De la muerte


La muerte camina entre nosotros, a veces invisible, a veces dolorosa e implacablemente palpable. Es, como dicen, lo único seguro en la vida. Siempre la recordamos, siempre está ahí, en ese rincón en nuestra mente diseñado expresamente para ella, pero es en esta época cuando más está presente, entre los festejos de Halloween y Día de Muertos (por lo menos en México) la cara de la muerte se plasma de múltiples maneras en la piel y en la conciencia, la muerte se pone de moda.

En estos días hablamos de ella, nos reímos de ella, escribimos calaveritas, vemos películas de terror, recordamos a nuestros muertos, y de nuevo, pensamos en ella.

Y es que tenemos una fijación con la muerte. Nos obsesiona. Existe una cosquilla indescriptible al pensar que la muerte está en este momento a un lado, a punto quizá de asestar el golpe mortal, de poner sus manos frías en nuestros hombros y decirnos al oído “ya es hora”.

La muerte siempre es parte de nuestra realidad, y la podemos ver de muchas maneras. Puede ser el miedo más profundo, o el misterio más grande. Puede ser una guía, puede ser la fé que nos mueve, o puede ser una musa, una inspiración. Para algunos, puede ser la rutina diaria lidiar con ella: médicos luchando para salvar vidas, o sicarios matando a sangre fría, a su lado.

Todos moriremos. Todos, sin excepción, experimentaremos el último paso, el último parpadeo, la última palabra, el último aliento. Nuestra mirada no volverá a ver este mundo, esta vida, estas personas que son familia, amigos, extraños. No volveremos a escuchar, ni oler, ni sentir, este planeta en esta realidad que nos tocó vivir.

Quienes tienen fé en Dios, morirán tranquilos pues la muerte es un paso para lo que viene más adelante. Quienes no, morirán despidiéndose para siempre de toda existencia. Pero en ambos casos, para quien muere, será el final de este mundo, para siempre.

Esta puede ser, probablemente, la razón por la que nos gusta tanto pensar en la muerte. Al pensar en la muerte toda preocupación queda a un lado, toda dificultad, todo problema, y queda lo que realmente importa.

Hablamos de la muerte para no olvidarnos de la vida. Nos acercamos a la muerte más de lo que ya estamos, porque a final de cuentas nos llegaremos a encontrar.

Compartimos la conciencia de que la muerte es inminente. Al final de cuentas, sin importar quiénes somos, estaremos juntos en la tierra cuando nos sepulten. La muerte nos une, la muerte nos hace humanos.

Y en estos días, en cada pan de muerto, en cada altar, en cada procesión en pueblos antiguos con calles de piedra, en cada palabra y oración dicha en los panteones, en cada flor de cempasúchil colocada en cada tumba, con todo el amor que sigue vivo, la muerte seguirá su rondar tranquilo entre nosotros.

Y seguiremos hablando de ella, riéndonos en su cara, retándola, pero también respetándola, y esperando que esta relación complicada con ella se siga dando así por más años, que no decida hoy ni mañana cortar el hilo de la vida.

La vida, nuestra breve vida, este caminar, esta existencia que no sería la misma sin la muerte. Y la muerte, esa maldita, inolvidable, esa misteriosa, inconfundible, hermosa muerte.

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