Las armas vinieron después
Uno de los cuentos del libro de relatos “En el agua”. Publicado originalmente en la desaparecida revista Ojo Seco en el año 2012.

“El hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo”. Jean Paul Sartre, El ser y la nada.
Emilia inhala tan profundo que le duelen los pulmones. Exhala despacio, concentrándose en el polvo acumulado en la rejilla de la calefacción. A su lado, Álvaro sube el freno de mano y apaga el motor. Se quedan unos segundos callados en el auto, hasta que él sonríe y abre la puerta del piloto. No se molesta en subir la ventana antes de cerrar.
En su asiento, Emilia desabrocha su cadenita de plata y la mete en la guantera. La medalla de la abuela se pierde entre discos compactos sin caja y las páginas subrayadas con destacador de una edición de bolsillo de “La Peste”. Emilia vuelve a respirar, se imagina el aire entrando por la nariz. Toma el pestillo de la puerta y tira de él con dificultad. Hace meses que la cerradura está hecha pedazos.
Les había dicho cien veces a sus padres que quería cambiarse de colegio. Había alternativas razonables en el sector, incluso más económicas. Ella las había chequeado todas, pero ni hablar. Mamá había estudiado ahí en los setenta, cuando quedaba en el centro y era un colegio de puras niñitas. Había pensado en repetir hasta que la echaran, entonces estarían obligados a matricularla en otra parte, pero eso significaba renunciar al último resquicio de su dignidad. Si no era bonita ni popular, si no tenía amigos ni invitaciones a fiestas, al menos era inteligente. Hablar con Papá tampoco era de ayuda. Papá siempre dejaba que Mamá se ocupara de esas cosas. No se puede hacer nada. Hazle caso a tu mamá, yo tengo las manos atadas. Eso había dicho la última vez, mientras guardaba una corbata extra en la maleta sobre la cama y empujaba con las dos manos para cerrarla. Ahora dame un beso, que el taxi me está esperando, y pórtate bien.
En los últimos meses habían empezado a romper las cosas de Álvaro también. Emilia nunca le había dado mucha importancia, no porque no la tuviera, sino porque estaba acostumbrada. Álvaro jamás se acostumbraría. Así lo había entendido ese día, cuando llegaron al auto y de la cerradura del copiloto se asomaba un ramillete de alambres que alguien había metido a presión.
Emilia abre la puerta y pone los pies en el piso. A través de la delgada suela de sus zapatillas siente el maicillo resbalar y crujir bajo sus pies. Podrían haberse molestado alguna vez en pavimentar, piensa, mientras enciende un cigarrillo arrugado que saca del bolsillo de su blusa.
Álvaro sigue de pie frente a la maleta del auto.
— Vamos.
Así es Álvaro, siempre sabe qué hacer. No como ella, la tonta invisible, callada en la biblioteca, escondiendo la cabeza tras un libro y rezando para que nadie la encuentre. ¿Qué sería sin él? En el baño, las otras se reían de ella a carcajadas. Sobre todo cuando llegaba la hora de ponerse la insulina. Le decían drogadicta, yonki, acabada. Micaela era la peor de todas. Bastaba con que se apareciera para que Emilia corriera a encerrarse en alguno de los cubículos. Siempre se las arreglaba para decirle las cosas más hirientes. No importaba que Emilia no le viera la cara, que le hubiera echado pestillo a la puerta.
Cuando Micaela entraba, Emilia se sentaba sobre el wáter recogiendo las piernas, conteniendo la respiración con la cabeza escondida entre las rodillas. ¿Estás ahí, Asquerosa?, escuchaba. Siempre la encontraban. Golpeaban la puerta tan fuerte que sonaba como si la fueran a arrancar de las bisagras. Micaela esperaba bajo los tubos fluorescentes lo más quieta posible, sin chillar. Después, los golpes se detenían de un momento a otro y ella permanecía atenta, fija al pestillo hasta que un ardor en la boca del estómago le decía que era seguro salir.
