Fútbol y otras idioteces.

Intelectuales y mujeres unidos buscando idiotizar el tema de conversación y circo del pueblo español: el fútbol. País de fútbol como acentúa Michael Robinson: el eterno guiri.

Algo haremos mal los enamorados no logrando subir al carro a las mocitas madrileñas con 12 Champions o los catalanes con Messi o los del “Por qué somos del Atleti”.

Ya son viejas batallas aquellas explicaciones del fuera de juego o el saber que la Champions es una misa entre semana a las 20:45. Y motivo de mofa aquello de “el fútbol no es cuestión de vida o muerte. Es algo mucho más importante” de Bill Shankly.

Compramos que “no es más que 22 hombres en pantalón corto corriendo detrás de una pelota”. Y desechamos vídeos o poemas como este, argentinos vendiendo biblias o dioses o anuncios emotivos.

Pero, el fútbol es, de lo menos importante, lo más importante.

Porque los ingleses lo inventaron, los brasileños lo ganaron y los españoles lo perfeccionamos.

Porque el deporte es de lo más educativo para los niños pequeños. No es humillante perder 25–0, es una lección de vida: saber perder. Es verdad que hay que protegerlos de ciertas realidades, pero lo humillante es obligarles por compasión a dejar de competir y ser condescendiente con tu rival. Les humillas si no compites. Hasta el final.

Porque unas veces se gana y otras veces se pierde. Y porque lo mejor es no perder mucho. Aunque es lo normal.

Porque un 0–0 es un partido perfecto para Cruyff, pero un 4–4 es gloria para un espectador neutro.

Porque ser de un equipo no se elige.

Porque eres uno entre 24 y el que manda es el entrenador o Florentino Pérez.

Porque si antepones tu idea o tu ego: estás fuera. Todo papel es igual de importante. Ya contaba Jabois cómo de importante es que te digan cuanto antes que no eres (y no tienes que intentar ser) Maradona. La división en el vesturario la crea el jugador que no acepta su rol, aunque sea el de suplente.

Porque ser capitán es ser ejemplo. Porque hasta no convocado puedes sumar.

Porque los goles de la Champions y Mundiales valen doble. Y los de cabeza.

Porque bajitos, gordos y cojos, con sacrificio, también pueden encontrar su sitio.

Porque es un juego: una recreación de la realidad. Lo que pasa dentro del campo se queda dentro del campo. No va más allá. No tiene más trascendencia quién gane o pierda un partido. De verdad.

Porque son 24 contra 24. Y todos los que van a animar. Los que silban mejor desde casa.

Porque no sirve para separar países, ni para dar lecciones de moralidad.

Porque no siempre gana el mejor.

Porque enraiza valores como la amistad, sentir unos colores, aceptar las injusticias y respetar a los rivales. Ganarte el puesto y el respeto. Sudar la camiseta. Obedecer las jerarquías. E infinidad de lecciones más.

Porque es como la vida.

Pero sin jugarnos la vida en ello.

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