De fin a principio


La noticia de la primera plana de la revista no era agradable. Fue lo primero que vi después de salir del quiosco, en donde me había sentido muy mal por no protestar cuando el empleado, engreído como era, no me devolvió el cambio correctamente. Por supuesto, no tenía ni idea de que eso iba a suceder cuando me hice con la revista, una de las pocas que quedaban en la estantería; hecho que no resultaba extraño dada la cantidad de clientes que había en el quiosco. La situación en la calle no era distinta. Tardé casi el doble de lo habitual para llegar hasta el quiosco, teniendo que esquivar personas, perros y niños que se cruzaban sin dilación alguna ante mí. Tal vez me estaba bien empleado por decidir a última hora no coger el coche, ya que el calor en la calle, desde el momento en que salí del portal de mi edificio, era casi insoportable. Aunque puede que estuviese tan caliente porque bajé las escaleras a todo correr, saltando de varios en varios peldaños. No me quedaba otro remedio, por supuesto, después de que la vecina del tercero comenzase a gritar como una loca como respuesta al portazo que había dado yo para cerrar la puerta. No lo hubiese hecho de no haber tenido prisa, claro está. Al igual que tampoco me hubiese vestido con esa camiseta de los Chicago Bulls, de la época en que Michael Jordan aún jugaba y aquellos pantalones viejos y permanentemente sucios que siempre odié. Pero no tenía otra opción, ya que eran esas ropas las únicas que, por maldita casualidad, me quedaban en el cajón. No tuve tiempo de hacer la colada el día anterior, pues lo único que conseguí fue dejarme caer en la cama después de llegar a casa a las tantas de la noche. Abrir la puerta requirió muchísimo esfuerzo porque la luz del rellano no funciona y yo estaba, digamos, sintiéndome mal. El viaje de vuelta a casa se me pasó volando, y eso que tuve que caminar desde aquella casa, en no sé qué calle, a no sé cuántas manzanas de aquí. El taxista no quiso recogerme y se marchó a toda prisa tras mirarme como a un bicho extraño, probablemente porque yo estaba vistiendo ropas de mujer que sin duda pertenecían a esa tipa que estaba riendo y sacando fotos de mí. No me parecía ahora tan atractiva como cuando saliéramos de la fiesta, y mucho menos cuando me besó improvistamente después de un escueto baile que a duras penas conseguí aguantar. La danza no es lo mío, y no hubiese salido a la pista a bailar de no ser porque ella me cogió del brazo tan sensualmente y aquella mirada de ojos lindos con la que me obsequió. En ese momento pensé que era un simple agradecimiento por haberla invitado a unas copas, después de que ella se presentara ante mí, elegante como iba, como una reportera de una de esas revistas sensacionalistas. Debo reconocer que era muy de agradecer la compañía femenina después de todo el tinglado que la productora había montado tras el estreno de mi última película. Todos aquellos flashes me dejaron algo desorientado, y en esos momentos siempre tengo la sensación de que algo va a ir mal.

Curitiba, 6 de noviembre de 2008
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