Foto tomada en Punto Gozadera

Hoy, a la hora de la comida, mientras scrolleaba Facebook de manera infinita, me encontré con un mensaje de Gloria Trevi dirigido a Catalina Ruiz Navarro, una de las columnistas e influencers feministas más activas de América Latina.

Primero no entendí de qué se trataba, jeje.

A Catalina la conocí gracias a una reunión en la pizzería Zazá, en la que Tamara de Anda, Estefanía Vela, Lizbeth Hernández, Juliana Alvarado y otras amigas nos encontramos para hablar de lo que nos preocupa y nos ocupa como mujeres.

La idea era reunirnos en la zona de la Roma-Condesa, una de las zonas más progres de la ciudad, pero en las que al mismo tiempo un hombre se siente con el derecho de gritarle a una mujer “hola guapa” (en el tono más morboso posible) y otro cree que es divertido bajarle los calzones a una chava a plena luz del día y en el Día Internacional de la Mujer… #MéxicoMágico

La cena fue agradable. No volvimos a reunirnos como grupo, pero desde entonces le seguí la pista a Catalina y admiré su capacidad de escribir tan rápido sobre todos los temas del momento: perreo, feminismo pop, Maluma, etc.

No siempre estoy de acuerdo con ella, pero yo misma he seguido transformando mi manera de entender mi propio feminismo.

Hoy, sin embargo, Catalina dijo algo que merece ser repetido muchas, muchas veces:

A mí no me dan esperanza las mujeres perfectas. Me dan esperanza las mujeres que se caen, se pegan duro, se levantan y salen adelante, independientemente de su reputación.

Sí. Gloria Trevi se equivocó y en grande. Fue cómplice de los crímenes del hombre que amaba y le entregó en bandeja a decenas de niñas que esperaban ser tan famosas como ella. Al final, obtuvo su castigo: estuvo presa, salió de la cárcel e intentó (y logró) reconstruir su carrera como cantante.

¿Cuántos hombres abusadores siguen impunes trabajando y ganando premios a pesar de haber maltratado a decenas o centenares de mujeres de manera sexual, sentimental, económica y/o psicológica?

¿A cuántos de ellos juzgamos y ponemos bajo la misma lupa que a Gloria Trevi?

Cada uno sabrá la respuesta mientras ve su colección de películas de Woody Allen o escucha los discos de Michael Jackson… Yo he sido de esas personas y no me enorgullece.

Sin embargo, más allá de Gloria Trevi, la reflexión de Catalina me invitó a pensar en todas las veces que caí y me levanté. De las veces que me equivoqué y perdí oportunidades, trabajos y hasta mi propia dignidad.

Aunque me encantaría no haber pasado por ello, sufrí abusos de ex-parejas de todo tipo. Hace un par de años, un fotógrafo semi-famoso se sintió con el derecho de golpearme y abusar de mí. Nunca he querido hablar abiertamente del asunto, a diferencia de muchas mujeres valientes que lo han hecho y le ponen nombre y apellido.

Aunque quisiera negarlo, he juzgado a otras mujeres por cómo se visten o cómo se conducen en la vida. Todavía me entiendo a mí misma en un género binario. Me cuesta hablar abiertamente de mi menstruación, no le he entrado a la copa menstrual y pienso en qué me voy a poner antes de salir a la calle.

No me siento orgullosa de pagar porque hagan los quehaceres de mi casa, aunque trato de que el tiempo laborado sea justo respecto con el pago obtenido, incluso cuando he recibido comentarios del tipo: “Le pagas demasiado” o “tú misma deberías encargarte de tus quehaceres en lugar de ser parte de una cadena clasista” (lo cual, tristemente es cierto, muchas mujeres pobres e indígenas, trabajan como empleadas domésticas de clasemedieros comodinos como yo).

Sí. Tengo privilegios. Soy morena clara, lo que automáticamente me convierte en “blanca” (en México). Fui a la universidad, tengo un puesto gerencial en una startup, donde a medida que vas subiendo ves menos mujeres, tengo acceso a internet, un techo decoroso y un iPhone para estar posteando mamadas todo el día o reírme de memes.

En conclusión: soy imperfecta. No soy esa feminista ideal que ha leído todos los manifiestos de sociólogas, psicólogas, antropólogas y escritoras feministas. No me sé de memoria las citas textuales de Simone de Beauvoir ni me pongo camisetas con pezones de hule sobrepuestos o vulvas pintadas.

En ocasiones no entiendo o no concuerdo con lo que piensan muchas amigas y conocidas feministas. Me rasuro las piernas y las axilas; me avergüenza cuando empieza a crecerme el bigote y me quedo mirando curiosa a las mujeres que deciden dejarse crecer el vello o a las que se sienten orgullosas con su peso, en lugar de cumplir los parámetros de belleza occidental blanca. Admito que me sacan de onda quienes dicen “la munda”, “les quiero” y cosas por el estilo.

No me enorgullece ninguna de estas actitudes, pero estoy segura –igual que Catalina– que el feminismo no se trata de ser perfectas.

No se trata de decir si Gloria Trevi es feminista, o no, o si es una criminal, o no. No creo que sea feminista y sí creo que cometió crímenes graves. Se trata de cómo analizamos a las mujeres que han pasado por la báscula de la justicia, a diferencia de los hombres, y en cómo el ser feministas nos vuelve automáticamente en blancos de juicio. Por un lado de las mujeres que no son aliadas o feministas y de las que sí lo son, pero creen que no lo haces bien; pero sobre todo de los hombres que harán preguntas para ponerte contra la pared.

De cierta forma quienes nos asumimos feministas vivimos una transformación y ésta es muy dura, dolorosa, pero al mismo tiempo esperanzadora. Tenemos muchos estigmas y tabúes de los cuales vamos desprendiéndonos y tratamos todos los días de levantarnos.

Sí. Probablemente soy la peor feminista, pero precisamente la vida y nuestra deconstrucción se trata de entender que no tenemos que ser perfectas.

Gracias Liz (Ninelista), Tamara, Catalina, Estefanía, Mado, Sofía, Juliana, Xoch, Hanako, Mónica, Cora, Ceci, Mariana y a todas las mujeres con las que he aprendido y compartido sobre feminismo.

No siempre estaremos de acuerdo en todo, pero siempre las veré como mis aliadas y aprenderé de ustedes.

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