Temprano
Estoy en una de esas oficinas de antes, un piso completo que en realidad es un laberinto de cubículos numerados. Cubículos numerados para números de nómina consecutivos.
Hay silencio, porque estoy solo aquí. Llegar temprano, mucho antes que los demás, da una perspectiva distinta al lugar que pronto se convertirá en una olla exprés.
Hay pasillos oscuros, sin la iluminación fría que durante el día permanece inalterada. Hay puertas cerradas, hay sillas que no se mueven, hay quietud, hay tranquilidad. La oficina en calma.
Pero mi mente no.
Mi mente está despierta desde hace horas, desde antes de despertar incluso. Mi cerebro encontró soluciones a problemas diarios y a otros no evidentes, y los olvidó cuando llegó mi conciencia al despertar. Ya sin sueño, mi mente me dicta ideas que son imposibles y por ello las primeras que quiero poner en marcha.
Mi mente no descansa. Imagino que se conecta a otras mentes con insomnio, en remotas regiones del mundo, o mejor dicho en ningún lugar, donde existen las mentes que vagan libres.
Mi mente despierta en la oficina tranquila. Es el momento ideal para dejarla volar, es el espacio perfecto para que se expanda hasta donde pueda, o hasta donde quiera.
Pero entonces la oficina despierta. El horario de la rutina es preciso. Las luces se encienden, algunos ecos de voces preceden a pláticas ligeras. El café de la mañana, el periódico obsoleto, el tráfico está fatal, casi cierran la guardería.
En ese momento mi mente se detiene. Atenta como un gato que duda de las intenciones de un humano que se acerca. Más humanos, más voces, menos silencio. Entonces decide dormir.
Mi mente duerme a la par del despertar de la oficina rutinaria. El fin de la tranquilidad, la olla express se llena del vapor del estrés, de los pendientes y fechas y reportes. De papeles y copias, de cubículos idénticos, en el laberinto de esta oficina de las de antes.