Mi vida a los 30 años, según mi yo de los 17

En la prepa me hicieron dibujar mi vida cuando tuviera 30. El pesimismo de mi adolescencia no me falló.

Iba en quinto de prepa cuando me obligaron a decidir el rumbo de mi vida, al menos en lo profesional. Tenía 17 años, como la chica de la canción de los Ángeles Azules, pero en lugar de tener tímida e inocente la mirada, yo tenía un chingo de indecisión e incertidumbre.

Cada dos meses, más o menos, teníamos una sesión de orientación vocacional. Casi siempre era una pérdida de tiempo y de exámenes de los que nunca nos decían el resultado, pero también de cotorreo con los amigos.

En uno de esos talleres nos pusieron un ejercicio: dibujar cómo nos imaginábamos a los 30 años.

Yo no tenía idea de qué quería. Me gustaban muchas cosas y a la vez ninguna me apasionaba. Quería estudiar medicina para ser psiquiatra, pero también quería ser veterinaria. El gran problema es que me mareo cuando veo sangre. Cómo iba a abrir personas o animales. Además, no era tan buena en matemáticas.

También pensaba en irme a la ENAP a estudiar artes visuales o entrar a Letras Hispánicas para ser como Ángeles Mastretta, Michael Ende o Milan Kundera –los modelos a seguir de mi yo adolescente–, o en elegir diseño industrial porque “sonaba cool”. Ciencias de la Comunicación era mi última opción, aunque eso fue lo que acabé estudiando.

En ese entonces tenía más o menos la edad de La Mars, cuando se hizo famosa por mandar al carajo al “pinche sistema retrógrada”. A diferencia de ella, yo seguí las reglas del “pinche sistema retrógrada”. Así había sido toda la vida y estaba súper segura de que estudiar era el único camino para salir adelante.

En el dibujo pinté una Carmen vestida de traje sastre color negro –como vi en alguna revista de moda de los 90, de las que compraba mi madre– y viviendo sola en un departamento –supongo que eso venía de Sex and the City–. Esa era mi imagen de éxito desde la infancia y que reafirmé en la adolescencia.

En el dibujo tenía cara de insatisfacción. No sé por qué me vi así…

Lo curioso es que después de 13 años, llegué a los 30 que dibujé en mi adolescencia.

Sería injusto y demasiado berrinchudo de mi parte quejarme. He logrado cosas que pensé que se quedarían en sueños. Tengo una vida con privilegios, pero a menudo siento una gran insatisfacción.

Hoy, pienso en cómo la incapacidad para tomar una decisión me llevó a elegir mi futuro profesional al azar. Sin embargo, también analizo que a esa edad es absurdo elegir qué quieres hacer.

Me avergüenza contar que terminé estudiando Ciencias de la Comunicación porque mi mamá puso en una bolsa con papelitos todas las carreras que quería estudiar. Así elegí.

Carmen de 17 años, la adultez es una trampa

Ya tengo 30 años como en el dibujo que hice de adolescente. De cierta forma imaginé mi vida como es. Sin embargo, nadie le dijo a la Carmen de 17 años que habría días en los que sentiría que el mundo se le viene encima, aunque en el fondo, sabría que, como todo, pasará.

Un año después del dibujo, estudiaba el Área III del bachillerato. También saqué mi credencial para votar y empecé a entrar a los bares de manera legal En el fondo quería ser Área IV, pero no me quise rebelar.

Entré a la Universidad y gracias al pase directo me quedé en CU. Pasé los semestres, a veces de panzazo a veces con honores, y acabé la carrera. Seguí las reglas del sistema (eso más o menos) y del mismo modo encontré un trabajo relacionado con lo que estudié.

Me parezco a la que imaginaba a mis 17. Sin duda la insatisfacción crónica fue uno de los aciertos que imaginé (y que se cumplió). El vivir para trabajar también. Quizá en lo único que no acerté fue en que vestiría todos los días de traje sastre con corbata negra o roja. Me habría gustado mucho que esa predicción fuera verdadera, pero en esa fallé, como en los días cuando siento que el mundo se me viene encima.

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