente, etc. Algunos vinieron y rápidamente empezaron a divertirse; otros no aparecieron, porque, seguramente, tenían cosas mejores que hacer.

Mientras estaba en una rueda de conversación, haciendo que sus amigos intentasen explicarle las cosas con gestos — no había tenido tiempo de aprender el idioma de signos; y aunque lo hubiese aprendido, nadie más lo conocía — , este hombre vio que su gato, que se entretenía a comer todo lo que se caía al suelo, salía flechado, asustado hacia el pasillo. El hombre se levantó y siguió al gato para saber qué le pasaba, y lo encontró escondido en el armario de los zapatos del cuarto de visitas, orejas en alto, con miedo. Entró en la habitación de matrimonio para avisar a su mujer del curioso evento, y encontró allí amigos y amigas que oían — aparentemente — a un joven elegante con facciones étnicas del sur que tocaba el violín. Su mujer también estaba allí. Al hombre le pareció que su mujer comentaba con una amiga algo sobre el sul tasto usado por el joven. Le pareció que no era buen momento para interrumpir con algo tan mundano como la actitud de un gato.

El joven paró de tocar y todos aplaudieron. Saludó al hombre y empezó a hablar sobre algo con los demás. Algunos minutos después, el hombre sintió que su gato le pasaba entre las piernas para investigar, cautelosamente, lo que ocurría en la habitación. Su mujer se dio cuenta de su presencia y se levantó para decirle algo. Él no entendió nada y le pidió, con gestos, que repitiese. Ella repitió, pero su marido continuó sin entender nada. Su mujer sonrió parcamente y palmeó su hombro.

Se hizo tarde y los invitados se fueron. El hombre y su mujer se fueron a dormir. No hablaron, ya que no había manera de comunicarse, y ella ya había parado de intentar lo imposible.

Un día, el hombre fue a un especialista en casos como el suyo. Intentó tocar el piano con su ayuda, pero no funcionó. Seguramente no se equivocó en ninguna tecla, pero no conseguía oír nada de lo que tocaba; se sentía como si golpeara un trozo de madera. La sesión no acabó, pero se sintió tan frustrado que se fue antes.

Cuando llegó a casa, vio que la puerta de la habitación estaba cerrada. Llamó a la puerta y su mujer la entreabrió, cara triste, y dijo algo. El hombre no lo oyó, pero entendió que ella quería estar sola. No quiso cuestionar nada, porque no iba a oír nada; y además, solían pelearse siempre que él cuestionaba algo.

Para entretenerse, el hombre empezó a lavar los platos. Entonces, vio por el rabo del ojo que su gato corría flechado por el pasillo. Sin soltar los cubiertos enjabonados, siguió al gato y lo encontró de nuevo en el armario de los zapatos, apavorado. El hombre se quedó allí algunos minutos, pensando.

El hombre fue al pasillo y abrió la puerta de la habitación.

Después de todo, el gato salió del armario.

Río de Janeiro, 6 de agosto de 2014
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