El instinto falló sólo una vez. Cuando Emilia abrió el pestillo, ahí estaban Micaela y las demás. Sus rodillas se ablandaron. Micaela la tomó del moño y dio un tirón. Entre tres la empujaron de vuelta al cubículo. Una mano abrió la tapa del inodoro, dos brazos forzaron su cabeza boca abajo. Emilia miraba el agua en el fondo. Por suerte está limpio. Por suerte. No sé qué haría si estuviera con caca. La mano de Micaela empujaba su cabeza cada vez más hacia el agua. El olor del cloro era insoportable.
— Saca la lengua.
— ¿Qué?
— Saca la lengua.
— No…, por favor.
— No nos vamos a ir hasta que lo hagas.
— Micaela…
— Saca la lengua ahora o vas a tener que comerte toda la pastilla del cloro.
Emilia sacó la lengua con cuidado, con timidez. La asomó lo mínimo posible y ellas tiraron la cadena.
El agua salpicó en su cara, a chorros. Agua de wáter. Sabía a desinfectante.
Había estado pensando en Hanoi y buscó fotos en una enciclopedia. Eran pequeñas e inexactas y tuvo que imaginarse los edificios, la selva y las mujeres en sus vestidos de colores brillantes. Ella misma, paseando con la cabeza escondida bajo una sombrilla de papel, el pelo recogido a la usanza oriental. Álvaro siempre habla de Hanoi con nostalgia.
Tarde tras tarde se tienden de espaldas sobre las baldosas frías del jardín, con las manos muy juntas, casi a punto de tocarse y ella lo escucha durante una hora o más. Él habla lento, modulando cada palabra de principio a fin. De vez en cuando comparten un cigarrillo. Una noche se quedaron conversando en la cocina y él sacó una botella de whisky de la despensa. Tomó dos tazones de porcelana y los llenó hasta el borde. A Emilia el alcohol le quemaba la garganta. Álvaro le dijo que en Hanoi había un teatro de marionetas. Un teatro especial, único en su tipo, donde las marionetas se movían sobre un espejo de agua. El primer sábado de cada mes sus padres lo llevaban allí. Él esperaba con impaciencia el día de la invitación. El teatro era pequeño y en el centro, en vez de un escenario, había un estanque de agua turbia y mansa.
Las marionetas se deslizaban como impulsadas por fuerzas invisibles, provocando un efecto irreal, fantasmagórico. A veces un coro de mujeres cantaba en vietnamita, acompañadas por extraños instrumentos. Un día su padre pidió que lo llevaran tras bambalinas, donde los artistas. Bordearon la pileta acompañados por un acomodador y cruzaron una cortina de bambú. Al otro lado encontraron a un viejo con los pantalones arremangados, las piernas flacas sumergidas en el agua. En la boca sostenía un cigarrillo que chupaba mientras movía ambas manos en aire, interpretando la pieza a ciegas.
Emilia da una última calada al cigarro, tan profunda que el filtro se calienta entre sus dedos. El sabor del tabaco se desliza hacia la parte de atrás de la lengua y se queda ahí. Exhala el humo con lentitud, tira la colilla al suelo y la aplasta con el pie.
Álvaro cierra la maleta del auto y camina hasta ella. Toma, le dice, y estira su brazo derecho para ofrecerle un bolso. Emilia lo coge y se lo pone al hombro. Álvaro se detiene un minuto para acomodarle el pelo detrás de las orejas. Emilia sonríe, las yemas de sus dedos le hacen cosquillas. Quiere besarlo.
— Vamos, Emi.
Le encanta cuando le dice Emi. Esas tres letras convierten su cuerpo en materia leve, etérea. Como si estuviera hecha de algodón y pudiera salir volando en cualquier momento, dentro de un cuerpo con bordes difusos capaz de dispersarse en el aire. Por un instante, los colores de las cosas se vuelven vívidos y el mundo entero huele a jazmín y a cerezos.
Él ya lo sabía.
