¿Reglas de libre mercado? Ok, pero el que se lleva, se aguanta…

Hoy, no es posible googlear nada, mucho menos un producto o servicio, sin que minutos después aparezca en tu página de Facebook, Twitter o en cualquier página web que estés revisando.

Las marcas constantemente acosan a los consumidores, como ese admirador stalker que todo el tiempo te quiere invitar a salir aunque todo el tiempo le digas que no tienes tiempo. Algunas lo hacen de modos sutiles, que llaman content marketing, y otras incluso se atreven a mandarles mensajes de WhatsApp para que usen sus apps. Otras orquestan inteligentes campañas —porque es innegable que saben manipular, y muy bien— que combinan líderes de opinión, trending topics y memes, nuestro metalenguaje contemporáneo.

Esta es una nueva nueva forma de propaganda, similar a la que usó el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (mejor conocido como Partido Nazi), pero equipada con nuevas tecnologías y con alcance global. Ahora es cosa de minutos para que algo se vuelva “viral” y todos, o una gran mayoría, lo tomen como verdad absoluta.

Así mucha propaganda contemporánea.

Si las compañías nos trollean todo el día y a toda hora, ¿por qué no podemos pagar con la misma moneda? Si ellas nos exigen y nos ruegan por ser parte de su comunidad de usuarios y ponen precios basados en “la oferta y demanda” —que evidentemente podemos aceptar o no—, ¿por qué no podemos decir que no nos gusta lo que hacen y exponer las prácticas que nos parecen injustas?

De niña, cuando llegaba lloriqueando porque me habían puesto a jugar con la Barbie fea o porque se habían burlado de mí, mi mamá decía: “El que se lleva se aguanta”.

Creo que las compañías lo saben y quizá por eso a veces evitan comentar al respecto, a menos que se les venga encima una crisis.

Lo cierto es que las personas hoy se ponen a defender a las compañías como esas mamás ridículas que iban a reclamar a la escuela cuando sus hijos llegaban con un chicle pegado en la cabeza, pese a que ellos habían estado bulleando sistemáticamente al otro chamaco o chamacos involucrados.

No me sorprende ver como “Aplausos a Uber” como tendencia en Twitter. Al contrario, me divierte ver lo viciosa que puede llegar a ser la libertad de expresión y lo manipulables que podemos ser de un día a otro.

Días antes, todos se quejaban de las tarifas dinámicas de Uber, que llegaron a más de 9 X o de los que pagaron más de 1,000 pesos por un traslado que suele costar menos de 100.

Estas tarifas de UBER, no las tiene ni Obama.

No ahondaré sobre si es justo o no que UBER haya alcanzado estas tarifas o si se trata de mera ley de oferta y demanda.

A mí me interesa hablar sobre las personas defendiendo a capa y espada a compañías como si fuesen accionistas o fundadores. ¿Qué tiene de malo exhibir de manera burlona situaciones de la vida cotidiana o precios de compañías? ¿No han puesto millones de veces que los usuarios de Apple tenemos retraso mental por comprar productos a tan alto costo? Parece que se les olvida que a los mexicanos siempre les ha gustado reírse de los problemas y de sus circunstancias.

Neta, no defiendan compañías, les juro por Jebús que ellas pueden solitas.

No sean mamás sobreprotectoras de bullies que saben defenderse mejor que nadie. Ya sabemos que muchos ahora quieren mostrar que sí tienen 1,00o pesos para pagar un traslado y que “Uber le puso precio real al transporte en la ciudad”. Con eso, sólo demuestran que México está hundido en un clasismo de tiempos de la Colonia y que aunque muchos la odien, quisieran ser como “La niña bien” de Guadalupe Loaeza, aunque sólo sean la chica normal que antes de Uber pedía taxis de sitio o estiraba la manita en plena calle para pedir uno, o que se subía al camión o al metro con lentes oscuros para que nadie la reconozca.