Veo los aviones del desfile militar del 16 de septiembre desde una azotea de un edificio en la Condesa al que llamo “mi casa”. Pienso en qué pasaría si llegase la guerra.

¿Las armas mexicanas serían suficientes para defender a la gente de los enemigos? ¿Estaría escondida en mi casa o recorriendo las calles en busca de mi propia muerte? ¿Tendría trabajo o para entonces la guerra habría limitado la actividad económica en apariencia imparable?

¿Subiría a la azotea, como ahora, a mirar los aviones?