Había llegado a mitad de año, desde otro colegio del que nadie había escuchado hablar. Tenía que haber ingresado como “admisión especial”, pero eso no pasaba nunca. Cuando llegó ni siquiera se había cortado el pelo. Los otros lo envidiaron porque la melena rubia y dispareja le llegaba tres dedos más abajo del cuello de la camisa. Todos los ojos se clavaron en él. La profesora lo presentó y Álvaro dijo que sus papás trabajaban para una multinacional, que venían de Colombia. Antes de eso habían estado en Asia. Lo dijo así, sin más, como si no tuviera interés alguno. Se encogió de hombros y avanzó hacia el único escritorio que quedaba libre. Se dedicó a dibujar el resto de la clase.
Ese viernes coincidieron los dos en la biblioteca. Ella estaba leyendo. Él dibujaba en una croquera, concentrado, con los hombros hacia adelante, su nariz muy cerca del papel.
Cuando terminó se acercó a Emilia. Tiró de la hoja y el prepicado sonó. Emilia levantó la cabeza de su libro.
— Toma.
— Muy bonito. ¿Quién es?
— Sartre.
— ¿Sartre?
— Sí, se le va un ojo y todo.
Y ahí estaba Sartre, mirándola con un único ojo desde unos lentes minúsculos y redondos. Tenía la cabeza enorme y en la mano, muy pequeña, sostenía un cigarrillo a medio quemar. La boca estaba abierta con los dientes un poco chuecos y sobre él había un globo que decía: “Estamos condenados a ser libres, mierda”.
Emilia puso el marcador en el libro y revisó la solapa. Encontró a Sartre en su oficina o donde sea que tuviera su escritorio, con sus lentes diminutos, mirando a la cámara desde un sólo ojo.
— Bueno, ¿lo quieres o no?
Le ofreció nuevamente el dibujo.
— ¿Siempre haces caricaturas de famosos?
— Sólo de los que son interesantes.
— Los que son interesantes para tí, diría Sartre.
— Da lo mismo.
— No. No da lo mismo.
Se encogió de hombros.
— Preocúpate tú de la filosofía, yo sólo dibujo.
Emilia se rió y él hizo una especie de reverencia.
— Dale, me la quedo. Está buena.
Puso la caricatura sobre la mesa y la firmó antes de entregársela. Me carga el colegio, dijo, tomando la silla del frente. Con sus dedos alargados marcaba el ritmo de una canción sobre la superficie de madera.
Emilia sonrió.
Se ponen en marcha con los bolsos al hombro. El de Emilia es tan pesado como el de Álvaro, pero ella no dice nada. Se siente bien la carga en su espalda. Suben la breve escalera de entrada tomados de la mano y avanzan por el corredor principal. Son invisibles, nadie repara en ellos. Cardúmenes de uniformes grises caminan de un lado a otro, haciendo nada en particular. Lockers que se abren y se cierran y vuelven abrirse. Dos chicos pelean a gritos. Un cuaderno azul se cae al piso y de adentro escapa una foto. En ella, un tipo ruliento está de pie, de espaldas al mar, mirando a la cámara con una tabla de surf bajo el brazo. Una chica pelirroja se agacha a recogerlo. Tiene todas sus uñas pintadas con distintos colores.
Emilia se paraliza. Sus piernas no quieren moverse. Va a ahogarse en la marea uniformes y trata de pensar en Vietnam y en el Teatro de Marionetas de Hanoi, en los monos y las ofrendas de los templos, en todas las cosas que le ha pedido a Álvaro que le cuente una y otra vez y que no tienen nada que ver con ella. Cierra los ojos y sólo ve arrozales. O lo que ella imagina que son arrozales. Las pantorrillas sumergidas en el agua sucia y tibia. El perezoso rumor del delta.
— ¿Te pasa algo? — . Emilia quiere responder pero sus labios no se mueven — . No pasa nada, Emi.
Los hombros de Emilia tiemblan bajo la chaqueta y sus pies se ponen en marcha. Álvaro tira levemente de su mano, empujándola hacia adelante, lo mismo que una hoja flotando en el Mekong. Pasan junto a una pareja de jóvenes que están sentados en el suelo, con las piernas estiradas y las espaldas contra la pared, compartiendo los audífonos de un walkman. Ella cierra los ojos y canta una canción en inglés, mientras su compañero mira absorto su boca redonda que envuelve palabras ajenas. Emilia piensa que está cantando Just Like Honey, pero no está segura y no puede detenerse a escuchar.
