Carta abierta a David Markson (I)

David:

me gusta que te rías en la foto de un libro tuyo que estoy leyendo —casi nadie ríe en ese tipo de retratos, ¿viste? el título no importa. la ambiguedad es una gran herramienta ante la incertidumbre del futuro. leo. escribo. escucho. citas y anotaciones en torno a un lector igual de hipotético que una trama. ilusión tras ilusión. ¿es esto una novela? lo dudo. no tengo una respuesta clara. tengo, sí, una respiración entrecortada, es decir, un ritmo, es decir, un trayecto regular del ojo al libro a la calle al recuerdo al sonido de una canción de punk inglés contemporáneo al libro a la calle etcétera. una novela, sí, pero cuya estructura asemeja una casa de dos pisos arruinada, intuyo, por un reciente terremoto. y qué importa la sintaxis cuando esa casa no es mi casa ni estas palabras son mías. qué importa cuando lo único que tengo no es talento sino un montón de verbos aparentemente inconexos que no ejecuta nadie, una serie de acontecimientos y decisiones que parecían buenas pero solo condujeron a malas consecuencias. efectos especiales. escritura automática, entorpecida, anémica. a este texto le sobran carbohidratos y le faltan proteínas, ¿qué significa todo esto, David? tu rostro risueño encajado en una foto casi desconocida porque a nadie le interesa la experimentación. te equivocaste, David, durísimo. mejor te hubiera ido escribiendo novelas policiales. ya sabes: el detective, el crimen y el misterio. esa incógnita demasiado seductora porque siempre es mejor ocuparse de una vida que no es nuestra; atar los cabos que, efectivamente, se atan; no complicarse la vida con hechos y citas y preguntas que no conducen a ninguna parte porque ya tenemos bastante con buscarle una dosis mínima de coherencia y gracia a nuestro vacío de domingo toda la semana. te equivocaste, David. ¿a dónde fueron a parar todas las cajas de zapatos en las que guardabas tus citas?, ¿porque te aburrían ciertos libros?, ¿sabías que otro David te quería mucho? pero querer mucho solo conduce a la desolación. Foster Wallace se colgó de una viga, producto de una depresión aguda, y una de tus obsesiones era la muerte, en particular el suicidio. ¿tú le diste la idea? ¿te preguntaste alguna vez sobre las consecuencias secretas y remotas de nuestros actos? ese complejo mecanismo de acontecimientos que entrelaza, por ejemplo, tu escritura con la muerte de F. Wallace; con el ahogamiento de otro muchacho rubio en Memphis; con la crisis de un argentino radicado en Madrid, quien te lee y confirma que la civilización sí termina con una persona en medio de la nada intentando reconstruir la historia —tanto la Gran Historia como su relato privado— para comprender cómo y cuándo nos convertimos en el último ser humano sobre la tierra: solos pero abarrotados de recuerdos inútiles con los cuales pretendemos reconstruir algo parecido a la humanidad, aunque esa ilusión este formada de puras ruinas. te equivocaste, David. te pasaste de verga, pero, ¿qué otra cosa podías hacer?, ¿qué hubiéramos hecho nosotros? como diría Frances Ha: I think I’ll probably read Proust because sometimes it’s good to do what you’re supposed to do when you’re supposed to do it.

eso es todo, por ahora

méxico df, 21 de noviembre de 2018

David Markson (1927–2010). Fotografía de Johanna Markson.