La Reina de las Sombras


Myriad era un pueblo que se levantaba en los lindes del bosque de Saiyagouse. Sus habitantes eran felices; o así lo aseguraban. El bosque les proporcionaba todo el alimento que podían necesitar, y el agua necesaria les llegaba gracias a un río cuyo nacimiento se remontaba a las cumbres de las montañas de Aretnorf.

La vida en Myriad era tranquila, sosegada, libre de toda tribulación. Mas existía un solo factor que preocupaba a sus habitantes, les atemorizaba y les compungía. Ese factor era una mujer a la que denominaban Reina de las Sombras.

Nadie conocía su nombre, y nadie deseaba conocerlo. Reina de las Sombras era un apelativo correcto; eso se decían ellos. Era ella una mujer misteriosa, esotérica, dueña y señora de las artes arcanas. Una bruja era para los habitantes de Myriad; una bruja y no una persona. Por ello la odiaban y deseaban quemarla.

Tanto la odiaban y repudiaban que un día todos los habitantes del pueblo fueron a su castillo, que se erguía ominoso en un cerro por encima de las copas de los árboles, para instarle a marcharse.

Cuando llegaron, el ruido de la muchedumbre era tan alborotador que la Reina de las Sombras salió a su balcón a recibir a tan indeseados invitados.

Entonces el portavoz del pueblo le dijo:

—¡Tú, Reina de las Sombras, bruja que nos acechas en la noche y turbas nuestro dormir! ¡Queremos que te marches de aquí y te lleves contigo tus malas artes y tu aura demoníaca!

Y ella, descontenta con la petición, respondió:

—¿Por qué queréis que me marche? Jamás he perturbado vuestro dormir ni he molestado llamando a vuestras casas. Y, sin embargo, vosotros venís aquí vociferando e interrumpís mi descanso. ¿No sabéis que deseo mi soledad?

¿Por qué bruja márchate? ¿Por qué no bruja nos marchamos?

¿No soy libre acaso para decidir mi voluntad? ¿No soy libre acaso de habitar estas tierras?

¡Vosotros priváis la libertad, perturbadores de la quietud! ¡Vosotros negáis la felicidad y sois infelices vosotros mismos! Pero vuestros ojos no saben volverse hacia dentro.

Yo soy lo que odiáis de vosotros mismos, y por ello queréis que me marche.

El pueblo calló, y la Reina de las Sombras pensó que se marcharían de allí. Pero entonces un hombre se destacó de la muchedumbre y habló así:

—¡Eres una bruja, y sabemos que con tus artes demoníacas pretendes traer de vuelta a este mundo a tu primogénito que falleció! Las almas de los muertos pertenecen a Dios. ¿Acaso pretendes robarle a Dios, nuestro señor?

La Reina de las Sombras escuchó estas palabras y se molestó. Entonces habló así al pueblo.

—No son pertenencias lo que posee un ladrón sino delitos. Dios me robó al hijo que yo amaba, y por ello no le considero mi señor. ¡Muerte le daría si me fuese posible!

Al oír estas palabras, la muchedumbre se alborotó y surgieron las voces que clamaban la muerte de la Reina de las Sombras.

—¡Muerte hemos de darte a ti! — gritó uno — .

—¡Nosotros te mataremos en nombre de nuestro señor! — chilló otro — .

La Reina de las Sombras escuchó esto y habló para sí misma.

—¿Por qué nosotros y no yo? ¿Por qué nuestro señor y no yo?

Son borregos que no entienden más que la voz que se alza sobre la suya. Cuanto más gritan tanto más fuertes se sienten. Pero no saben gritar hacia dentro.

Viendo que el pueblo no dejaba de vociferar, a pesar de que nada más hacían, la Reina de las Sombras les dijo:

—¡Marchaos todos! ¡No deseo hablar con vosotros! ¡No deseo escucharos tampoco! ¡Dejadme con mi dolor y mi soledad, que yo jamás caminaré vuestros caminos! ¡Yo jamás llamaré a vuestra puerta, pues lejos de vosotros quiero estar!

El pueblo se marchó después de estas palabras, pero retornó al anochecer portando antorchas y entonando cánticos que la Reina de las Sombras no quiso escuchar.

Entonces se ocultó tras los muros de su castillo y corrió a su trono junto al que yacía, sobre un altar, el cuerpo de su difunto hijo. Acarició su cabello con ternura y se sentó. Y habló así a su interior.

—Ellos no me entienden, Dios. Ellos me odian y no me entienden; y por eso mismo me odian.

Yo alzo la cabeza y te miro para buscar una verdad y un porqué, pero ellos sólo saben mirar sus propios pies y escuchar las palabras de otros.

Dicen que quiero traer a mi hijo de vuelta, pero bien sabes que quiero saber adónde fue, qué camino tomó y cómo llegar hasta él.

Por mi amor han creado ellos odio hacia mí. Por amor cometo yo mis actos; los que ellos creen impuros. Por odio cometen ellos sus actos; lo que creen puros. ¡Cuánto odio siento yo por ellos! ¡Y cuánta compasión! Pero sé que mi compasión es su espada y no mi escudo.

Oyó que las puertas de su castillo caían, y una batahola de pasos inundaba su hogar. Recogió entonces el cuerpo de su hijo y lo colocó sobre su regazo. Utilizó sobre él su último conjuro y aguardó.

La muchedumbre se acercaba más y más, tanto que podía escucharla vociferar tras las paredes. Sólo unos segundos les separaban de la sala del trono, donde deseaban darle muerte. Pero la Reina de las Sombras no tenía intención de moverse hasta que su hijo abriese los ojos.

Y su hijo no los abrió.

Barcelona, agosto de 2007
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