La volatilidad del voto

Allá que se han ido los periodistas a un lugar pequeño, del que dicen que sirve de escaparate electoral, pues los que salen ganadores en las confrontaciones electorales son los ganadores en España, y yo me dispongo a escuchar para aprender sobre seguro. Pues amigos no hay manera, la algarabía es grande. Como en todos los sitios. Cada uno de los partidos tiene sus propios admiradores, defensores a ultranza de “los suyos” y hasta se da el caso en el que, votando el padre a Podemos, la hija vote con Ciudadanos.

Total, que como en todos los sitios, hasta el día 20 no sabremos quienes han elegido los votantes como los “primeros de la clase”, quienes tendrán (o no) posibilidad de consensuar acuerdos posteriores. En suma, quien o quienes gobernarán este país. Cosa lógica, por otra parte, pues el derecho del voto sigue siendo personal y secreto, en esta democracia imperfecta en la que vivimos.

Explica Joaquin Estefanía, experto columnista (dentro de una trayectoria brillante) en temas económicos y políticos, en su último libro publicado “Estos años bárbaros”, que la crisis que vivimos desde el año 2007 nos ha vuelto “más pobres, más desiguales, más precarios, menos protegidos, más desconfiados, menos demócratas”, y que todo ello, por separado y en conjunto ha conseguido que la confianza del ciudadano en los sistemas políticos, en los dirigentes e incluso en la propia democracia ha decaído tanto, que ha traído consigo una aparición de otras fuerzas distintas a las de “siempre” que se han “colado” (con todo derecho) por las rendijas abiertas que la actuación del político “tradicional” no ha podido o sabido cerrar.

Todo ello no es ni bueno ni malo, amigos, en términos absolutos, pero añade complejidad a los análisis y a las soluciones. Si en el subconsciente colectivo impera la idea de que son los poderes económicos los que realmente influyen o mandan directamente en determinadas políticas, la desconfianza del gobernado hacia el hipotético gobernante aumenta progresivamente, también a la hora de confiarles un voto. Si la desigualdad social ha crecido, no porque los pobres hayan aumentado sino porque lo han hecho los ricos, la posibilidad de acuerdos para que una sociedad esté mínimamente estructurada “hace aguas” por todas partes.

Algunos pensamos que hemos entrado ya en el momento que, muy bien además, describió el historiador Tony Judt : “La elección a la que nos enfrentamos en la siguiente generación no es entre el capitalismo y el comunismo, o el final de la historia o el retorno de la historia, sino entre la
política de cohesión social basada en unos propósitos colectivos y la erosión de la sociedad mediante la política del miedo”.

A poco que miramos a nuestro alrededor, observamos la realidad de la cita. El empleo precario o la ausencia del mismo para tantos, a los que se ha obligado a buscar fuera de España lo que aquí no han podido encontrar, lleva ineludiblemente a comportamientos cada vez más individualistas en
los que el sujeto se debe defender a sí mismo, antes de introducirse en proyectos colectivos sin futuro inmediato para sus propios intereses.

La entrada de los debates electorales en los programas de máxima audiencia ha devuelto una ¿falsa? atención a los programas de los partidos, desde el sillón de nuestras casas o desde la barra del pequeño bar en el que tomamos el café o la cerveza con los amigos. Está por ver aún, si ese interés es verdadero y sostenible en el tiempo, a la hora de seguir pensando que nuestro voto es importante y puede o no inclinar la balanza hacia una opción determinada. El futuro (no) está en el viento, está en nuestras decisiones. ¿O tampoco?

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