Dolor de cabeza

©EFE

No sé por qué, pero últimamente me duele mucho la cabeza. Debe de ser porque llevo dos días escuchando sin parar una sonora pitada. Una mera anécdota que ha merecido más atención mediática que… bueno, que todo lo demás que ha pasado desde entonces. Delito por aquí, ofensa contra la nación (¡y el rey!) por allá… más leña a un fuego que no se apaga con sanciones, sino desde el diálogo. Pero claro, estamos en año electoral. Así que unos tienen que sonreír como nunca y otros indignarse como siempre.

En este asunto no puedo evitar estar de acuerdo con el PP. Eso sí, con lo que el PP decía hace ya cinco años. Se ve que estar en la oposición aclara la mente. Si la gente pita… por algo será.

Entiendo perfectamente que haya gente que, por un fuerte sentimiento nacional, pueda sentirse ofendida por este gesto. Gente que merece el respeto de los que pitan, sin duda. Lo terrible de esto es el argumento decimonónico de que “es una ofensa al rey”, obviando a unos ciudadanos que merecen tanto o más respeto que una persona que ocupa el cargo que ocupa por haber nacido donde ha nacido. Gran mérito el suyo.

Volvamos al siglo XXI: un siglo en el que nadie debería ser más que nadie por su lugar de nacimiento y donde existe una libertad de expresión que a veces, como en este caso, permite faltas de respeto. Es el precio a pagar: la democracia es dialogar, pero también escuchar. Y es nuestro deber escuchar esa pitada, no silenciarla a golpe de sanciones. No es un sonido que haya surgido por generación espontánea, sino que hay algo detrás. Hablemos, escuchemos, comprendamos. Pero no sancionemos: ése no es el camino de un demócrata.

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