Álvaro pasa junto a ellos. Les patea las piernas con sus bototos negros.
Otra vez en la cocina él le preguntó si quería ver algo cool. Emilia asintió con la cabeza. El sol desaparecía entre los cerros. Álvaro apagó el cigarrillo sobre la mesa de granito y le tomó la mano. Antes de subir por la escalera, se acercó a la radio y la puso tan fuerte que las ventanas temblaban. Emilia nunca preguntó de dónde las había sacado. No quería saber. La escopeta estaba sobre la cama y al principio no quiso tocarla. Le daba miedo. Parecía una pantera mecánica agazapada sobre la colcha, esperando para abalanzarse sobre ella. El cañón la miraba fijamente y ella se perdía en él. No se imaginaba que había más, una colección. Álvaro se paró detrás de ella y empujó levemente sus codos.
— Dale… No te va a hacer nada.
Su voz era dulce y olía a tabaco.
La escopeta era fría y liviana, mucho más ligera y cómoda de lo que hubiera imaginado. Calzaba perfectamente con su cuerpo. Era una prótesis para algo que le faltaba y que siempre debió tener. Un sentimiento que Emilia desconocía despertó en ella, algo cálido que asoció a seguridad, a poder. Se sentía bien, demasiado bien. Cuando levantó la vista, Álvaro la besó.
Nunca le había dado un beso a nadie.
Practicaron durante meses. Se iban en el auto de Álvaro a Farellones, a los potreros de La Dehesa o a San Carlos de Apoquindo. A sus padres les decía que estaba en el mall, en Providencia, dando vueltas por las librerías, o en la casa de alguna amiga. Porque ahora sí tenía amigas, o al menos eso creía su Madre, que respiraba aliviada pensando en que su hija finalmente se comportaba como una niñita normal.
Estacionaban el auto en cualquier parte, cruzaban la alambrada y se alejaban caminando hasta que la calle se convertía en una línea imperceptible. A veces caminaban durante horas. No importaba que hiciera frío o estuviera lloviendo, cada miércoles, apenas salían del colegio, y cada sábado por la mañana se dedicaban a practicar. Improvisaban blancos en árboles y troncos que Emilia marcaba con tempera roja. Con el tiempo probaron todas las armas, distancias y posiciones. Álvaro era un excelente tirador y estaba obsesionado con llevar a Emilia a su nivel. La hacía practicar durante horas, repitiendo los mismos ejercicios una y otra vez, hasta que los brazos le dolían y los oídos le zumbaban y tenía que rogarle que, por favor, ya no más. Entonces se acostaban en el suelo y, abrazados, hablaban de libros y películas.
La última tarde de práctica Emilia vio, a lo lejos, una hilera de diminutos volantines y se preguntó si podrían oír los disparos.
— Están muy lejos, Emi. Además el viento va para el otro lado.
Emilia suspiró. El sol estaba inmóvil en el cielo. Calculó que debían ser las cuatro de la tarde. Estaba cansada y tenía el dedo agarrotado alrededor del gatillo. Aún quedaban tres horas de luz. El aire caliente del potrero olía a pólvora y a estiércol.
Álvaro se llevó una botella con agua a la boca. Emilia se concentró primero en los troncos y después en las dianas circulares sobre ellos, que describían un semicírculo de unos ocho, diez metros de diámetro. Emilia levantó la pistola y disparó en el blanco. El tronco cayó. Siguió disparando uno a uno en sentido contrario a las agujas de un reloj imaginario. No, no un reloj, pensó Emilia, un cronómetro. Al llegar a la última diana levantó el arma, disparó, el tronco se balanceó y algunas astillas se desprendieron y volaron con el viento. Pero ahí estaba la bala, detenida al centro del círculo rojo como en todas las demás dianas.
