Mi vieja habitación.

Después del sismo del 19 de septiembre, tuve que dejar el departamento que habité de los 22 a los 29 años.

Todavía me cuesta recorrer la Condesa y no sentir un nudo en la garganta o comenzar a llorar. El edificio donde vivía no colapsó, pero su edad y estructura no aseguraban que resistiera otro sismo fuerte, por lo que la casera decidió dejar de rentar los 20 departamentos de Vicente Suárez 146.

A la Condesa llegué con 22 años y poco dinero en el bolsillo. Así pude conocer a Ana, mi primera roomie, a quien vi crecer y convertirse en una exitosa ejecutiva de la industria de la moda.

Ana y yo compartimos el hogar durante dos años.

En la Condesa me enamoré y desenamoré tantas veces. Reí, lloré, canté, bailé. Perdí un trabajo, para iniciar mi carrera como periodista a los 24, y un año después, el día de mi cumpleaños, recibí la noticia de que sería editora de la revista Expansión, un lugar que me enseñó que podía conseguir cualquier cosa que quisiera con trabajo duro, disciplina y constancia.

En la Condesa construí mi primer patrimonio. Hice amigos entrañables, a los que considero una familia.

Desde hace días he estado haciendo una lista de todo lo que voy a extrañar del barrio que me dio hogar por tantos años y que me vio convertirme en adulta:

–Nishiro, el perrito del OXXO de Vicente Suárez.

Hasta Milenio lo featureó para una nota sobre ¿rabia?

–La tienda de Moi donde compraba las chelas y en la que Guillo le preguntó si “tenía huevos” (JAJAJAJAJAJAJA). “Se dice huevo”, respondió.

–Las costillitas y sus taquitos de amor de costilla con queso. Una vez la costilla formó un TQM que jamás olvidaré.

–Dirty Laundry: esas tardes tomando cerveza y lavando, mientras discutíamos sobre ser Illuminati.

–Zazá: el bar/pizzería oficial de los Expanshitos

–Parque México: hay tantos recuerdos en ese lugar que elegir uno sería complicado.

–Chapultepec: mi breve época de corredora.

–El edificio gigante de Juan Escutia: me cagaba ese edificio. Nos dejó sin agua por meses.

–Los antojitos Leti: sopecitos de tinga.

–Las quesadillas de Zamora: lentas, pero seguras.

–La farmacia de las Capuchinas: la señal de que ya estaba en casa.

–La bonita avenida Mazatlán: cuántas veces caminé por ahí… Aunque el día que más recuerdo es el viernes después del sismo, cuando me senté en una banca a escuchar “Heroes”, de David Bowie.

–El café Guardatiempos: el preámbulo de que viviría en la Condesa algunos años.

–Las fiestas de Gloria Trevi y Juan Gabriel que dimos Guillo y yo.

Gracias, Guillo. Nunca habrá suficientes palabras para agradecer que llegaras a mi vida.

–Las charlas matutinas y el café con Guillo.

–Ver el Castillo de Chapultepec desde la azotea de Vicente Suárez.

Todos ellos estarán en mi memoria para recordarme que alguna vez, en Vicente Suárez 146, había un lugar al que llamaba mi hogar.

El viejo hogar.

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