Álvaro aplaudió. Los volantines habían desaparecido.
Esa noche se quedaron donde Álvaro. Sucios y cansados, bajaron del auto y pidieron una pizza que esperaron en la cocina, tomando Coca-Cola y viendo televisión. Hicieron el amor en la cama a medio vestir y después durmieron abrazados.
En el hall de entrada descansaban dos bolsos negros.
Llegan al borde de la escalera. Siguen tomados de las manos. Un grupo de cinco adolescentes bajan los peldaños riendo, contorneando las caderas bajo sus faldas. Hace algunos meses Emilia hubiera matado por ser como ellas.
Ahora no. Hay 28 escalones que subir.
El proceso es sencillo y lo han ensayado silenciosamente cientos de veces. Empezarán por su sala, la última del corredor del segundo piso. Entrarán juntos y cada uno descargará tres tiros. Seis en total, todos tienen nombre y apellido. No tocarán al profesor. Luego se devolverán por el pasillo hacia la escalera, abriendo cada uno las puertas de manera intercalada y disparando tres veces al azar hasta que se les acaben las municiones.
Han calculado que de esta forma podrán cubrir 8 salas de la media. Las ocho salas que de verdad les importan.
Emilia puede sentir cada una de las armas que lleva en su bolso. La escopeta calibre 12, el revólver y la Glock de 9mm a la que nunca ha podido acostumbrarse. Va a empezar con el revólver.
Abren la puerta de la sala y todas las cabezas se levantan. Micaela, en segunda fila, encuentra los ojos azules de Emilia y levanta la mitad del labio superior en una mueca de profundo desprecio que no alcanza a terminar. La cara de Débora, sentada justo atrás del escritorio de Micaela, se convierte en una máscara roja que grita y chilla con violencia.
Suenan otros cinco tiros.
Salen corriendo y van abriendo puertas, sala tras sala, tirando de las manillas frías y disparando al azar, sin entrar en en ninguna de ellas. Emilia sólo tiene escasos segundos para decidir quién será el próximo. No lo había pensado realmente, quería dejarlo al momento. Éste porque tiene pecas, porque no me gustan sus patillas, porque quiero sus zapatos. Cualquier excusa es buena. Emilia siempre elige a alguien de la fila de atrás. Quiere dejar un sol rojo en la pared.
No alcanzan a llegar a la última. Un profesor trata de acercarse y Álvaro le descarga la escopeta en el pecho. Es el profesor de Filosofía. Cae al piso y queda tendido ahí. Emilia quiere ir y decirle que lo siente por él, que así son las cosas, agradecerle por los libros. Pero quién mierda camina hacia a dos personas disparando escopetas. Debería haber entendido que no podía hacer nada por ellos. Si se hubiera quedado en la sala, si hubiera corrido por el pasillo como un cobarde, Álvaro jamás le habría disparado. La mancha de sangre comienza a comerse las baldosas y Emilia piensa que de haber sido realmente inteligente lo habría entendido.
Las puertas se abren una a una, el pasillo se llena de gritos y zapatos. Los niños salen de las salas en bandadas, gritando mientras corren, tropezando unos con otros. Emilia y Álvaro descargan las municiones que quedan. Espaldas sin rostro caen como hojas de papel, como pétalos, como marionetas de madera en un charco carmesí, flotando en el agua estancada.
El pasillo queda en silencio y ellos entran a la biblioteca. La luz de la mañana irrumpe a través de las ventanas sin cortinas. Sobre el escritorio de la bibliotecaria hay una bolsita de maní confitado a medio comer, el contenido desparramado sobre una carpeta. Álvaro toma un par y se los echa a la boca, saboreándolos con los ojos cerrados. Muy bajito, casi imperceptible, se escucha una nocturna de Chopin, Emilia no sabe cuál. El reloj de la pared da las 11:55.
— ¿Será como Vietnam?
— ¿Qué cosa?
— Lo que sea que venga después de esto.
Él la mira y le sonríe. Tiene los ojos muy brillantes.
— Emi, nunca he estado en Vietnam.
— Ya sé, no importa.
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